Se han aprobado dos presupuestos. Un tercero está a punto de ratificarse. Y aún así, en la Orihuela Costa apenas hay pruebas de que quienes ostentan el poder la consideren algo más que una fuente de ingresos conveniente.
Si dejamos a un lado los comunicados de prensa, el optimismo montado y el lenguaje ritual de la política municipal, emerge una realidad más cruda. La Orihuela Costa no flaquea por mala fortuna o complejidad administrativa. Flaquea porque ha sido sistemáticamente relegada por la misma institución que más depende de ella.
Durante décadas, la costa ha sido el motor económico del municipio —generando ingresos turísticos, sosteniendo el mercado inmobiliario, atrayendo inversión internacional y respaldando la economía local en su conjunto. Sin la Orihuela Costa, la estabilidad financiera del municipio sería muy distinta. Sin embargo, cuando llega el momento de reinvertir esa riqueza, el flujo cambia de dirección.
El dinero viaja hacia el interior. El abandono viaja hacia la costa.
Los residentes ya no debaten si existe este desequilibrio. Se cuestionan si es deliberado. El ciclo repetido de aprobaciones presupuestarias sin una inversión costera significativa ha creado la impresión de un municipio estructuralmente incapaz de tratar a la costa como un socio en igualdad de condiciones. Cada nuevo plan financiero se presenta como progreso; cada año termina con las mismas carencias sin resolver.
Esto no es colaboración. Es extracción.
Un viejo dicho advierte que un leopardo no puede cambiar sus manchas. Cada vez más, los residentes creen que Orihuela no puede cambiar sus instintos políticos hacia la costa —no porque las soluciones sean imposibles, sino porque la voluntad de implementarlas nunca ha existido realmente. Las administraciones cambian, las coaliciones varían, la retórica evoluciona, pero la dinámica subyacente permanece intacta.
La relación ahora se asemeja a algo profundamente insano: un sistema en el que la Orihuela Costa contribuye de forma desproporcionada mientras recibe desproporcionadamente poco a cambio. Los impuestos, tasas y actividad económica son aceptados sin titubeos. Las solicitudes de inversión equitativa se encuentran con demoras, dilución o silencio.
La confianza, una vez quebrada repetidamente, no se desvanece en silencio. Se endurece en forma de sospecha.
Los líderes municipales argüirán que hay mejoras planificadas, que los procesos requieren tiempo, que los presupuestos deben equilibrar prioridades contrapuestas. Pero la paciencia no es infinita, y la credibilidad no es renovable una vez agotada. Las comunidades pueden aceptar dificultades cuando creen que son compartidas. Se rebelan cuando creen que son impuestas de forma selectiva.
La dura conclusión a la que muchos en la costa están llegando es que el liderazgo de Orihuela no solo está fallando a la Orihuela Costa —se siente cómodo haciéndolo. Dado que la productividad económica de la costa continúa pese a todo, el incentivo para cambiar ha sido débil. El éxito se ha convertido en una razón para el abandono en lugar de una justificación para la inversión.
Este es un error de cálculo peligroso.
Un municipio que trata a uno de sus distritos más productivos como prescindible se arriesga a algo más que a críticas políticas. Se arriesga a la fractura —económica, social y cívica. Cuando los residentes empiezan a sentirse desvinculados de la autoridad que los gobierna, el sentido de propósito común que mantiene unido a un municipio empieza a erosionarse.
La Orihuela Costa no desea conflicto. Desea equidad. Desea que se reconozca que la contribución debe corresponderse con el compromiso. Desea sentirse parte del municipio, y no su mecanismo de financiación.
Pronto se aprobará otro presupuesto. Se presentará otra oportunidad de cambiar el rumbo.
Pero si la historia sirve de guía, los residentes ya sospechan lo que sucederá a continuación.
Porque el momento más peligroso para cualquier ente gobernante no es cuando la gente está enfadada —es cuando deja de creer que el cambio es posible.
Y en la Orihuela Costa, ese momento empieza a llegar.