Farage quiere que Reform sea el partido del futuro, pero ¿puede su nuevo equipo distanciarse del pasado conservador?

Nigel Farage sacó toda la artillería para deslumbrar al público cuando presentó su gabinete en espera: podios, luces, música y un toque de espectáculo que sus rivales difícilmente podrían igualar.

Pero persiste un problema que no logra eliminar por completo: las caras tras esos podios son políticos que se postularon por el partido conservador cuando fue rechazado claramente por el electorado hace más de 18 meses.

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Los tránsfugas conservadores Robert Jenrick y Suella Braverman, ambos miembros de gobiernos conservadores anteriores, asumirán el rol de canciller y secretaria de educación respectivamente si Reform gana las próximas elecciones generales.

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(De izquierda a derecha) Zia Yusuf de Reform, Robert Jenrick, Nigel Farage, Richard Tice y Suella Braverman. Foto: Reuters

Hubo momentos incómodos cuando Zia Yusuf, jefe de políticas de Reform y candidato del partido para secretario del interior, criticó duramente el historial de los conservadores en inmigración, todo esto estando flanqueado por el exministro de inmigración tory, Jenrick.

Incluso el propio Jenrick habló de que el país sufrió “décadas de mala gestión”, lo que provocó un levantamiento colectivo de cejas y la pregunta: “¿De quién es la culpa de eso?”

Esto es precisamente lo que argumentan los partidos de oposición: que a pesar del glamour y la impresión de futuro, Reform es un partido del pasado.

Caras pasadas, dramas pasados.

¿Cómo iba a funcionar el equipo principal de Farage cuando el codiciado puesto de canciller no se le entregó a su leal segundo, Richard Tice, sino al recién llegado Jenrick?

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Robert Jenrick y Nigel Farage. Foto: Reuters

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¿Y qué pasa con los diputados que fueron elegidos por los votantes de Reform, como Lee Anderson y Sarah Pochin, por ejemplo, que de momento se encuentran sin un cargo importante?

Y si Yusuf estuvo dispuesto a exponer el historial de los conservadores sobre inmigración en un podio público, ¿cómo podrían desarrollarse sus conversaciones con su ex colega tory en privado?

Fue esta tensión la que intenté abordar cuando le pregunté a Farage cómo se aseguraría de que la psicodrama que envolvió a los tories no plagase también a su partido.

Después de todo, algunos de los personajes claves son los mismos; un gabinete de egos, o como le gusta decir a la líder tory Kemi Badenoch, “reinas del drama”.

Braverman, despedida no una sino dos veces por Liz Truss y Rishi Sunak, y Jenrick, el hombre que Sunak instaló como ministro en el Ministerio del Interior aparentemente para vigilar a su impredecible secretaria del interior.

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La respuesta de Farage fue directa: “Si la gente hace tonterías, se porta mal o es desleal, no estarán aquí por mucho tiempo”.

“No vamos a tolerarlo”, añadió.

“No tenemos tiempo. No aspiramos a gobernar para pasar por la misma psicodrama que los conservadores durante más de cuatro años, donde pasaron más tiempo peleando entre ellos que luchando por el país”.

Esa advertencia quizás sea lo que diferencia a Farage de sus homólogos conservadores, y, a medida que incorpora a más tories, va a necesitar cuantos puntos de distinción sea posible.

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