Una fría mañana de abril en el Dique del Oeste de Palma. Un pequeño grupo se había congregado para recibir a Andrew Mountbatten Windsor, quien en 1993 comandó un dragaminas de la Royal Navy. Yo había llegado al muelle palmesano alrededor de las seis de la mañana y la larga espera había comenzado. Podía vérsele en el puente del dragaminas conforme éste entraba en Palma.
A pesar de que se había reunido una multitud con banderas unionistas, ni un solo saludo del hermano del Rey. De hecho, tan pronto como su navío atracó, desapareció. Esperé y aguardé a que reconociera al público, a que desembarcara o, siquiera, a que se le viera en cubierta. Pero nada. Se esfumó. Fue una espera interminable. Para las nueve de la noche, llamé a la redacción del Bulletin y me dijeron que regresara. Ni rastro del Príncipe en doce horas.
Decir que estaba decepcionado sería quedarse muy corto. No sé qué esperaba, pero desde luego no era esto. Al día siguiente nos llegó un soplo de que jugaría al golf en el campo de Santa Ponça. De vuelta al Dique del Oeste. Pero esta vez la espera fue breve. Al mediodía, Andrew por fin abandonó su buque. Ni una palabra al pasarme por al lado para subir a un coche y dirigirse a Santa Ponça.
Unas horas más tarde, estaba en el *club-house* del campo de golf, tomando una copa. Con determinación, entré en el establecimiento, pedí un café y me senté cerca de donde estaban él y su comitiva. Era el único que hablaba y sus amigos no parecían demasiado interesados en lo que decía.