Rosalía: ‘Lux’ trasciende el pop católico épico para navegar un mundo en crisis y complejidad

Cuando empecé a escuchar *Lux*, ya estaba predispuesta a no gustarme. No porque dude del talento virtuoso de Rosalía o de su intensa curiosidad intelectual, sino porque la campaña promocional del álbum ya había hecho demasiado daño en mis nervios. El lanzamiento fue implacable: reels muy intensos en las redes, un misticismo muy de moda, incluso paralizando el centro de Madrid. Todo parecía diseñado para mandar el mensaje de que esto no era un simple disco, sino un evento global que exigía reverencia.

En la última década, Rosalía se ha convertido en la mayor exportación pop de España, y *Lux* parece inaugurar su fase imperial. El álbum debutó en el número 1 en cinco países, fue elegido el disco del año por el Guardian, rompió récords en Spotify, y alcanzó el número 4 en las listas de EE.UU. y Reino Unido, donde el pop no anglófono rara vez triunfa. Multilingüe y estilísticamente expansivo, *Lux* está saturado de iconografía católica, con letras en nada menos que 13 idiomas, y gira en torno a temas de trascendencia, sufrimiento y gracia.

Nada de esto es nuevo en la música pop, pero la atmósfera de lujo del álbum, y su presentación de la trascendencia espiritual como una experiencia premium, sienta mal durante una crisis del coste de vida. Especialmente cuando el Vaticano ha sido inusualmente directo últimamente en su crítica a la desigualdad, el exceso económico y las coartadas morales de la riqueza.

“¿Por qué hace *nun-core* ahora?” me quejé, viendo a Rosalía planchar su ropa en el vídeo del primer single, Berghain, flanqueada por un coro y una orquesta imponentes. Un revival de la estética nacionalcatólica (notablemente blanca) parece lo último que necesita el mundo, especialmente filtrada por alguien con el alcance de Rosalía. Su ascenso la ha convertido en una campaña de poder blando para la cultura española, la soberana indiscutible de la Marca España en el escenario pop global.

**Lux de Rosalía.** Fotografía: AP

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Y sin enbargo, cuando pasé tiempo con el disco, y la niebla de las relaciones públicas empezó a aclararse, se hizo obvio que *Lux* hace algo más interesante e inquietante que pop eclesiástico lujoso. Debajo de la grandilocuencia y el simbolismo pesado no hay un sermón, sino una investigación sobre lo que significa habitar un mundo de suposiciones que se deshacen.

La crisis hoy ya no es solo un momento temporal de excepción, sino una condición que lo abarca todo. Un punto que quedó claro en 2022 cuando el Diccionario Collins eligió “permacrisis” como su palabra del año. La vida diaria está saturada de urgencia moral, y nuestros valores están perpetuamente “bajo amenaza”. Catalogar plagas –genocidio, guerra, colapso climático, inflación, desplazamiento– ahora parece menos un diagnóstico y más una etiqueta de contenido para el todopoderoso algoritmo. Fue precisamente esta convergencia de incertidumbre y moralización lo que el sociólogo Ronald Inglehart estudió durante décadas. Argumentaba que la inseguridad existencial empuja a las sociedades hacia el autoritarismo: hacia el mantenimiento de jerarquías de poder tradicionales, la rigidez moral, la santurronería religiosa y el orden social patriarcal.

España no es una excepción. En la última década, una constelación de actores ultracconservadores ha pasado de los márgenes al centro de la vida pública, en gran parte mediante herramientas digitales. Estos grupos operan como “emprendedores morales”: políticamente astutos y muy movilizados, se presentan como defensores acosados de la vida, el orden y la verdad contra un mundo secular hostil. Cuando cargué por primera vez el vídeo de *Berghain* en YouTube, el anuncio que sonó antes fue de la conferencia episcopal española, titulado Tú también puedes ser santo – confirmando silenciosamente que la santidad también se entrega ahora algorítmicamente.

