Por Qué Marty Supreme Debe Ganar el Óscar a Mejor Película

Lo primero: el Óscar a mejor película debería ser para Marty Supreme por el trabajo increíble que ha hecho atrayendo nueva atención sobre el ping pong. Un deporte en declive que necesita subsidios, esta película ha mantenido al *wiff waff* vivo ella solita aunque ya a nadie le importe. Mis respetos.

Lo siguiente, una confesión. Vi esta película el día que se estrenó y no la he vuelto a ver desde entonces*. Ese día también fue mi cumpleaños, uno de los importantes, y no estaba del todo sobrio cuando entré al cine esa noche. Tengo recuerdos vagos de la parte central – la que está entre el colapso de la bañera y el avión a Japón. Tampoco me gustó mucho; me pareció poco relevante y un poco amoral y al instante decidí olvidar la letra de *4 Raws Remix* (un verso ejemplo: “mi vida es una ópera”) como resultado.

No creo que mis fallos personales deban debilitar el argumento para darle a esta película el premio que tanto quiere. Si hablamos de cine (no de campañas de marketing o merchandising, por muy cautivadores que sean), entonces Josh Safdie ha creado una película que captura algo del mundo en 2026. Aunque esté ambientada en los 50, *Marty Supreme* solo podía haberse hecho ahora. Si queremos celebrar arte que refleja el mundo en que vivimos, esta es la indicada.

50s New York … Tyler Okonma and Timothée Chalamet. Photograph: Everett Collection Inc/Alamy

Primero, tenemos al propio Marty Mauser. Un personaje que rebosa “autoconfianza inmerecida” (una descripción perfecta de Peter Debruge de Variety), Mauser ve el mundo solo en términos de lo que puede obtener de él. Aunque profesa una pasión absoluta por el tenis de mesa, raramente se concentra en ello. En cambio, salta de un posible momento de gratificación al siguiente, y Mauser persigue sus deseos sin reflexionar sobre cómo afectan a los demás. Obviamente, esto suena como el actual presidente de Estados Unidos, pero también es un poco todos nosotros, especialmente la versión de nosotros que se manifiesta en línea.

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La rapidez y frecuencia con que Mauser realiza sus movimientos bruscos crea un sentido de caos que recuerda a los grandes clásicos de Hollywood, comedias alocadas como *It Happened One Night* o *Sullivan’s Travels*. Pero es más rápida y frágil que eso, cada acto viene con su propia descarga de cortisol. La sensación de estar a punto de sufrir un infarto viendo una película es algo que Safdie y su hermano Benny perfeccionaron en sus dos obras maestras, *Good Time* y *Uncut Gems*. No es placentero, pero es un sentimiento real, intenso y, sinceramente, para mucha gente a veces recordará a la vida moderna.

‘Turns the familiar into its unsettling echo’ … director Josh Safdie. Photograph: Atsushi Nishijima

El ritmo y la caracterización no son lo único que hace que esta película sea agobiante. También es la estética. La Nueva York recreada de los 50 es una era que muchos espectadores creerán conocer, con trajes elegantes y bares baratos (igual que el Londres de los 50, con sus vibraciones austeras). Pero Safdie, especialmente al enfatizar el casting de no actores y personas con, ¿cómo decirlo?, fisionomías no convencionales para Hollywood, transforma lo familiar en su eco inquietante. Un efecto que solo se realza con la cinematografía del nominado Darius Khondji, que usa primeros planos intensos como otra forma de perturbar.

De nuevo les digo, la nostalgia con matices de pesadilla es algo en lo que nuestra cultura contemporánea está cada vez más inmersa. Igual, hay algo totalmente moderno en los elementos anacrónicos de la película. Ya sean canciones de Tears for Fears de fondo o Mauser y Tyler Okonma como Wally haciendo *ghost-riding the whip* (eso es salir del coche y bailar mientras sigue andando), hay una imposición cultural en este drama histórico; es *entonces*, pero potenciado por el *ahora*.

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En una entrevista reciente con el Guardian, Safdie dijo que tres períodos recientes –la América de posguerra, los 80 y hoy– representan distintas etapas de lo que él ve como el retroceso del sueño americano. Marty es la encarnación de este cambio: menos Holden Caulfield o Jim Stark, más Mr Beast o, bueno, Timothée Chalamet. No podemos evitar mirar el pasado con ojos contemporáneos, pero esto parece una imposición más fuerte y crea algo nuevo como resultado.

Toda esta desconexión se condensa en el momento final de la película (alerta de spoiler). Marty vuelve de su viaje a Japón justo a tiempo para ver a su hijo recién nacido en la maternidad, aunque no a la madre, a quien trató casi como una idea de último momento. Mientras está con la cara contra el vidrio, una lágrima aparece en su ojo. ¿Fue un último momento de redención, una comprensión por parte de Marty de lo que realmente importa? ¿O fue simplemente otra descarga de dopamina antes de pasar a lo siguiente? La tradición llevaría al espectador a lo primero, pero yo salí convencido de que era lo segundo. No me gustó ese sentimiento, pero esta película me lo hizo tener y eso, como seguramente ha dicho Chalamet en algún punto de su interminable gira promocional, es cine.

*¿Por qué no la volví a ver esta semana pasada? Porque estoy en una montaña informando sobre los Juegos Paralímpicos de Invierno.

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