Vida en España: Una Obra de Arte que deja Entrever Antiguas Tradiciones

El lienzo fue pintado por Bartolomé Esteban Murillo en 1675, en Sevilla. Hoy cuelga en la Galería Nacional de Arte en Washington D.C.

Su título es Mujeres en la Ventana, y nos revela mucho sobre la sociedad y las costumbres de la época.

No podemos ver mucho del interior de la casa, pero es evidente que se trata del hogar de una familia adinerada. Dos jóvenes se asoman, contemplando la calle.

El encanto de la obra reside en la actitud coqueta de las muchachas; evidentemente disfrutan de la atención de algún joven (o jóvenes), pero a la vez son conscientes de que su comportamiento es un tanto ‘atrevido’. Murillo capta la ambigüedad lúdica de la juventud y el cortejo —las sonrisas y la timidez— sin el más mínimo asomo de vulgaridad.

No se sabe mucho sobre Murillo, y lo poco que conocemos procede principalmente de archivos parroquiales. Nacido en 1617 en Sevilla, murió en su ciudad natal en 1682. Fue un sevillano de pura cepa.

Contrajo matrimonio con una mujer local y tuvieron doce hijos, aunque solo tres alcanzaron la edad adulta. Bartolomé era esencialmente un artista profesional. En aquella época, pintar retratos y paisajes no se consideraba especialmente ‘artístico’; era simplemente un oficio. La mayoría de sus encargos procedían de iglesias, que le contrataban para representar santos y milagros (lo cual le venía perfectamente, ya que la Iglesia disponía de fondos).

Murillo era también un cristiano sincero. Perteneció a dos hermandades —algo parecido a logias masónicas— y dedicó gran parte de su tiempo libre a distribuir alimentos entre los pobres.

Este cuadro parece ser un jeu d’esprit —una obra que emprendió por puro placer. Además de su perspicacia psicológica, ofrece una fascinante visión del papel de la mujer en la sociedad española.

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Hasta hace muy poco, se suponía que las mujeres españolas no debían salir de casa. La planta baja se consideraba un lugar peligroso, pues una mujer podía sentirse tentada de abrir la puerta principal y mirar a la calle. Sin embargo, dado que las cocinas siempre estaban en la planta baja, no se las podía prohibir totalmente el acceso.

Era aceptable que una mujer (o una joven que hubiera alcanzado la pubertad) tomara el aire en una ventana alta o se sentara en un balcón, pero una mujer que se situara en el umbral de la casa era tachada de ‘descarada’ —especialmente si charlaba con transeúntes. (Estas normas sociales seguían vigentes incluso en la década de 1960).

Del mismo modo, una mujer que hablaba con un hombre con el rostro descubierto —es decir, sin utilizar un abanico para taparse la boca— era considerada una indecente. El abanico no solo servía para dar aire; su uso en el cortejo constituía un lenguaje vasto y complejo por sí mismo.

Nótese cómo, en la pintura, la joven de pie se da cuenta de que está haciendo algo cuestionable y convierte su tocado en un abanico improvisado.

La muerte de Murillo fue trágica. Con más de setenta años, obtuvo un encargo para pintar un monasterio en Cádiz. En aquella época no existían inspectores de salud y seguridad, y el andamio que utilizaba para alcanzar los muros superiores probablemente dejaba mucho que desear. Como tuvo que pagarlo de su propio bolsillo, es probable que fuera de madera —y poco firme.

En cualquier caso, se cayó. Habría sido más piadoso si hubiera muerto en el acto, pero sobrevivió varios meses con terribles lesiones internas. Pidió ser trasladado de vuelta a Sevilla para morir —la agonía de ese viaje, en carro por caminos de tierra irregulares, es mejor no imaginarla.

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El Museo de Bellas Artes de Sevilla merece mucho una visita. Ubicado en un antiguo convento y fácilmente reconocible por la estatua de El Maestro en su exterior, alberga la mejor colección de pinturas de Murillo en el mundo.

Dirección: Plaza del Museo, 9.

Sitio web: www.museosdeandalucia.es/web/museodebellasartesdesevilla

Horario: De septiembre a julio, de martes a sábado, de 9:00 a 21:00. Durante agosto y en días festivos, rige un horario especial.

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