Estas fuerzas se alimentan de un ciclo español de *rage-bait* con escándalos de corrupción de alto nivel y politización judicial. La palabra de moda aquí (como en otros lugares) es “polarización”, pero la historia popular detrás es la de la guerra civil entre las dos Españas: roja contra negra, nacionales contra republicanos, Caín contra Abel. Rosalía, sin embargo, quiere elevar su mirada más allá de esta visión binaria y estudiar el todo en todas sus contradicciones.

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**Rosalía hace una aparición sorpresa para promocionar su álbum, Lux, en la Plaza del Callao en Madrid el 20 de octubre de 2025.** Fotografía: Juanjo Martin/EPA

*Lux* no abre con una declaración, sino con un deseo: vivir entre los dos (“Quién pudiera vivir entre los dos”), amando tanto a Dios como a los placeres hedónicos de la Tierra. No es para nada un accidente. Rosalía debe ser una de las pocas estrellas pop globales que realiza investigaciones académicas concienzudas antes de componer: de hecho, su innovador álbum de 2018 *El Mal Querer* fue también su tesis en la Escola Superior de Música de Catalunya, y recibió honores académicos. Ese intelectualismo continúa en *Lux*. Funcionando también como un archivo de místicas femeninas, cada canción se inspira en figuras como Santa Teresa de Ávila, Rabia al-Adawiyya, Sun Bu’er o Hildegard von Bingen – mujeres para quienes la devoción, la autoridad, el erotismo y la trascendencia nunca fueron cosas separadas.

*Lux* es emocionante en su negativa a establecerse. *Reliquia*, la segunda canción del álbum que viaja por el mundo, retuerce cuerdas vivaces y fragmentos vocales en formas irreconocibles antes de estallar en ritmos extáticos. Cuando Rosalía canta “No soy una santa, pero estoy blessed”, el verso cae con el golpe deliberado de la subversión herética: divinización sin ascensión. Esta es una de las “abominables herejías” por las que el filósofo del siglo XVII Baruch Spinoza fue excomulgado tanto del judaísmo como del catolicismo. Escribiendo bajo la larga sombra de la Inquisición que moldeó la conversión forzada y el exilio de su familia, propuso que Dios y la naturaleza son uno y lo mismo: que no hay jerarquía, no hay afuera – solo una única “sustancia” que se diferencia infinitamente.

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En sus momentos más convincentes, *Lux* proyecta sus densos temas religiosos sobre una paleta sónica maximalista, donde lo sagrado no se opone a lo profano, sino que está abarrotado de ello. En *Divinize*, Rosalía encuentra la liberación no a través del escape del cuerpo, sino a través de un enredo más profundo dentro de él. En *Porcelana*, la fragilidad, el miedo y la ferocidad impulsan una tensión en constante evolución. “Ego sum nihil/ego sum lux mundi” canta en latín, suavemente puntuado por unas palmas flamencas que hierven a fuego lento – una alquimia tan poderosa como cualquier cosa que haya escuchado este año.

Estos son los momentos en los que *Lux* cobra foco, cuando las dualidades fáciles se desarman gradualmente para revelar una multitud: no dos fuerzas opuestas en extremos de un espectro, sino innumerables fuerzas que cohabitan en tensión constante. Esto es evidente en las extensas notas y créditos de producción del álbum, donde el talento singular de Rosalía avanza a través de una colaboración cuidadosa.

No es un álbum perfecto: las piezas más tradicionales ocasionalmente caen en el exceso o lo precioso, y su evitación de la política puede parecer menos principista que aislada – en un momento en que proyectos reaccionarios e inquisitoriales ya no son marginales, sino que disfrutan de acceso directo al poder. Aún así, *Lux* apunta hacia algo más exigente que una simple resolución: en el coro de *La Yugular*, un amor que lo abarca todo crece hasta abolir el cielo y el infierno por igual. La canción termina con Rosalía colapsando la escala una y otra vez (“toda la galaxia cabe en una gota de saliva”), para revelar al yo como un sitio de inmensidad y compresión, donde la tensión de contener multitudes dentro de un solo cuerpo lleva su propia carga espiritual.