Las elecciones municipales de mayo de 2023 en Orihuela pusieron una vez más de manifiesto la brecha entre el casco histórico urbano y el litoral.
A primera vista, las cifras son elocuentes: el núcleo urbano de Orihuela acudió masivamente a las urnas, mientras que Orihuela Costa se quedó muy rezagada.
No obstante, tras los datos subyace una narrativa más profunda—una en la que las cifras pueden tanto esclarecer la realidad como ser manipuladas para construir ilusiones convenientes.
En el conjunto del municipio, estaban inscritos 46.928 votantes, y la participación alcanzó un 65,28%, en línea con los promedios provinciales.
En la costa, sin embargo, solo 7.069 residentes figuraban en el censo electoral, y apenas 3.467 depositaron su papeleta—una afluencia del 48,9%, más de dieciséis puntos por debajo de la media municipal.
Esta infrarrepresentación crónica refleja problemas de largo recorrido: una numerosa comunidad de expatriados poco integrada en la política española, quejas persistentes por desatención institucional y obstáculos logísticos para ejercer el voto.
En este vacío germinan afirmaciones audaces. Los defensores del empoderamiento costero arguyen que, si (y ese es un si monumental) la población «real» de Orihuela Costa, aproximadamente 20.000 residentes con derecho a voto, se inscribiera en su totalidad, la costa podría dominar el consistorio.
La teoría es simple: si 15.000 respaldaran un partido costero, este obtendría mayoría absoluta; incluso 10.000 simpatizantes le garantizarían un papel decisivo en el gobierno.
Sobre el papel, la aritmética funciona. El ayuntamiento de Orihuela cuenta con 25 concejales, asignados mediante la ley D’Hondt.
Con una participación similar a la de 2023, un partido necesitaría aproximadamente entre 14.000 y 15.000 votos para lograr la mayoría absoluta.
En teoría, 15.000 votos procedentes de la costa podrían inclinar la balanza del poder de una vez por todas.
Pero la realidad es menos generosa. La inscripción nunca alcanza el 100% (ni siquiera ha superado el 50%), los bloques nunca votan en perfecta sintonía, y la participación entre los residentes costeros ha sido históricamente la más baja del municipio.
Inflar las expectativas conlleva el riesgo de crear espejismos que lleven a los residentes a creer que la dominación está a solo un formulario de distancia.
Para visualizar la brecha, los números pueden traducirse en escaños:
La tabla ilustra cómo Orihuela Costa podría, en teoría, pasar de una influencia marginal a un dominio absoluto.
Pero también revela la verdadera ilusión: el salto de los 3.467 votos actuales a 15.000 papeletas unificadas es descomunal.
Lograrlo requeriría algo más que alimentar el optimismo de los residentes—exigiría movilización, organización y, sobre todo, liderazgo.
Lo que a Orihuela Costa realmente le falta no son votantes, sino un líder: una figura carismática capaz de unir a españoles, expatriados y todas las comunidades en torno a una causa común,
inspirándoles no solo a empadronarse, sino a acudir a las urnas. Sin dicho liderazgo, los números permanecen abstractos, el potencial sin explotar y el descontento, fragmentado.
La lección de 2023 no es que Orihuela Costa carezca de poder, ni que oculte una mayoría latente esperando ser liberada.
La verdad se halla en un término medio. Reducir la brecha de participación, generar confianza y hallar una voz unificadora son los pasos reales hacia la influencia.
Hasta entonces, los extremos—ya sea de desesperación o de esperanza sobredimensionada—arriesgan a desorientar a la propia comunidad a la que dicen servir.