Tras tres décadas, cierra un emblemático italiano de Palma

Para muchos residentes británicos en Palma y en toda Mallorca, por no mencionar a los turistas, la Pizzería Giovanini ha sido un restaurante sumamente popular – Jason Moore y yo solíamos ser clientes habituales, llevando a menudo a colegas periodistas desde tan lejos como Australia a cenar allí -, pero, tras más de tres décadas de servicio ininterrumpido, la Pizzería Giovanini se prepara para cerrar sus puertas entre octubre y noviembre de este año.

La noticia ha causado consternación entre los residentes del Carrer Apuntadors y la clientela habitual. El motivo del cierre es un incremento sustancial del alquiler, que hace inviable continuar con el negocio. Palma perderá así otro de sus establecimientos más icónicos. La noticia no ha pasado desapercibida, pues a lo largo de los años Giovanini ha dejado un legado de compromiso, cordialidad y servicio de calidad que ha marcado a varias generaciones de palmeses.

El restaurante abrió sus puertas en 1991 y, desde entonces, se ha consolidado como un referente tanto para mallorquines como para turistas en busca de autenticidad. Con una decoración sobria y un interior íntimo de apenas nueve mesas, el local destaca por la calidad de su cocina y su ambiente acogedor. “A mí me pilló por sorpresa porque funcionaba muy bien. Siempre está lleno. En Palma, es uno de los locales más emblemáticos y de los pocos que no está enfocado al turista. Vienen turistas, pero en Giovanini se paga por lo que se come, no por la ubicación”, comenta Miguel Turmo, propietario del restaurante.

Respecto a los orígenes del negocio, rememora: “Éramos dos amigos trabajando de camareros. Terminó la temporada y nos quedamos en paro. El local lo regentaban unos amigos, y nos propusieron que lo intentáramos. Al año, mi amigo decidió no seguir porque era muy exigente. Trabajábamos de sol a sol durante meses. Entonces contraté a Leo Gámez, el chef que sigue hoy al frente. Desde entonces, excepto en los años del Covid, siempre ha funcionado muy bien”.

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Con el tiempo, Giovanini ha logrado ganarse la fidelidad de su clientela. “Tengo muchos clientes muy fieles. Algunos vienen desde 1991, cuando tenían 18 años, y ahora acuden con sus hijos. Hemos visto crecer a generaciones aquí”, asegura. Entre la clientela habitual incluso hay visitantes de otras islas, como una señora de Ibiza que venía todos los lunes tras ir al médico, lo que da fe de la relación cercana y afectuosa que el restaurante mantiene con sus comensales.

El cierre no se debe a una falta de clientes, sino a un cambio en la propiedad del inmueble. Hace cinco años, el local fue adquirido por un inversor que decidió incrementar el alquiler de forma considerable. “Me dijo que con el nuevo alquiler no podría continuar. Y tenía razón: me lo multiplicaron por cinco”, se lamenta Turmo. Reconoce que de ser más joven o de que alguno de sus hijos se dedicara a la hostelería, quizá se hubiera esforzado en buscar otro local. No obstante, ha optado por cerrar con salud y tranquilidad.

A este factor se suma el desgaste acumulado de un trabajo tan demandante. “Siempre hemos sido dos, y si uno enfermaba, había que cerrar. Lo llevábamos con filosofía, pero trabajar cada día hasta la una de la madrugada durante tantos años pasa factura. Al final, pensé que era mejor terminar mientras aún gozaba de buena salud”, reflexiona.

Turmo no ocupa su tristeza al despedirse de un lugar tan vinculado a su vida personal. “Nací en esta calle. Mis padres vinieron de la península a trabajar a Mallorca y se conocieron en la esquina de este mismo carrer. Pensé que acabaría mi vida aquí. Me dio mucha rabia no poder cerrar cuando yo quisiera, pero luego lo ves de otra manera”.

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El anuncio del cierre ha suscitado muestras de apoyo por parte de clientes y vecinos. “La gente lo echará de menos, pero siempre se encuentra otro sitio. He notado mucho el cariño de los clientes; alguno hasta me ha sugerido hacer una sentada para impedir que cierre”, sonríe. El caso de Giovanini refleja una tendencia en Palma: la desaparición de negocios con décadas de historia, desplazados por el alza de los alquileres y la presión del modelo turístico. “No digo que me lo tengan que regalar, pero tras casi 30 años con el mismo dueño, siempre con subidas normales, era sostenible. Ahora cierran por lo mismo muchos locales antiguos como el mío”, advierte.