Una pelota por jugador

El fútbol trasciende la política y las administraciones. Crédito: kovop / Shutterstock

Soy un gran aficionado al fútbol, pero también valoro profundamente la cordialidad y la armonía. De niño, solía decir: “Cuando vaya a mi primer partido en vivo, llevaré un balón por cada jugador para que dejen de pelearse por uno… ¡ja, ja!” En retrospectiva, eso refleja a la perfección mi filosofía: una mezcla de pasión, picardía y el deseo de que todos convivamos… idealmente sin derribarnos fuera del campo.

Me considero una persona muy deportista —bueno, siempre que el deporte se practique desde la pantalla. Mi talento atlético alcanza su cénit entre el sofá y el mando a distancia. Bromas aparte, y con todo el respeto hacia quienes realmente sudan la camiseta, el fútbol es para mí *el* deporte: un lenguaje hablado con fluidez por millones, capaz de sincronizar latidos y elevar el clamor de la grada hasta el éxtasis.

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Se acerca el Mundial de 2026 —organizado conjuntamente por México, Estados Unidos y Canadá— y algunas naciones y personalidades ya están pidiendo un boicot. ¿Las razones? Una combinación de inquietudes sobre seguridad en ciertas zonas de EE. UU., precios de entradas que hacen llorar a la cartera y, bueno… otros recelos.

Cabe recordar que los países anfitriones no son novatos en esto. México ya acogió el torneo en dos ocasiones: 1970 y 1986, mientras que Estados Unidos lo hizo en 1994. Tuve la fortuna de asistir a aquella edición, incluyendo el partido de Argentina frente a Rumanía el 3 de julio de 1994 en el Rose Bowl de Los Ángeles.

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El fútbol siempre ha sido el deporte del pueblo. Debería ser accesible, justo e inspirador —una fuente de alegría para las futuras generaciones. Cuando se politiza en exceso o se encarece de manera ridícula, pierde su esencia.

Cuando se eligió a los anfitriones para 2026, todo parecía alineado: cooperación, entusiasmo, lo completo. Desde entonces… uno de los tres países se encuentra un tanto patas arriba, y lo que antes parecía ordenado se ha desdibujado. Algunos podrían considerar que el boicot es una opción moral.

Pero he aquí la cuestión: ¿por qué este boicot y no otros? ¿Debería señalarse al Mundial mientras otros espectáculos globales siguen su curso? Las entradas quizá tengan precios astronómicos, pero a los aficionados eso no les importa —siguen a sus equipos porque aman este deporte.

¿Es justo un boicot? No para los millones de aficionados que esperan cuatro años por este momento. No para los cientos de jugadores que han entrenado sin descanso por la oportunidad de brillar en el escenario mundial. Para muchos, el Mundial es más que un torneo —es una fiesta largamente anhelada, una temporada de júbilo compartido.

El fútbol trasciende la política y las administraciones. Su alegría no debería ser un daño colateral. Es el deporte que despierta la mayor pasión a nivel global, y sería profundamente injusto arrebatársela al mundo.

Así que, a los organizadores: hagan su trabajo. Ofrezcan un Mundial seguro, justo y brillante. Mantengan la política a raya —les pagan para proteger el fútbol, no para socavarlo.

Ni boicots. Ni excusas. Pónganse las pilas —y a jugar.

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