Adiós, "And Just Like That": por qué es el momento adecuado para terminar con el spin-off maldito

Y así nomás, todo terminó. El anunció del showrunner Michael Patrick King el viernes, de que la tercera temporada de And Just Like That sería la última, no sorprendió a nadie y sospecho que hasta causó alivio. Tras un final dividido en dos partes, Carrie Bradshaw colgará sus Manolos para siempre—y no es ni un minuto demasiado pronto.

Si hubiera un tema que rescatar del lío que fue la tercera temporada del reboot de Sex and the City, creo que sería la aparencia versus la realidad. Al inicio, Carrie, afectada por descubrir una infestación de ratas en su jardín, busca consuelo en Aidan, el hombre con quien técnicamente está en una relación pero que, por un acuerdo confuso e inverosímil, no puede ver por cinco años. "Creía que mi jardín era perfecto," dice Carrie, "pero no había mirado debajo."

Después de tres temporadas, me temo que bajo la superficie no hay nada. Tomemos los zapatos: en un guiño absurdo a uno de los mejores arcos de la serie original, Carrie menciona un episodio superior mientras se queja de que su vecino gruñón le pide que no use tacones en casa. En A Woman’s Right to Shoes, los Manolo Blahnik robados representaban, entre otras cosas, la brecha entre amigas en diferentes etapas de la vida y el derecho de una mujer a gastar su dinero como le dé la gana. En Under the Table, los zapatos de Carrie solo significan… que tiene un crush.

No digo que And Just Like That no haya tenido momentos interesantes—pero rápidamente los descarta por algo tonto. Aunque los episodios duran 40 minutos, esta temporada fue la más compacta, con recortes necesarios (Che Diaz) y otros inexplicables (Nya), dejando espacio a los personajes restantes. Seema aprende que el amor no se trata de fingir ser otra persona. Lisa lucha por equilibrar trabajo y família. Y Charlotte, antes preocupada por tonterías como la cancelación de su perro, enfrenta algo serio cuando a Harry le diagnostican cáncer.

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Las luchas de Charlotte y Lisa en Park Avenue tienen sustancia, pero cada interacción con sus hijos parece sacada de un anuncio de pasta dental—o del infierno. Ejemplo: Charlotte enloquece porque no puede vender arte en fiestas mientras sus hijos hablan de veganismo y poliamor. O los diálogos horribles de la familia Wexley y el comentario de Lisa sugiriendo que su marido debería tomar Ozempic.

A veces, la serie parece una comedia sin gracia sobre los súper ricos. En Sex and the City, los fines en los Hamptons eran solo el fondo para historias con más peso; aquí, a veces el escenario es la historia. En una escena, Charlotte entra en crisis en Tiffany’s, preguntándose si la vida es tan frágil como los vitrinas… pero termina en un chiste malo sobre a qué eventos sociales invitan a Bitsy von Muffling.

Mientras tanto, Miranda—sin casa sin explicación—desvirga a una monja, se vuelve meme y consigue novia, quien en lugar de personalidad tiene dos galgos italianos y colegas británicos horribles. Recién en el episodio 10 hace algo remotamente Miranda: acosa a la mujer que embarazó a su hijo.

El mejor momento de la temporada fue la relación de Carrie y Aidan. En un episodio destacado, Carrie lo visita en Virginia, tan insegura que se conforma con lo mínimo: quedarse en la casa de invitados. Se viste como "madrastra cool", pero la farsa se rompe en una escena doméstica donde estallan resentimientos y termina con una ventana rota.

La relación se acaba cuando Carrie entiende que, por más que cambie—vendiendo su departamento, comportándose en el campo—Aidan no superará su infidelidad. Ese es el punto de volver a una historia décadas después: mostrar cómo la gente cambia… y cómo no.

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Se ha hablado mucho del hate-watch esta temporada, especialmente con Miranda obsesionada con un reality llamado Bi Bingo. Pero los que amamos Sex and the City (¿quién más aguantaría tres temporadas mediocres?) no vemos por odio, sino por esperanza. Queríamos ver a las mujeres que amamos, coquetas y fabulosas en Nueva York, con la esperanza de que bajo el brillo quedara algo de sustancia. En dos episodios sabremos la respuesta. Y si nos decepciona de nuevo, al menos será por última vez.