Fragmento del libro: “Astucia callejera” de Lloyd Blankfein

Penguin Press

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En su nueva autobiografía, “Streetwise: Getting to and Through Goldman Sachs” (que será publicado el 1 de marzo por Penguin Press), el ex CEO Lloyd Blankfein escribe sobre una vida que se extendió desde los proyectos de vivienda de Nueva York hasta la cima de Wall Street.

Lee el fragmento a continuación, y ¡no te pierdas la entrevista de Jo Ling Kent con Lloyd Blankfein en “CBS Sunday Morning” el 1 de marzo!


“Streetwise” por Lloyd Blankfein

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Capítulo I: Ventajas

Cuando entro en un lugar lleno de gente, tengo que decidir si voy a ser parte del establecimiento o el chico de Brooklyn.

Soy un producto de East New York, Brooklyn, donde crecí en los proyectos, y todavía veo el mundo a través de esos ojos. Hasta el día de hoy, tengo que concentrarme para decir “rather” y no “rath-uh”. No puedo compararme con personas con las que he trabajado que superaron desventajas realmente severas, como hogares desestructurados, guerras civiles, pobreza extrema o emigración forzada. Pero crecer en vivienda pública, en una familia que se las arreglaba, y asistir a escuelas públicas que estaban fallando, dejó su marca en mí. Lucho con la ambivalencia. Paso la mitad de mi tiempo queriendo darle cosas a mis hijos, la otra mitad atormentandolos por tener cosas que yo les dí y que yo no tuve.

Mis primeros recuerdos son del South Bronx, donde mi familia vivía en un edificio de vecindad en la Avenida Leggett. Me encantaba ver cómo entregaban el carbón que calentaba el edificio. Hacía un rugido al caer del camión por un conducto hacia el sótano. Otro recuerdo: el organillero que a veces tocaba en la acera fuera de nuestro apartamento. Mi madre envolvía una moneda en papel y la tiraba por la ventana para que su mono la recogiera.

Cuando tenía tres años, nos mudamos del Bronx a East New York, en busca de una vida mejor, que, por un tiempo, encontramos. El año era 1957 y la ciudad aún no había terminado de pavimentar las calles del nuevo desarrollo de viviendas públicas al que nos mudábamos, los Linden Houses, gestionado por la Autoridad de Vivienda de Nueva York. Esto era vivienda subsidiada para la clase trabajadora, con edificios dispuestos en un patrón irregular bordeados por trozos de vegetación. Todavía no eran “los proyectos”. En ese momento, debió parecerles un Shangri-La a mis padres. Todo estaba limpio y nuevo. Los niños tenían un parque infantil de verdad, con columpios y barras para trepar. El vecindario era razonablemente seguro. Esos diecinueve rascacielos de ladrillo rojo en su mayoría idénticos aún no estaban deteriorados de la manera en que lo estarían cuando yo estaba en la escuela secundaria.

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Mi madre, mi padre, mi hermana, mi abuela y yo ocupábamos un pequeño apartamento de dos dormitorios y un baño, quizás ochocientos pies cuadrados, en el cuarto piso de una torre de catorce pisos en el 243 de la Avenida Wortman. Mi hermana, Jacky, y yo compartíamos un dormitorio, mientras que mi abuela, Lilly, dormía en un sofá cama en la sala de estar. Era pequeño pero ordenado. No se permitía sentarse en una cama; las camas eran para dormir, no para sentarse, según mi mamá. Había fundas de plástico en cada mueble en el que alguien se pudiera sentar o apoyar. Cuando conseguimos nuestro primer televisor, un gran aparato de consola que yo veía todas las tardes y noches mientras estaba tirado en el piso de la sala, mi mamá me hacía rotar a diferentes lugares del suelo para no desgastar la alfombra de forma desigual. Cuando mis padres se jubilaron en Florida décadas después, los muebles que dejaron atrás estaban en condiciones prístinas.

