Presión tectónica oculta en España

Los científicos señalan que España podría estar absorbiendo silenciosamente la presión tectónica bajo la superficie.
Crédito: Asier Madarieta-Txurruka et al. 2026 Gondwana Research

España no se asienta sobre una falla dramática y claramente definida como California o Japón. Sin embargo, cada año se registran miles de pequeños temblores en todo el país, muchos en lugares sin grietas superficiales evidentes. Una nueva investigación geofísica sugiere que la respuesta podría radicar en cómo la Península Ibérica maneja el estrés tectónico bajo tierra.

Un estudio reciente revisado por pares, publicado en Gondwana Research, ha indagado en datos de geodesia satelital y registros sísmicos para explorar cómo se acumula tensión en el sur de Iberia y el Mediterráneo occidental. Los hallazgos dibujan una región que actúa menos como un bloque rígido y más como un sistema que absorbe presión de manera silenciosa en un área amplia y mecánicamente intrincada.

En el centro de todo esto hay una dinámica sencilla pero potente: las placas tectónicas africana y euroasiática se aproximan entre sí a unos 4-6 milímetros por año. Esa es, aproximadamente, la velocidad a la que crece una uña, pero a lo largo de siglos y milenios, ejerce una fuerza considerable sobre la corteza atrapada entre ambas.

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Un límite desordenado

En muchas partes del mundo, la convergencia de placas crea una zona de subducción clara: una placa se hunde bajo otra, formando profundas fosas oceánicas y cinturones sísmicos definidos. Pero en el Mediterráneo occidental, la división entre África y Eurasia es cualquier cosa menos ordenada.

Investigadores de la Universidad del País Vasco, basándose en datos sísmicos regionales, describen el límite como difuso. En lugar de concentrarse en una falla principal, la deformación se extiende por el sur de España, Portugal y partes del norte de Marruecos.

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Esta dispersión altera cómo se almacena y libera el estrés. En vez de acumularse a lo largo de una fractura clara, la presión se acumula gradualmente en diversas estructuras enterradas. Algunas partes de la corteza se comprimen, otras se flexionan, y en ciertas áreas el terreno puede desplazarse lateralmente en lugar de simplemente chocar.

Esto aclara por qué los terremotos en España parecen dispersos y por qué no todos los temblores se alinean claramente con las fallas cartografiadas.

El organismo oficial sísmico de España, el Instituto Geográfico Nacional (IGN), registra miles de sismos anuales. La mayoría son menores y pasan desapercibidos para la población. Pero su distribución apunta a una deformación regional amplia, más que a un único punto caliente de rupturas.

El enigma de Gibraltar-Alborán

Uno de los puntos más complejos es el entorno del Estrecho de Gibraltar y el Mar de Alborán. Esta zona es parte del Arco de Gibraltar, un cinturón montañoso curvo que une las cordilleras Béticas del sur de España con las montañas del Rif en Marruecos. Aquí, las fuerzas tectónicas no son puramente norte-sur; parte del empuje de la placa africana se desvía hacia el oeste, añadiendo un giro lateral a la tensión.

El resultado es una mezcla enmarañada de compresión, rotación y deslizamientos laterales.

Las redes de satélites GNSS, capaces de detectar movimientos de apenas unos milímetros al año, revelan una deformación sutil pero real en el sur de Iberia. A corto plazo, estos desplazamientos son imperceptibles. En escalas de tiempo geológicas, reconfiguran paisajes enteros.

Qué implica para el riesgo sísmico

Esta investigación no sugiere que España vaya a enfrentar terremotos masivos en un futuro inmediato, ni que la actividad sísmica esté aumentando repentinamente.

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Lo que sí significa es que los modelos de riesgo se están ajustando. Las evaluaciones tradicionales solían centrarse en las fallas conocidas. Los nuevos datos muestran que necesitamos incorporar esta deformación cortical más amplia para evaluaciones a largo plazo.

Esto es especialmente pertinente en el suroeste de Iberia, una región con historial de grandes seísmos. El terremoto de Lisboa de 1755, uno de los más potentes registrados en Europa, demostró cómo la energía acumulada en zonas costeras o a lo largo de límites difusos puede tener efectos de gran alcance.

Hoy, la tecnología de monitoreo está muy avanzada. España y Portugal operan densas redes sísmicas, aplican códigos de construcción más estrictos y comparten datos transfronterizos. Los mapas de peligrosidad modernos combinan información satelital, sensores terrestres y modelos computacionales, herramientas que nuestros ancestros solo podían imaginar.

Una península dinámica, no estática

La imagen general es más provocadora que alarmante. España y Portugal se encuentran en una zona de amortiguación entre dos placas que convergen lentamente. La península no se está fracturando a lo largo de una grieta espectacular; está absorbiendo y redistribuyendo la presión tectónica en una franja más amplia de lo que se pensaba.

En nuestra escala temporal humana, la tierra parece sólida e inmutable. En la escala planetaria, Iberia es parte de una configuración geodinámica vibrante, moldeada por fuerzas en juego durante millones de años.

Este nuevo estudio no alterará la vida cotidiana. Pero perfecciona cómo los expertos interpretan los mecanismos ocultos bajo nuestros pies, y cómo estiman dónde podría acumularse estrés silenciosamente en las décadas y siglos venideros.

Invisible para los lugareños, detectable por satélites y continuando al margen de la política o las fronteras, el lento tango entre África y Eurasia sigue remodelando el extremo suroeste de Europa, milímetro a milímetro.

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