El Día del Libro llega otra vez, con su coro matutino de maldiciones y cinta adhesiva. Este año cae justo antes de que demos una fiesta de cumpleaños de Harry Potter, así que el salón ya ha sucumbido a ranas de chocolate, arcilla para varitas y preparativos para el Lanzamiento del Calcetín de Dobby. Viene perfecto entonces. Si ya has hecho una piñata de Nagini, ¿qué es un hipogrifo más en la lista?
¿Es el cosplay competitivo la mejor manera de fomentar el amor por la literatura en los jóvenes? Eso lo debaten mentes más brillantes que la mía, pero con libros así, me sorprende que sea necesario. Qué momento para haber dominado recién la fonética. ¿Qué lector reacio podría evitar reírse con el Sr. Gum, o con cualquier cosa de Andy Stanton? ¿Quién no se emocionaría con Louis Sachar o Lottie Brooks o Malorie Blackman?
Mi hijo ya va por la décima vez escuchando los audiolibros de Potter (los de Stephen Fry). Esas historias son –lo siento, me alegro y me preparo para el impacto al decirlo– mucho mejores que las que yo leía a los ocho años. Con lo cual me refiero a Enid Blyton, pero quizás también a Judy Blume y Anthony “Jennings” Buckeridge, e incluyendo –uf– algo de Roald Dahl y –doble uf– mucho de C.S. Lewis, incluso esas cintas de Narnia leídas por Michael Hordern.
¡La caracterización en Potter! ¡La construcción del mundo! ¡La complejidad ética! Los giros en la trama cuando visitan la sala psiquiátrica de St. Mungo y ven primero al vanidoso Gilderoy Lockhart, ahora amnésico pero aún hablando sin parar sobre autógrafos, y luego a Alice Longbottom, víctima de la maldición Cruciatus, caminando arrastrando los pies con un envoltorio de caramelo para su hijo. Es la mejor descripción de demencia angustiosa que he leído.
Y no son solo los libros. La cultura infantil en general parece estar un nivel por encima de lo que era hace 35 años, pero también por encima de mucho de lo dirigido a adultos hoy. ¿No me crees? Mira de un tirón *All Hail King Julien: Exiled*, un spin-off de un spin-off de la franquicia de Madagascar; es un estudio filoso sobre el exceso de poder real. Está a la altura de *Wolf Hall*. Además: eructos de lémur.
No puedo hablar del teatro, solo contar que colegas alaban cómo todo el trabajo escénico realmente innovador hoy es para menores de 12. Pero sí testifico sobre la brecha cada vez mayor entre lo que niños y adultos ven en el cine. Mientras las películas de arte y premios son aplaudidas por el más leve chirrido de radicalismo, los blockbusters infantiles hierven de una ambición que se siente años luz más adelantada.
No es solo Studio Ghibli, el anime y Aardman. Las películas familiares mainstream de Hollywood abordan las crisis de nuestro mundo con una claridad y un ingenio que serían revolucionarios en cualquier película para +15. *Los Mitchell contra las Máquinas* –un dibujo de 2021 sobre dispositivos inteligentes liberados por un tipo similar a Zuckerberg– allanó el camino para que la sátira *Mountainhead* de Jesse Armstrong del 2025 pudiera correr. Lo mismo con *La Lego Película* y *No Other Choice* (y *Severance*).
La semana pasada se estrenó *Hoppers*, el último doctorado animado en existencialismo de Pixar. No se guarda nada al abordar nuestra responsabilidad colectiva en el colapso ecológico. Práctica estándar en el género, claro. *Babe* lo hizo. También *El Robot Salvaje*. Y *Wall-E*. *Bee Movie* comparó la producción de miel con campos de concentración.
Mientras, la aclamada nominada al Óscar *Train Dreams*, sobre un leñador en EE.UU. al inicio de la industrialización, contiene un par de meditaciones vagas sobre si los humanos seremos los mejores guardianes de los bosques. *The Lost Bus*, basada en un conductor de autobús escolar heroico durante los incendios de California del 2018, incluye un guiño oblicuo a la crisis climática antes de que los créditos culpen a una compañía eléctrica y digan que el maestro celebró sobrevivir yendo de vacaciones largas.
Las películas infantiles muestran el mundo en llamas, ofrecen soluciones radicales y agregan chistes. La buena noticia es que tantos jóvenes las ven. La mala es que todos los demás parecen salir corriendo gritando. En su monólogo de los Bafta, Alan Cumming comparó la trama de *Zootropolis 2* –ahora la animación estadounidense más taquillera de la historia– con los EE.UU. modernos (“Mentiras, líderes corruptos, envenenamiento y persecución de una raza”). Pero solo lo sabrías si estabas en la sala. La palabra con N puede haberse quedado en la transmisión editada, pero esa parte salió directamente.
Catherine Shoard es la editora de cine del *Guardian*.