Caminando la delgada línea entre visitante y lugareño.
Créditos: Unai Huizi Photography / Shutterstock
Mudarse a España despierta una amplia gama de emociones, desde la euforia hasta la incertidumbre, y una de las grandes cuestiones para los recién llegados es si llegarán a sentirse verdaderamente como en casa. Para algunos, adaptarse a la vida española resulta natural, mientras que para otros el proceso es paulatino, supone un reto o incluso es optativo. Cuando preguntamos a nuestros lectores si consideraban haberse integrado con éxito en la cultura y sociedad españolas, sus respuestas pusieron de manifiesto la heterogeneidad de esta vivencia.
Para muchos, la clave reside en dominar el idioma y adoptar la cotidianidad. En palabras de Judith D Altavista: «Por supuesto que sí. Es sencillo: no vivas en una burbuja lingüística de ‘lo que sea’; no te establezcas en medio de un centro turístico. Instálate en un entorno auténtico y, cómo no, habla el idioma al menos hasta un nivel que te permita desenvolverte en tu día a día». Varios lectores describieron una inmersión total, a menudo cimentada en relaciones personales. Dennis Norton Maidana compartió: «Absolutamente. Casado con una española que no habla ni una palabra de inglés y todos mis amigos son españoles. Cambié de nacionalidad hace años y ahora tengo pasaporte español».
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Otros hicieron hincapié en el compromiso a largo plazo. Deb Horses afirmó: «Desde luego. Llevo aquí más de cincuenta años. De hecho, ¡cuento con la nacionalidad española desde hace décadas!». Christine Docherty también destacó el aspecto lingüístico de la integración: «Llevo cincuenta años viviendo en España, cerca de Barcelona. Hablo español con la misma soltura que el inglés… También hablo catalán… Llevo años completamente integrada en la sociedad española. No es difícil; solo hay que querer hacerlo».
Algunas respuestas adoptaron un tono más desenfadado o jocoso, como la de Michael Bath, quien bromeó: «Le he puesto empeño… ocho botellas de San Miguel, una de vino tinto, una siesta de cuatro horas y dejar todo para mañana». Para otros, persistían ciertas barreras. Stephen Cosgrove señaló que el esfuerzo debe ser mutuo: «Tenemos una relación muy cordial con nuestros vecinos españoles […] pero ellos no son de los que quieren profundizar más. En el baile de la integración se necesitan dos». Gloria Hammett añadió: «No, pero estoy en ello. La responsabilidad es mía».
Algunos se limitaron a responder «Sí», como Marian Morgan Visockis, Parnell, Antonio Reseco y Clare Embrey, mientras que Pilar Gomez ofreció un recordatorio lúcido: «La integración significa cosas distintas para cada persona… Una comunidad que funciona adecuadamente acepta de buen grado e incluso acoge un cierto grado de diferencia y diversidad».
En líneas generales, la mayoría de los encuestados se sentían integrados en algún grado, especialmente aquellos que habían abrazado el idioma, las costumbres locales y la vida comunitaria. No obstante, muchos coincidieron en que la integración es un proceso personal, multifacético y que dista de ser un camino único para todos.