Gorillaz: The Mountain – Reseña Un pico tardío en su carrera, perseguido por fantasmas y a la vez, radiante de vida.

Hace ya 25 años desde que Gorillaz lanzó su álbum debut epónimo. Un proyecto que cualquiera hubiera pensado que era un chiste de una sola vez por parte de una estrella del Britpop, en cambio, a durado un cuarto de siglo. Tiempo suficiente para que el concepto de "grupo virtual" de Damon Albarn y Jamie Hewlett parezca menos una broma sarcástica a costa del pop manufacturado y más algo extrañamente común: su último lanzamiento llega a un mundo donde bandas de K-pop animadas como Huntr/x y Saja Boys llevan colectivamente 100 semanas (y contando) en la lista de singles británica, donde la "vocaloid" de anime Hatsune Miku actúa en el O2 Arena y donde el célebre productor Timbaland ha lanzado una cantante generada por IA llamada Tata Taktumi. Mientras, la obra de Gorillaz se ha extendido a nueve álbumes, involucrando a unos 100 artistas invitados; son el hilo que conecta a Carly Simon con Shaun Ryder, a Skepta con Lou Reed y a Bad Bunny con Mark E. Smith.

Quizás era inevitable que gestionar tantos colaboradores eclécticos resultara un desafío, incluso para alguien con tanto talento como Damon Albarn. Los álbumes de Gorillaz raramente son concisos y son de calidad variable, por lo tanto, difíciles de recorrer. Los mejores son aquellos unificados por un concepto fuerte, como en el sombrío repaso del mundo post-11S en Demon Days o la sátira ecológica de Plastic Beach (2010).

Y así sucede con The Mountain, inspirado en partes iguales por una visita a la India y por las muertes de los padres de Albarn y Hewlett. Ambas cosas parecen reflejarse en la elección de invitados. Hay una multitud de artistas indios, desde la cantante de playback Asha Bhosle y la excéntrica diva del space-disco Asha Puthli, hasta una variedad de músicos tradicionales, incluyendo a Anoushka Shankar. Una sitar resuena y zumba regularmente (en The Plastic Guru, lo hace a dúo con la guitarra aguda de Johnny Marr), un tambura dronea y la bellísima melodía del tema de apertura se toca con una bansuri.

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Muchos nombres en la lista de invitados le hablan al oyente desde más allá de la tumba: Albarn ha vuelto a viejas grabaciones que hizo con el difunto Dennis Hopper, Bobby Womack, Mark E. Smith, Tony Allen y los raperos Proof de D12 y Trugoy the Dove de De La Soul. La muerte es parte de la tela sónica del álbum, o más específicamente, la sensación de que la gente sigue viva después de morir. No hay nada espeluznante o lacrimoso en cómo el verso invitado de Proof irrumpe en The Manifesto, o en cómo Mark E. Smith gruñe, arrastra las palabras y se ríe a través del enorme coro de Delirium. Sus voces suenan autoritarias y poderosas.

Podrías pensar que sabes qué esperar de un álbum de Damon Albarn marcado por la pérdida y el duelo. La melancolía es uno de sus modos característicos, expresado a través de esas melodías nostálgicas y descendentes que decoraban generosamente el último álbum de Blur, The Ballad of Darren. Esas ciertamente aparecen aquí —hay un ejemplo particularmente bello en The Empty Dream Machine— pero el ánimo general del álbum es extrañamente optimista: boogie post-disco con cuerdas cinematográficas exuberantes en The Moon Cave; la voz de Bhosle elevándose alegre sobre los sintetizadores metálicos de The Shadowy Light; el acid house árabe de Damascus.

Si a veces parece esforzarse demasiado en dar un giro positivo a las cosas —Orange County empalma la voz desconsolada de Albarn ("lo más duro es decir adiós a alguien que amas") con una melodía irritantemente alegre que se silba—, la luz y la sombra generalmente están perfectamente equilibradas. En The God of Lying, una voz ominosa de Joe Talbot (de Idles) se superpone a un respaldo de reggae caótico y alegremente cutre, con un efecto impactante. The Happy Dictator reconoce el atractivo superficial de que te protejan de las malas noticias —"¡El palacio de tu mente estará iluminado!"— mientras subraya que quienes quieren protegerte de ellas invariablemente tienen un motivo oscuro y ulterior. The Sweet Prince muestra a Albarn junto a la cama de hospital de su padre —"intentaba decirte te quiero, pero tú solo mirabas hacia otro lado"— pero la música ofrece una euforia contenida en un remolino nebuloso de arpa, sitar y electrónica, como si resaltara un tema que aparece una y otra vez en las letras del álbum, expresado de varias formas y en diferentes idiomas: "Vivir es el final del principio".

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Además, los temas parecen unir The Mountain. Se siente más consistente —más como un álbum, menos como una lista de reproducción hecha por alguien con un gusto impresionantemente amplio— que sus predecesores inmediatos: algo que es más probable que escuches de principio a fin que con el dedo listo para adelantar, buscando los mejores fragmentos. El resultado es un inesperado punto culminante en su carrera, un cuarto de siglo después.

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