La BBC visita a los sobrevivientes coreanos de la bomba de Hiroshima

Hyojung Kim
BBC Coreano en Hapcheon

BBC/Hyojung Kim

Lee Jung-soon, de 88 años, es una de las muchas sobrevivientes de la bomba nuclear que ahora vive en Hapcheon, Corea del Sur.

El 6 de agosto de 1945, a las 08:15, mientras una bomba nuclear caía como una piedra sobre Hiroshima, Lee Jung-soon iba camino a la escuela primaria.

Ahora, con 88 años, mueve las manos como si quisiera alejar el recuerdo.

"Mi padre estaba a punto de salir al trabajo, pero de repente regresó corriendo y nos dijo que evacuáramos inmediatamente", recuerda. "Dicen que las calles estaban llenas de muertos, pero yo estaba tan impactada que solo recuerdo llorar. Lloré y lloré".

Las víctimas "se derritieron hasta que solo se veían sus ojos", dice la señora Lee, mientras una explosión equivalente a 15,000 toneladas de TNT envolvió una ciudad de 420,000 personas. Lo que quedó fueron cadáveres tan destrozados que no se podían identificar.

"La bomba atómica… es un arma aterradora".

Han pasado 80 años desde que Estados Unidos detonó ‘Little Boy’, la primera bomba atómica de la historia, sobre Hiroshima, matando al instante a unas 70,000 personas. Miles más morirían en los meses siguientes por radiación, quemaduras y deshidratación.

La devastación de Hiroshima y Nagasaki, que puso fin a la Segunda Guerra Mundial y al dominio imperial japonés en Asia, está bien documentada.

Menos conocido es que el 20% de las víctimas inmediatas eran coreanos.

Corea fue colonia japonesa durante 35 años cuando cayó la bomba. Unos 140,000 coreanos vivían en Hiroshima, muchos llevados como trabajadores forzados o huyendo de la explotación colonial.

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Los sobrevivientes y sus descendientes aún viven bajo la sombra de ese día, lidiando con enfermedades, dolor y una lucha por justicia que sigue sin resolverse.

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Hapcheon ha sido llamado "el Hiroshima de Corea" por la cantidad de sobrevivientes que viven allí.

"Nadie asume responsabilidad", dice Shim Jin-tae, de 83 años. "Ni el país que lanzó la bomba, ni el que no nos protegió. EE.UU. nunca se disculpó. Japón finge no saber. Corea tampoco ayuda. Todos se echan la culpa, y nosotros quedamos solos".

Para la señora Lee, el trauma no ha desaparecido: vive con cáncer de piel, Parkinson y angina. Pero lo peor es que el dolor no terminó con ella. Su hijo Ho-chang sufre insuficiencia renal y necesita diálisis.

"Creo que es por la radiación, pero ¿quién puede probarlo?", dice Ho-chang. "Es difícil verificarlo científicamente".

El Ministerio de Salud dijo a la BBC que está estudiando los efectos en las generaciones siguientes, pero solo reconocerá a víctimas de segunda y tercera generación si hay "resultados estadísticamente significativos".

El costo coreano

De los 140,000 coreanos en Hiroshima durante el bombardeo, muchos eran de Hapcheon, una zona pobre donde los cultivos eran confiscados y la gente huía a Japón por hambre.

Allí, los coreanos eran ciudadanos de segunda clase. Shim cuenta que su padre trabajó en una fábrica de municiones y su madre en cajas de madera para balas.

Después de la bomba, los coreanos tuvieron que limpiar los cadáveres. "Al final usaban palas para recoger los cuerpos y quemarlos", dice Shim.

Según estudios, la tasa de mortalidad coreana fue del 57,1%, mucho mayor que el promedio.

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Marginados en su tierra

Tras la guerra, unos 23,000 sobrevivientes regresaron a Corea, pero fueron rechazados. "La gente pensaba que teníamos enfermedades por las quemaduras", dice Shim.

El estigma los obligó a guardar silencio. "La supervivencia estaba antes que el orgullo", añade.

Con el tiempo, aparecieron enfermedes en sus hijos y nietos. Han Jeong-sun, de segunda generación, sufre necrosis en las caderas y su hijo nació con parálisis cerebral.

"Mis suegros me decían: ‘Diste a luz un hijo discapacitado y tú también lo eres, ¿viniste a arruinar nuestra familia?’", recuerda.

El gobierno coreano ignoró por décadas a estas víctimas. Recién en 2019 publicó un informe preliminar.

Paz sin disculpas

El 12 de julio, autoridades de Hiroshima visitaron Hapcheon por primera vez para honrar a las víctimas. Pero no hubo disculpas por el pasado colonial.

"Japón habla de paz, pero paz sin disculpas no significa nada", dice Junko Ichiba, activista japonesa.

Los libros de texto japoneses aún omiten a las víctimas coreanas. "Esta invisibilidad profundiza la injusticia", señala.

Para Shim, no se trata solo de compensación: "La memoria importa más. Si olvidamos, volverá a pasar. Y algún día no quedará nadie para contarlo".