‘Un canto a la despreocupación’: por qué ‘El experto’ es mi película para sentirme bien

Es difícil ignorar el mensaje de una película cuando el personaje principal te habla directamente a través de la cámara. La primera vez que vi la comedia adolescente de 1986 *Ferris Bueller’s Day Off*, tenía la impresionable edad de 11 años y en mi casa repetían constantemente “mira a la gente a los ojos cuando te habla”. Así que mis ojos verdes se encontraron con los marrones de Ferris y lo absorbí todo.

La película, centrada en el papel juguetón de Matthew Broderick como Ferris Bueller, un estudiante de último año que finge estar enfermo para faltar a la escuela, es sin duda una celebración de lo despreocupado, aunque la historia no es para nada lenta. El día se vuelve frenético al hacer lo que no se debe hacer con la ayuda de un Ferrari rojo, y pasa volando comparado con los días ficticios de otras películas de adolescentes estadounidenses, como *American Graffiti* y *Dazed & Confused* – que, para ser justos, incluye una buena cantidad de marihuana.

El ritmo se debe al constante cambio de ubicación. Una vez que los padres que adoran a Ferris caen en su truco de las manos sudorosas (“lámete las palmas”), su día de libertad comienza de verdad. Con carisma y, sí, un poco de manipulación verbal, consigue sacar a su mejor amigo, Cameron Frye, y a su novia, Sloane Peterson, de los suburbios del North Shore de Chicago para recorrer las muchas atracciones de la ciudad, todo mientras escapa de las garras de una hermana celosa y un decano de estudiantes lleno de ira.

Estos antagonistas son meras personificaciones del statu quo – una seña del guionista y director John Hughes, que dedicó gran parte de su carrera a narrativas de crecimiento. A través de chistes, monólogos y el ocasional comentario devastador sobre crecer, los guiones de Hughes expresaban su desprecio por los adultos que enmascaran valores capitalistas con madurez – solo haz lo que te digan y sonríe. Para Hughes, los jóvenes veían el mundo con una claridad que merecía atención.

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Una creencia que subraya con una toma de Ferris, Sloane y Cameron, parados sobre unas barandillas mientras aprietan sus cabezas contra los ventanales del entonces edificio más alto del mundo, la Sears Tower (ahora Willis Tower). Mirando hacia abajo, Sloane comenta: “La ciudad se ve tan pacífica desde aquí arriba”. “Cualquier cosa es pacífica desde 1,353 pies”, reflexiona Ferris. Manejar la percepción es una fortaleza, una habilidad que este personaje titular posee.

La frase definitoria de la película, conocida como la línea final, también aparece al principio, cuando Ferris se prepara para su día libre: “La vida se mueve bastante rápido. Si no te paras a mirar a tu alrededor de vez en cuando, podrías perdértela”. Una lección que todavía intento comprender en la edad adulta – y sé que no soy el único. La mayoría de nosotros no nos besamos frente a vidrieras tanto como deberíamos.

Ferris Bueller rompiendo la cuarta pared, la línea es entregada a la audiencia, a mí con 11, 15, 21, 28 años – su significado se vuelve más significante con cada año que pasa. En esa primera visualización, me cautivó la idea de que uno podía ser extraordinario por disfrutar de las actividades ordinarias de la vida: visitar un monumento local, ir a un partido de béisbol, pasear por un museo; no hacía falta fuerza sobrehumana, un alto intelecto ni siquiera amar a la persona correcta. Con carisma y el conocimiento inherente de que cantar en un carro de desfile es algo que uno debe hacer si tiene la oportunidad, entonces, naturalmente, seguirá la adoración de “los deportistas, los moteros, los cerebritos, las zorras, los gángsters, los vagos, los pringados, los imbéciles”.

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Es cierto que Cameron es el personaje con el que más nos identificamos, cargado por padres indiferentes y los planes de Ferris. Muchos espectadores califican a Ferris de “psicópata” por su manera insensible de sacar a Cameron de la cama. Quizás hoy en día estamos muy inmersos en el lenguaje terapéutico, pero no tenemos amigos para que nos digan que somos perfectos, los tenemos para recordarnos lo que hay ahí fuera. Para desafiarnos cuando decimos que no hemos visto “nada bueno”, como hace Cameron. Vivir es roce hecho llevadero cuando no es un esfuerzo en solitario. Aunque Ferris debería haberse echo algo de responsable por el Ferrari destrozado; no es un héroe, ni siquiera para mí.

Hacer playback de *Danke Schoen* no cura mi cerebro lleno de ansiedad, ni canalizar a Ferris me hace impenetrable al desagrado – la unidimensionalidad es mejor dejarla para los personajes en una pantalla. Pero la película sí me da las herramientas para sentir. Me ayuda a entender mi camino. *Ferris Bueller’s Day Off* está ahí para mí cuando necesito que me recuerden quedarme quieto. Mirarla para parar de vez en cuando, y así no perdérmelo.

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