Ciertamente, los términos “trauma” y “traumatizado” suelen emplearse de manera imprecisa en el lenguaje actual, con una presencia frecuente en conversaciones y redes sociales. No obstante, también existe una cantidad enorme de necesidad no atendida y pasada por alto en lo que respecta al tratamiento del trauma psicológico real y sus consecuencias.
El trauma puede ser escurridizo, en especial si se intenta definirlo con precisión. Puede imitar a otras afecciones y ocultarse en los lugares más insólitos: en una persona puede asemejarse a una depresión, en otra a ataques de ira, y en otra a una compulsión por comer en busca de cualquier ápice de consuelo que la comida pueda brindar.
El trauma infantil en particular —incluyendo el abuso físico y psicológico, el duelo y la exposición a eventos traumáticos— se ha asociado consistentemente con un mayor riesgo de padecer enfermedades físicas y psicológicas en la vida adulta. Incluso tras considerar factores sociales y de estilo de vida, se ha observado que afecciones tan dispares como la migraña, problemas respiratorios y trastornos digestivos son más comunes entre quienes experimentaron trauma infantil, así como condiciones psicológicas como la depresión y la ansiedad.
No se trata de un problema marginal. El trauma infantil afecta a una proporción sustancial de la población; un estudio ampliamente citado halló que algo más del 28% está afectado. Algunas investigaciones estiman que el 5% de los niños y adolescentes padecen TEPT diagnosticable en algún momento. Esa es una cantidad inmensa de personas cargando con el peso del miedo, la vergüenza y la incomprensión inherentes a estas situaciones.
Lo más frustrante de todo esto es que existen tratamientos eficaces. Ciertamente, requieren de clínicos cualificados, pero se ha demostrado que los tratamientos psicológicos para el trauma funcionan tan bien como muchos tratamientos físicos que proporcionamos sin mayor discusión.
La terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma (TF-CBT) y la terapia de desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares (EMDR) están basadas en la evidencia y son efectivas. Sin embargo, el acceso —especialmente para los niños y en situaciones de crisis— sigue siendo escaso, sobre todo en el sector público.
Un mundo sin trauma es inconcebible. Pero no debería ser irreal imaginar un mundo donde exista un tratamiento adecuado para el trauma, de la misma manera en que tratamos fracturas óseas e infecciones respiratorias.