De aún pervivir la costumbre, hacia mediados de marzo la gente se dirigiría a la plaza del Ayuntamiento de Palma —Plaça Cort— con el propósito de serrar a una anciana por la mitad. Para entonces, a dicha anciana ya le habrían amputado cuatro de sus siete piernas. Su destino, grosso modo, venía determinado por el punto medio de la Cuaresma.
Antoni Maria Alcover, sabio de la tradición folclórica mallorquina, lo explica: «La Jaia Serrada era una vieja hecha de papel, cartón o madera pintada. Delgada y harapienta, portaba un bacalao en una mano y un manojo de zanahorias en la otra. Tenía siete piernas y siete dientes. El primer día de Cuaresma, colgaban a esa anciana en la cocina o el comedor, y cada domingo le cortaban una de sus siete piernas hasta que, para el Sábado Santo, ya no le quedaba ninguna, desechándose entonces lo que quedaba de ella. Pero hacia la mitad de la Cuaresma ya realizaban una operación, de la cual deriva su nombre (serrada), y era el jueves de la cuarta semana cuando la anciana era bajada y serrada en dos, porque habia transcurrido la mitad de la Cuaresma».
Su nombre era Jaia Corema, la anciana de la Cuaresma. Su origen es un tanto misterioso, pero su función principal era servir de calendario. El padre de familia cortaba ceremonialmente cada pierna, para que la familia supiera en qué punto del período de abstinencia se encontraban. Existían distintas variedades de la Jaia. El bacalao era un elemento constante, pero también podía sostener una pequeña parrilla y un rosario.
La Jaia es solo una de las leyendas populares que rodean el Carnaval y el post-Carnaval en Mallorca. Su historia ha experimentado un resurgir. En Porreres, el cuarto domingo de Cuaresma, se celebra el juicio público de dos muñecos de paja, que luego son ejecutados por su mal comportamiento. Acto seguido, todos degustan unas cocas y vino. Puede que sea Cuaresma, pero esta no se observa de modo riguroso.
Claro está que, antaño, sí se tomaba la abstinencia muy en serio, pero lo que la precedía —el Carnaval— era cualquier cosa menos serio. El gran desfile carnavalesco, en Palma al menos, no apareció hasta los primeros años del siglo pasado, aunque ya existían desfiles con disfraces y máscaras con al menos dos siglos de antelación.
Todo se remonta al Papa Gregorio Magno a finales del siglo VI. Él concibió un período de ayuno previo a la Pascua para reflejar el ayuno de Cristo en el desierto. El Carnaval era, pues, un período de excesos antes de la Cuaresma. Pero el Papa Gregorio no fue, quizá de modo inadvertido, el originador del Carnaval como tal. Sus orígenes son paganos. Los excesos, el uso de máscaras, la burla a personajes importantes y la celebración del retorno del sol —todo ello hunde sus raíces en un pasado remoto y oscuro.
La Iglesia y el Estado no siempre se han sentido cómodos con el Carnaval. Franco, desde luego, lo prohibió. En Cádiz, donde el Carnaval siempre se ha celebrado con más fervor que en ningún otro lugar de España, hubo un evento especial en 2017 para conmemorar el octogésimo aniversario de la prohibición; sin duda celebrarán con fuerza el nonagésimo el año próximo. La represión de la dictadura franquista estuvo motivada, al menos en parte, por el temor a que el Carnaval pudiera usarse para mostrar disidencia. Y esta no fue la primera vez que el Estado mostró tal preocupación.
Carlos I en el siglo XVI decretó una prohibición. Esta se mantuvo durante décadas hasta que fue levantada por Felipe IV. Pero unos cien años después, durante el reinado de Carlos III, hubo otras vedas. En 1776 en Mallorca, el Marqués de Alós, capitán general y gobernador de Baleares, emitió una prohibición. Podían celebrarse fiestas, pero estas debían limitarse a amigos y familiares. No se permitían máscaras. El comportamiento debía ser modesto, y quien no cumpliera o fuera sorprendido en la calle después de las nueve de la noche se enfrentaba a una pena de cárcel. Todo ello fue consecuencia de la presión eclesiástica y del miedo a un levantamiento social.
Por tanto, el Carnaval es una celebración tanto sociopolítica como cultural. Se dice que se ha moldeado para adaptarse al turismo. Puede ser el caso en lugares como Tenerife, pero en Mallorca la dimensión turística es, en general, inexistente. Esencialmente, es un tiempo para divertirse, disfrazarse y realizar desfiles de carrozas. En cuanto a la Jaia Corema, su tradición recobra fuerza; perdura, incluso si ella no.