Mis antepasados Blankfein eran judíos de habla yiddish que emigraron en la década de 1880 desde un *shtetl* que entonces estaba en Rusia y ahora es parte de Polonia. Isaac Blankfein, mi bisabuelo paterno, trabajaba como sastre en la calle Delancey, en el Lower East Side. Comenzó un negocio mayorista de ropa que se movió por el bajo Manhattan, primero a Greene Street (mucho antes de que ese vecindario se llamara SoHo), luego a Bleecker Street en Greenwich Village, luego a la calle East 14. Mi abuelo Saul, que murió cuando yo tenía seis años, era el menor de los cinco hijos de Isaac, y el único que se mantuvo involucrado en el negocio familiar. Cuando ese negocio fracasó durante la Depresión, nuestra rama de la familia se convirtió en los parientes pobres. Con los años, a medida que me volví más famoso (o notorio), he tenido noticias de varios Blankfeins descendientes de los otros cuatro hermanos. Terminaron siendo profesionales: maestros, médicos y abogados. No nuestro lado de la familia. Mi padre trabajó como empleado en la oficina de correos, mientras que su hermano menor, mi tío Sheldon, trabajó como cortador en el Garment District.

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Después de que mi abuelo Saul murió, mi abuela Hannah Blankfein se quedó en su apartamento en una casa adosada en el South Bronx, que recuerdo rodeada de solares vacíos llenos de escombros a medida que el vecindario decaía. En el largo viaje desde Brooklyn para visitarla, yo dormía, o fingía dormir, estirado en el asiento trasero de nuestro auto. Debido a que la madre de Hannah era de Austria y hablaba alemán en lugar de yiddish, entendía que ella era de una clase social ligeramente más alta entre los descendientes de inmigrantes judíos. Una mujer locuaz y extrovertida, mi abuela no tenía educación pero podría haber sido la persona más competente de nuestra familia. Era activa en la política del Bronx, sirvió como líder distrital e incluso asistió a la Convención Demócrata de 1964 en Atlantic City como delegada suplente.

La familia de mi madre Blanche, los Krellman, llegó a los Estados Unidos un poco más tarde, alrededor del cambio del siglo veinte. También eran de la Zona de Asentamiento en el borde occidental del Imperio zarista. Los padres de mi madre tuvieron un divorcio amargo cuando ella era joven, y ella rompió relaciones con su padre, quien posteriormente se volvió a casar y tuvo otra familia. Mi mamá se quedó con su madre, mi abuela Lilly, así que nunca conocí a mi abuelo por el lado de mi madre. Cuando compartí una habitación con ella de niño, la abuela Lilly nunca hablaba de él. Ella trabajaba en S. Klein, unos grandes almacenes en Union Square en Manhattan, lo cual era un viaje largo en el tren 2 desde la Avenida New Lots. Su trabajo en Klein’s era “floorwalker”, lo que significaba ayudar a las clientas a encontrar la talla correcta de vestidos y asistir a los vendedores habituales.

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Mi madre era una extrovertida y le gustaba charlar, siempre entablando conversación con extraños, un instinto que transmitió a sus hijos. Pero aunque proyectaba mucho calor hacia el mundo exterior, en casa era puro sentido práctico, donde era la principal tomadora de decisiones sobre todo en nuestro hogar abarrotado. Durante el día, trabajaba como recepcionista en una compañía de alarmas contra robos, una de las pocas industrias en crecimiento en el vecindario. Aparte de ver la televisión por la noche, su principal forma de recreación era jugar al mah-jongg con amigas. Tenía solo diecinueve años en 1940 cuando se casó con mi padre, Seymour, que era cinco años mayor. Se conocieron mientras trabajaban en la misma tienda de mercería en el Bronx. Cuando fue reclutado por el ejército en 1942, lo enviaron a Omaha, Nebraska, para trabajar como mecánico en la base del Cuerpo Aéreo del Ejército allí. Mi mamá se mudó allí para estar con él. Mi hermana mayor fue concebida allí y nació el Día de la Victoria sobre Japón (V-J Day), el 2 de septiembre de 1945.

Mi padre era un hombre grande (223 libras en el momento de su alistamiento, según sus registros del ejército), pero más callado que mi madre y algo eclipsado por ella. A mi papá le gustaba señalar los anuncios de autos nuevos y decir: “No puedo esperar a comprar ese auto en seis años”. Heredé tanto su sentido del humor como su ansiedad.

Fragmento extraído de “Streetwise: Getting to and Through Goldman Sachs” por Lloyd Blankfein, cortesía de Penguin Press, un sello de Penguin Random House. Copyright © por Lloyd C. Blankfein.


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