El intenso drama de ping-pong de Josh Safdie, Marty Supreme, recorre la ambición, la vanidad, la humillación, el engaño, la gloria efímera, el fracaso aplastante y el atractivo eterno de un regreso de última hora. Todo esto lo reconozco de horas jugando al tenis de mesa en el parque local. Pero también lo reconozco de noches en el teatro; no tanto de las obras en sí, quizás, sino del escenario como crisol para las carreras de los involucrados. La subtrama de la película, sobre el problemático estreno de una obra de Broadway, se convierte en un paralelismo genial con la historia frenética de Marty. Y el estilo electrizante de Safdie encaja no solo con el mundo adrenalínico de un torneo, sino también con la sensación de salir al escenario. Me encantan las escenas de teatro en el cine, y las de Safdie son breves pero sin duda supremas.
A la mitad de la película, Marty Mauser (Timothée Chalamet) se cuela en el teatro Morosco de Nueva York. Ese es un teatro real, o lo era, hasta que fue demolido en los años 80. La película transcurre en 1952, el año en que se representó *The Deep Blue Sea* de Terence Rattigan en el Morosco, que pronto tendría un éxito con el estreno de *Cat on a Hot Tin Roof* de Tennessee Williams. Esas obras sobre matrimonios fracasados encuentran un reflejo en la historia de Kay Stone (Gwyneth Paltrow), una estrella de cine de los años 30 que ahora intenta un arriesgado regreso a la actuación en una obra sobrecargada financiada por su esposo, Milton Rockwell.
**Regreso arriesgado…** Gwyneth Paltrow como Kay Stone en *Marty Supreme*. Fotografía: Landmark Media/Alamy
Marty, tan interesado en seducir a Kay como en recaudar fondos para llegar al campeonato mundial de ping-pong en Japón, observa los ensayos desde el lateral del escenario. A Kay la han elegido para interpretar a una madre que discute con su hijo adolescente –aquí hay ecos de la relación de Marty con su propia madre– pero la escena no funciona y Kay critica la actuación de su compañero de reparto, Troy. “Es como ver a alguien masturbarse sin lubricante”, exclama en una versión del guion. Kay continúa quejándose: “No me dejaron actuar”, reconociendo que un gran teatro, no muy distinto al ping-pong, consiste en responder al compañero de juego en el momento con un pensamiento rapidísimo.
Ese ritmo de ida y vuelta convierte a los deportes individuales en su propio tipo de conversación. Viendo la escena, recordé lo que Christine Baranski me dijo el año pasado sobre interpretar los diálogos de Tom Stoppard: “Podías lanzar una frase con cierto grado de *efecto* y eso deleitaba al público”.
Kay, como intérprete veterana, tiene un detector de mentiras integrado y reconoce que el mismo Marty interpreta sin parar papeles para conseguir lo que quiere. Como le dice a su publicista, Marty quiere ser actor pero simplemente no es muy bueno para ello. La obra dentro de la película es clave para el interés de Safdie y su co-guionista Ronald Bronstein en la artificiosidad y la autenticidad. Marty puede ser tan falso como la bisutería que él cree que es real, pero la escena final lo muestra, por fin, en su momento de mayor honestidad emocional, tras sus diversas interpretaciones como embaucador, vendedor y deportista. Y demuestra ser un actor lo suficientemente bueno como para darle un consejo agudo a Troy sobre cómo manejar un cuchillo en la escena de ensayo: “Si vas a hacerlo falso, ¡al menos hazlo con algo de estilo!”
**Con conocimiento teatral…** Timothée Chalamet en *Marty Supreme*. Fotografía: A24/AP
Marty entiende un sentido más amplio de la teatralidad y el espectáculo, desde cómo servir material jugoso a la prensa (como el propio Chalamet) hasta qué golpes extravagantes pueden enardecer a una multitud. Sin embargo, es con horror que Marty reacciona inicialmente a la sugerencia de “amañar” un juego por dinero en el que él perdería, y es con desdén que reflexiona sobre convertirse en un número de vodevil con una rutina al estilo de los Harlem Globetrotters.
La película pasa del glamour deslumbrante del teatro y los grandes torneos en arenas a sus crudas realidades tras bambalinas. Finalmente, pasamos de los ensayos a la noche del estreno en el Morosco, que captura todos los altibajos de la película. El telón se alza con la sala llena, incluyendo a un Marty extasiado en la platea, pero horas después, mientras el champán fluye en la fiesta posterior, llegan noticias directas de una impresora del *New York Times*: la crítica es pésima.
Una de las inspiraciones de Safdie para la película fue la novela neoyorquina de 1941 *What Makes Sammy Run?* de Budd Schulberg, que tiene un ritmo similarly acelerado y cuyo antihéroe epónimo es un estafador tanto como Marty. Esa novela está narrada por un periodista teatral y es un crítico de teatro aquí quien le propina a Kay una derrota tan humillante como la de Marty a manos del triunfador Koto Endo –o a manos de Rockwell, cuando este le da una zurra vengativa con una raqueta.
**Recibiendo su notificación…** Gwyneth Paltrow. Fotografía: Everett Collection Inc/Alamy
Si la película trata principalmente del ímpetu de la juventud, encarnada por el implacable Marty –tan ansioso como todos esos espermatozoides de la secuencia de títulos–, también es consciente de los límites de la edad avanzada, particularmente para las actrices. Nunca llegamos a saber exactamente cómo han criticado a Kay en la película –aunque es fácil imaginar el tufillo misógino de la crítica masculina de los años 50–. Ciertamente, la escena siguiente, en la que ella y Marty son pillados *in fraganti* en Central Park, se presenta como una actuación con un público de dos (los policías) que se deleita en ponerla en su lugar después.
“Tomen sus asientos apestosos”, grita el personaje de Troy mientras lanza muebles al comienzo de la obra. No habrá muchas oportunidades más para que el público haga eso –una crítica feroz del *New York Times* será el toque de difuntos para el espectáculo y para la carrera teatral de Kay. Ella tiene más que perder que Marty y se retira derrotada. Para él, siempre habrá otra oportunidad. Para ella, se acabó el juego. Una verdad amarga de unos guionistas que saben lo que está en juego tanto en el escenario como en el deporte.