Pistoleros del narcotráfico disfrutaron de una vida de lujo en la Costa del Sol

Al igual que tantos de sus vecinos en la Costa del Sol, los dos hombres llevaban vidas de confort y lujo desde sus villas de alto standing.

El conocido como el Moreno disfrutaba de una serie de lujosos apartamentos en la zona de Marbella, entre los cuales alternaba a su antojo.

En cambio, el Pajarito prefería limitarse a un solo ático de lujo en Mijas.

Entre ambos, poseían un portafolio de propiedades que habría sido la envidia de muchos grandes capos de la costa.

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Pero lo que ambos tenían en común –además de su línea de trabajo– era que no pagaban un céntimo de alquiler, ni sus nombres figuraban en documento alguno.

Algo comprensible, dado que las cuatro propiedades estaban okupadas.

Lo otro que los diferenciaba del expatriado medio tomando el sol era que cada uno era un sicario de la mafia experimentado, profundamente involucrado en el narcotráfico que domina el sur de Andalucía.

Mientras disfrutaban de la vida alegre en la provincia de Málaga, en secreto se desplazaban a los fangosos humedales del Guadalquivir para trabajar como sicarios bien remunerados para las bandas más peligrosas de la región.

Pero su tapadera saltó por los aires tras un tiroteo con la Guardia Civil en el silencio oscuro de las marismas el 8 de noviembre –un mundo alejado del glamur de Puerto Banús.

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Agentes de élite de la unidad GRECO vigilaban una descarga de droga en un punto negro conocido como La Señuela, en las afueras de Isla Mayor, cuando el silencio fue roto por el tableteo rítmico de munición de 7,62 mm.

Al darse cuenta de que caían en una trampa, los narcos, en lugar de rendirse, pasaron al ataque armados con armas de guerra.

Un vehículo con cinco hombres embistió la posición policial, mientras sus ocupantes gritaban “hay que matar a esos perros” y desataban una lluvia de balas de fusiles de asalto AK-47.

Tres agentes resultaron heridos en el caótico enfrentamiento.

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Un agente fue salvado por su chaleco antibalas, que le fracturó las costillas, mientras otro recibió dos impactos en el abdomen, requiriendo cirugía urgente para salvar su vida.

Los pistoleros se esfumaron en la oscuridad, dejando tras de sí vainillas servidas que terminarían llevando a los investigadores lejos de los humedales y de vuelta a las lujosas urbanizaciones costeras.

Esta semana, tras una macroinvestigación de la Policía Nacional, la pareja fue localizada en sus escondites costeros tras el aterrador tiroteo.

Los investigadores descubrieron que el Moreno había llevado una doble vida surrealista en Marbella.

A pesar de ganar hasta 50.000 euros por “trabajo de seguridad”, vivía como un “okupa” de alto nivel, ocupando tres villas de lujo diferentes rodeado de drones, teléfonos satelitales y cocaína.

El Moreno había instalado a su mujer e hijos en sus tres viviendas okupadas, llegando a mudar a su cuñado para que actuara como su “hombre de logística”, alquilando coches y transportándolo en una “cápsula de seguridad” para que el sicario nunca tuviese que conducir un vehículo a su nombre.

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Cuando la policía derribó las puertas, lo encontraron viendo Netflix, sentado junto a un montículo de 70 kilos de cocaína y un arsenal de armas, drones, gafas de visión nocturna y teléfonos satélite.

Mientras tanto, su familia dormía en las otras habitaciones.

Distaba mucho de la escena del crimen que provocó su caída.

Durante la investigación, los detectives desentrañaron una red sofisticada liderada por un capo local conocido como “la Lechuga”.

Desde su base en Isla Mayor, la Lechuga gestionaba la logística, usando casas de acopio y tractores robados para mover toneladas de hachís por el terreno dificil.

Pero para la fuerza bruta, “externalizaba” a los profesionales de la costa.

La operación para desmantelarlos involucró a 250 agentes y resultó en 10 detenciones entre Sevilla y Málaga.

La policía incautó 4,5 toneladas de hachís, 70 kilos de cocaína y recuperó las “armas de guerra” usadas para acosar a los agentes.

El golpe ha sido aclamado como una gran victoria por los sindicatos policiales, que usaron la violencia de la emboscada de noviembre para exigir mejores protecciones.

“Los 250 agentes desplazados se han ganado, una vez más, el reconocimiento a su arriesgada profesión”, declaró un portavoz de Jusapol.

“El compañero tiroteado en las marismas se lo ganó a pulso.”

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