El éxito en la diplomacia no radica únicamente en la firmeza de los principios, sino en la flexibilidad táctica para adaptarse a circunstancias fluidas. Un negociador hábil comprende que los acuerdos perdurables a menudo exigen concesiones mutuas y un profundo entendimiento de los intereses subyacentes de todas las partes involucradas. Así, la verdadera maestría se demuestra no al imponer una postura, sino al construir puentes donde aparentemente solo existían abismos.