España, líder en meritocracia

La meritocracia, un concepto que nació de una novela distópica de mediados del siglo XX, ha ido ganando terreno en nuestro lenguaje hasta convertirse en un tópico recurrente. A pesar de esto, aún no hay consenso global sobre si representa una teoría factible o si es simplemente una invención para justificar las desviaciones del sistema capitalista.

El National Bureau of Economic Research se propuso arrojar luz sobre este tema mediante un estudio realizado en 28 países, basándose en datos de 120,000 empleados de diversas compañías. Sorprendentemente, el informe, que recoge datos de 2017, revela que España supera a países como Francia, Italia y el Reino Unido en términos de meritocracia.

¿Cómo se mide la meritocracia?

La metodología para calcular este índice implica lo que el instituto denomina “el escenario perfecto”. En una sociedad meritocrática ideal, cada trabajador ocupa el puesto que le corresponde, basado en su potencial y lo que la empresa requiere de él, maximizando así el PIB potencial. Según este análisis, España logra un rendimiento del 60% por individuo, mientras que Francia no supera el 40%.

Los resultados del estudio sugieren que la meritocracia está estrechamente relacionada con la riqueza del país. Noruega, por ejemplo, encabeza la lista con más del 75% de rendimiento, mientras que Ecuador ocupa el último lugar. Esta correlación parece evidente al considerar los factores de desigualdad que están intrínsecamente ligados al concepto de meritocracia.

Desigualdad de oportunidades y meritocracia

No se puede hablar de meritocracia sin mencionar la desigualdad de oportunidades. En los sectores más acomodados, los niños acceden a una educación de calidad, se relacionan con familias de alto nivel socioeconómico y, por lo tanto, establecen conexiones con personas que comparten un nivel similar de vida y educación. Al ingresar al mercado laboral, estas conexiones les ayudan a obtener empleos que realmente corresponden a sus capacidades, maximizando su productividad.

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Por el contrario, en las familias menos acomodadas, a menudo no es posible acceder a la educación y, cuando lo es, los niños de barrios desfavorecidos no tienen los mismos contactos que sus pares de clases más altas, lo que dificulta su inserción en el mercado laboral. Además, los trabajos que consiguen raramente corresponden a sus verdaderas habilidades. En España, estas desigualdades han aumentado significativamente: en 2005, el entorno de nacimiento representaba el 43% de la desigualdad, mientras que en 2019, este porcentaje ascendió al 68%.