En su sexto álbum, la reina del pop de la reinvención dramática hizo algo más impactante que vestidos de carne y motocicletas humanoides: Lady Gaga miró hacia atrás.
A diferencia del suave sabor tech-house de su predecesor *Chromatica*, y opuesto diametralmente al jazz para cenar de su trabajo con Tony Bennett, en *Mayhem* ella regresó al electroclash operístico que impulsó sus dos primeros álbumes. Hay sintetizadores que suenan como una aspiradora Dyson a punto de morir. Están ese tipo de guitarras *trashy* que, por contrato, sólo pueden ser tocadas por alguien con un mohawk verde, pantalones de cuero caídos y nada más. Está el balbuceo infantil de su mayor éxito, *Bad Romance*, solo que donde antes era “Ro-ma, ro-ma-ma / Gaga, ooh la la”, ahora es “Ama ooh na-na / Abracadabra, mutta ooh Gaga”. Se nota la diferencia, ¿verdad?
La lectura menos generosa es que este fue un movimiento cínico, impulsado por el mercado, incluso artísticamente perezoso, de alguien que tuvo que realinear su marca tras varios fracasos. La ampliación de su música en *Artpop* (2013) y *Joanne* (2016) no fue bien recibida por el público, y aunque su actuación y grabaciones para *A Star is Born* fueron excelentes, su trabajo similarmente ambicioso para *Joker: Folie à Deux* fracasó rotundamente. Los dúos con Bennett tenían encanto – tocados de una manera tan increíblemente formal que casi eran subversivos – pero eran empalagosos, no *gaga*.
Y aún así, la canción que le dio el éxito más grande de su carrera fue igual de tradicional: *Die With a Smile*, el dúo del año pasado con Bruno Mars que tuvo miles de millones de streams. El movimiento más cínico hubiera sido replicarlo. En cambio, cuando la escuchas añadida al final del alegremente caótico *Mayhem*, suena como si Mars la tuviera secuestrada en el salón de baile de un casino de Las Vegas.
La propia explicación de Gaga sobre el sonido de *Mayhem* es más persuasiva. Dijo a Rolling Stone que los años que pasó expandiendo su arte le pasaron factura anímica, y hacer *Mayhem* fueron “meses y meses y meses de redescubrir todo lo que había perdido. Y sinceramente creo que por eso se llama *Mayhem* (Caos). Porque lo que costó recuperarlo fue una locura.” La fuerza del disco, y lo cómoda que sonaba, respaldan su afirmación de que estaba expresando auténticamente su verdadero yo.
Las bases son monstruos de Frankenstein cibernéticos ensamblados con fragmentos de sonido digital, un encaje natural para la voz de Gaga y solo para la de ella. Ella se entrega a la exageración que la hace grande: el grito al estilo Meat Loaf en el clímax de *Perfect Celebrity*, la coqueta réplica en *Zombieboy*, lo operístico y estentóreo de *Vanish Into You*. Estas tres, más *LoveDrug*, *How Bad Do U Want Me* y *Garden of Eden*, podrían fácilmente haber sido sencillos de éxito – tal como están, son algunas de sus mejores canciones de álbum, llenas de brío y energía.
A veces se pueden escuchar influencias más allá del reino puro de Gaga. La voz en *How Bad Do U Want Me* recuerda a la de Taylor Swift, mientras que la base baila tentadoramente cerca de *Only You* de Yazoo. *Killah* hace lo mismo con *Fame* de David Bowie. Hay gotas sueltas de *Bleeding Love* de Leona Lewis en *The Beast*, y matices de *Rhythm of the Night* de DeBarge en *Shadow of a Man*.
El “come on” de Gaga en *Garden of Eden* es idéntico al de Rihanna en *S&M* – pero esa canción ya estaba en deuda con el trabajo anterior de Gaga, y *Mayhem* demuestra sin duda lo influyente que ha sido Gaga. La melodía principal de *Vanish Into You*, por ejemplo, muestra cuánto debió influir en la escritura pop de Sia. Y aunque las guitarras disco al estilo de Nile Rodgers son ahora un elemento básico del pop, Gaga las usa no solo como un símbolo de la vida nocturna, sino para evocar genuinamente la felicidad y el desenfreno de una noche loca.
Tras algunos proyectos en los que parecía que Gaga intentaba demasiado ser más grande que ella misma, en *Mayhem* se acomodó de nuevo en exactamente quién es – una sensación reforzada por la gira *Mayhem Ball*, teatralmente torcida pero con un *vibe* increíble, que fue como la boda de un *influencer* *goth* con un presupuesto infinito. Si todo parecía y sonaba familiar, es principalmente porque llevamos casi dos décadas viviendo en un mundo pop moldeado por la propia Gaga.