“¿Cómo se siente la libertad?”, pregunta la cantante Kesha en voz superpuesta al inicio de su espectaculo agotado en Madison Square Garden el miércoles por la noche. La estrella pop de 38 años acaba de abrir su show “Tits Out” con TiK ToK, el himno de fiesta un poco vulgar, despreocupado e inevitable que la catapultó a la fama en 2009, sosteniendo un modelo de su propia cabeza de esa época– rubia, con mirada perdida, distinguible como la artista conocida anteriormente como Ke$ha con una sola lágrima de purpurina. Desfiló la cabeza mientras atravesaba con valentía esa primera letra imborrable y ahora modificada– “despertarme en la mañana como ¡FUCK P Diddy!”– y la ostentación de no darle importancia a cepillarse los dientes con una botella de Jack (Daniels). Luego la coloca en un altar de copas vacías y velas y se inclina para una oración de “libertad de mi pasado”, cómo la “verdad te pondrá libre”.
Si todo esto parece mucho, de alguna manera caricaturesco y confuso, hedonismo extrañamente cruzado con santidad– bueno, esa es Kesha, una artista amada por los mileniales siempre en la frontera desordenada de la cultura, para bien y para mal. Una vez fue la joven de 22 años de Nashville que llegó en su Trans-Am dorado y llenó la década de 2010 con una ridícula serie de éxitos ferales y coloquiales, luego una advertencia detenida por un conflicto legal de casi una década con su antiguo productor, la artista nacida Kesha Rose Sebert finalmente ha asumido su papel como símbolo generacional en sus propios términos, mucho al deleite de un público leal en el Garden, que gritaba en cada mención de la palabra libertad– y hubo muchas– como si fuera una revelación.
Y lo fue– durante años, Kesha representó no solo el bombastismo, la desilusión y la depravación de una juventud afectada por el colapso financiero de 2008, con una actitud tan feroz e innegable que podía hacer que letras diabólicas como “no seas una perra con tu charla / solo muéstrame donde está tu pito” sonaran adorables, sino también el lado oscuro de la industria musical depredadora. En 2014, demandó para ser liberada de su contrato con el productor Łukasz “Dr Luke” Gottwald, quien la convenció de mudarse a Los Ángeles a los 17 años, por supuesta droga, agresión sexual y manipulación emocional; una prolongada batalla legal la obligó a seguir trabajando para él, su música aún siendo lanzada bajo su imprenta si no con su participación, hasta el año pasado. . (pronunciado Punto), su álbum lanzado este mes, es su primer trabajo verdaderamente independiente de Dr Luke.
Así que no puedes reprocharle a Kesha algunas palabras puntuales y grandiosas sobre la liberación, ni por remezclar la producción de algunos de sus éxitos más reconocibles– Blow, Die Young, Timber– en algo un poco más suave, más maduro, más suyo. “He tenido estas canciones quitadas de mí y quiero que me ayuden a recuperarlas esta noche”, proclama durante el Acto I de cuatro secciones poco definidas, antes de recorrer el escenario con un popurrí de temas de Animal y Warrior en un recordatorio impactante de cuán profundas son sus heridas. La coreografía puede ser estándar de pop (específica y sugestiva pero fría), la pista de fondo mantiene los números de baile más vigorosos, los momentos más conceptuales (una camisa de fuerza, bailarines en trajes de gato) son un poco demasiado elaborados, pero no importa. Como una declaración de legado– su desenfreno Auto-tune un claro antecedente del paisaje pop verde Brat de hoy– y como un acto de reclamación, la gira Tits Out es un triunfo.
También es extremadamente divertida, el agarre de Kesha sobre el pulso de un gran éxito tan apretado como su charla en el escenario es suelta y despreocupada. Como con el Mayhem Ball de su compañera pop durante la recesión Lady Gaga, las nuevas canciones de baile fluyen sin problemas con las viejas. Red Flag, una oda contundente a ser magnetizada por todas las razones equivocadas, se mezcla suavemente con la burla de animadora de Dinosaur. (“D-I-N-O-S-A, U-R un dinosaurio!” sigue siendo una de las letras más locas y estúpidamente pegajosas de Kesha). Delusional de Period se transforma tan fácilmente en los golpes de chica contra chica de Backstabber que pensé que era una sola canción. La nueva canción Attention! encuentra a Kesha en el estado de la moda que ella misma inició– provocadora, decidida, tambaleándose en lo molesto– directamente en una repetición enfermiza de “¡Soy una perra!” con un bajo de los 2010s tan pegajoso que básicamente deletrea LMFAO. Nadie podía quedarse quieto.
Excepto, brevemente, la misma Kesha, cuando se detuvo en múltiples ocasiones para celebrar su libertad con despedidas (“¡hey, mira cuánto dinero hiciste de mí!”) que se sentirían excesivas si no fueran tan arduamente ganadas. En un momento, cuando mencionó estar en “el año ocho de litigios” antes de la pista de amor propio The One., me quedé boquiabierta– su persona en el escenario es tan radiante, es fácil olvidar cuánto tiempo soportó.
Llevó el mensaje a las estrellas con un encore victorioso; una actuación perfecta de Praying, su balada #MeToo típicamente acertada fantasizando el reconocimiento de un perpetrador, su voz dulce y elevada, llevó a una ovación de pie de más de cinco minutos. Dejó fluir sus lágrimas; yo también derramé una lágrima, por un momento más crudo que cualquier cosa que he visto en un espectáculo pop en tiempos recientes. “Este amor no es solo para mí, es para cualquiera que sobrevivió a algo que nunca debió haber tenido que sobrevivir”, dijo. Y luego fue de vuelta al negocio, con canciones tempranas como Your Love Is My Drug y We R Who We R, y una última, perfecta y muy Kesha despedida: “¡Que tengan una buena noche!”, dijo con esa risa traviesa. “Y espero… que todos… tengan sexo.”