Peter Mandelson afirma en una entrevista exclusiva en Mallorca que la política va “más allá de los intereses creados” y que “nada es gratis en la vida”

Una mañana de sábado de marzo de 2003, recibí una llamada de la Fundación Alternativa, un think tank con sede en Madrid vinculado al Partido Socialista, que por entonces se encontraba en la oposición en España. Estaban organizando una conferencia sobre «Cambio social y agenda política» en la Universidad de las Islas Baleares. El ponente principal era Peter Mandelson y querían saber si podría acercarme para una entrevista. «Solo dispondrás de unos quince minutos; es un tipo difícil», me advirtieron. Al final hablamos durante casi dos horas en una conversación de amplio espectro.

«Estoy aquí para compartirles el beneficio de nuestra experiencia, nuestro pensamiento y nuestro éxito electoral en el Reino Unido, e intentar trasladar esas lecciones a nuestro partido hermano en España», me explicó. Según continuaba, afirmó: «Existía una sed de progreso (en el Reino Unido), de avance personal y también del país en su conjunto, y ese fue el atractivo que el señor Blair supo crear y que, en mi opinión, hemos logrado sostener. Creo que la gente aún nos percibe como un partido moderno, relevante y con un atractivo nacional».

«Antes de asumir el gobierno, experimentamos una explosión de la delincuencia en Gran Bretaña; esta se duplicó durante la década previa a nuestra llegada al poder. Desde entonces, la tasa de aumento del crimen se ha ralentizado. En muchas áreas la criminalidad es menor, el número de policías es mayor y la detección de delitos ha mejorado, pero aún así la gente mira a su alrededor y siente una inseguridad física porque, a pesar de los avances logrados, la delincuencia sigue siendo demasiado extensa. Por ello, debemos seguir progresando. Tomemos el ejemplo del Servicio Nacional de Salud: al igual que el sistema educativo y otros servicios públicos, ahora estamos invirtiendo en hospitales, personal sanitario, tecnología y nuevas infraestructuras a una escala sin precedentes en toda su historia».

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«Nuestro programa de inversión en servicios públicos no tiene parangón en los años de la posguerra, pero sabíamos que no bastaría con simplemente inyectar más dinero. Era imprescindible que esos recursos fueran acompañados de modernización; los medios y las reformas tenían que ir de la mano. Eso requiere más tiempo. Lo estamos haciendo, pero si tomamos el caso del Servicio Nacional de Salud, jamás se duplicará su rendimiento como deseamos si lo mantenemos como un servicio monolítico, centralizado y organizado de forma vertical».

«Es necesaria una mayor descentralización y una gestión y prestación más localizadas para que, entre otras cosas, y al igual que ocurre con el resto de nuestros servicios públicos, estos se adapten mejor a las necesidades individuales. Ahora bien, estos cambios llevan tiempo, pero estoy convencido de que la dirección que seguimos en economía, servicios públicos y sistema educativo es la correcta y cuenta con el respaldo del país. Aún quedan decisiones difíciles por tomar; pongo como ejemplo la financiación de la *educación* superior».

«En un mundo ideal, todo el mundo desearía mantener el acceso a la educación superior mediante becas y tasas reducidas, pero me temo que, en el mundo actual, no existen los almuerzos gratis. Si vamos a mantener el nivel de nuestra educación superior, ampliar el acceso a quienes estén cualificados para cursarla y conservar el alcance, la amplitud y el calibre de la oferta universitaria, entonces debemos inyectar más fondos al sistema. Cuando llegamos al gobierno, existía un déficit de cuatro mil millones de libras en la financiación de nuestras instituciones de educación superior».

«La disyuntiva es la siguiente: o bien se reduce esa brecha diciendo que todo el mundo debe pagar el equivalente a 4 peniques sobre el tipo impositivo básico, o bien se establece que quienes se beneficien y se formen en la educación superior tienen la obligación de devolver algo al sistema en el futuro, cuando puedan permitírselo. Esa es una decisión compleja, y hay otras elecciones igualmente difíciles que tomar, pero no vamos a eludirlas. Tony Blair tiene un deber primordial: utilizar la inteligencia de que dispone, su conocimiento y su mejor criterio para hacer lo que considera necesario en aras del interés nacional británico. Y lo hará», concluyó.

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