‘Un Himno a la Vida’ de Gisèle Pelicot – La excepcional memoria de una mujer de poder asombroso

Es una muestra del poder y la honestidad de las memorias de Gisèle Pelicot, *Un himno a la vida* –un proyecto de escritura aparentemente imposible en el que la autora debe reconciliarse con horrores que no recuerda– que en las primeras 40 páginas, la persona hacia la que sentí más ira fue la propia Pelicot. Su exmarido, Dominique, que seguramente estará en la cárcel el resto de su vida por drogar y violar a su esposa y reclutar a 50 hombres en internet para hicieran lo mismo, ocupa su lugar entre los monstruos de nuestra época. En su ausencia, el lector puede experimentar una versión de lo que pasó en la propia familia de Gisèle Pelicot: la desviación de la ira hacia ella.

He leído suficientes libros de mujeres supervivientes de violencia sexual masculina para decir con confianza que *Himno a la vida* es único. Pelicot –decidió conservar su apellido de casada para que sus nietos que lo llevan pudieran sentirse orgullosos, no avergonzados– tenía 67 años cuando arrestaron a su marido en 2020 por hacer *upskirting* a mujeres en un supermercado de Carpentras, un pueblo del sureste de Francia. Cuando la policía descubrió un alijo de videos y fotos donde se veía a una Pelicot inconsciente siendo agredida sexualmente por decenas de hombres, ella entró en una pesadilla.

*Un himno a la vida* está lleno de detalles que no desentonarían en una buena novela, pero es la expresión que da a algo vislumbrado durante el juicio lo que lo hace tan singular: la transformación de Gisèle Pelicot, de una mujer que se declara ordinaria, “contenta con mi pequeña vida”, en una figura de asombroso poder. Tras la arresto de su marido, se mudó a la Île de Ré, donde para explicar su estado de ánimo a nuevos amigos, les dijo que “había sido atropellada por un tren de alta velocidad”. Detallar lo que costó salir de ese estado para convertirse en un icono nacional –o global– es la implacable misión del libro.

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Parte de su renovación implicó enfrentar una pregunta que rondaba a millones durante el juicio: ¿cómo pudo no saber? Escribe desdichadamente sobre “la vergüenza de no haber entendido nada, de sentirme como una idiota ante los demás y ante mí misma”. Así, el libro es una historia detectivesca donde el lector acompaña a Pelicot a revolver sus recuerdos en busca de pistas olvidadas. ¿Era significativo que su marido viniera de una familia violenta y abusiva? ¿Su comportamiento estaba ligado a “nuestra sociedad patriarcal y sexista” –palabras que, escribe, “nunca había pronunciado antes”? ¿Si su querida madre no hubiera muerto de cáncer cuando Gisèle tenía nueve años, se habría casado tan rápido con él?

Tanto Pelicot como su marido provienen de entornos rurales, a dos generaciones de la pobreza. Pero mientras Dominique tenía problemas para mantener empleos, Pelicot prosperó, ascendiendo de secretaria en una energética a un puesto de gestión. Se pregunta si su éxito alimentó el resentimiento de él. Y luego estaba su vida sexual. Buscando evidencias, recuerda la petición de Dominique, años atrás, de tener sexo anal y grabarlos en la cama. Se pregunta si al complacerlo, sus crímenes se hubieran evitado.

Este último ejercicio mental lo reconocerá cualquiera que haya estado con un abusador y haya pensado que actuando diferente, el resultado cambiaría. O como dice Pelicot: “Podría haberlo impedido todo, podía habernos salvado”. Tras revelarse los crímenes, se refugió en los buenos momentos, rogando a sus tres hijos que recordaran que Dominique había sido un buen padre; una negación que los enfureció tanto que, por un tiempo, dos de ellos no le hablaron.

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La ruptura más seria fue con su hija Caroline –quien escribió sus propias memorias–, con quien estuvo enfrentada por meses. Mientras Caroline “se derrumbó”, pasando una noche en psiquiátrico, su madre volvió de la comisaría y lavó la ropa de su marido. “Saber aparentar normalidad era todo lo que sabía hacer”, escribe. Cuando empeoró el tiempo, le preocupó que Dominique tuviera frío en la cárcel y le llevó un suéter. “¿Qué le queda a una mujer de mi edad”, se lamenta, “cuando ya no tiene marido, solo hijos y nietos?”

Confieso que aquí fue donde perdí los estribos: la emotividad abyecta con que Parece registrar la pérdida de un marido –cualquier marido– con más fuerza que la violencia que le infligió el suyo propio. Explica que pertenece a una generación de mujeres para quienes “el eje principal de nuestras vidas fue el hombre con quien nos casamos”, y que esta condicionamiento no se deshace en un día. Si estamos enfadados con Pelicot, ella también lo está con nosotros. Lo peor de ser víctima, escribe, es que te sermoneen –tus hijos, los psicólogos del tribunal, la prensa– sobre la forma correcta de serlo. ¿Cómo nos atrevemos?, implica, y por supuesto que tiene razón.

El juicio, en 2024, ocupa solo la última quinta parte del libro. “Eran esos bastardos los que quería en el punto de mira, no a mí”, escribe sobre su decisión de abrirlo al público, lo que dio pie a su famosa frase y al subtítulo del libro: “la vergüenza debe cambiar de bando”. Debate la palabra “digna”, usada a menudo para describirla entonces y que le parece codificada y moralista –otro incentivo al silencio. Mientras los horribles videos se reproducen en el tribunal, Pelicot mira fijamente su teléfono, viendo fotos felices de sus nietos. Su coraje, escribe, viene del recuerdo del amor de su madre y de las mujeres que se reunían cada día fuera del juzgado para apoyarla. “Esa multitud me salvó”.

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Al final del libro, al avanzar “a mi propio ritmo”, llega a un lugar donde puede “lenta y dolorosamente” dejar ir a su marido. Es “un patético miserable”, escribe, pero no se dejará presionar para llegar a la conclusión de otros. “Sé que mi historia ha alimentado el disgusto hacia los hombres, pero a mí no me ha hecho eso”. Sus memorias terminan no solo desafiando a sus abusadores, sino también a quienes quieren torcer su historia hacia una conclusión más estridente. En su lugar, esto: conoce a un hombre, Jean-Loup, se enamora y se va a vivir con él. ¿Qué se puede decir sino *bravo*? “Persiste la sensación: el amor no está muerto.”