Nick Thorpe
Corresponsal en Budapest
Reuters
“Existe una red en el mundo que se opone a la guerra, con dos centros: uno de poder dirigido por el presidente de Estados Unidos y uno de espíritu que se encuentra aquí con el Santo Padre”, declaró Viktor Orban la semana pasada tras reunirse con el Papa en el Vaticano.
“Obtenemos fuerza, motivación y bendición de ambos”, afirmó el primer ministro húngaro.
Si su aliado en la Casa Blanca, el presidente estadounidense Donald Trump, estaba en su mente, entonces bien pudieron dirigirse sus pensamientos hacia una complicada reunión que le espera el viernes en Washington.
El hombre a quien Trump ha llamado un “gran líder”, y que durante mucho tiempo ha generado admiración en los círculos Maga, de repente se encuentra en una posición inusual: en desacuerdo con el presidente de EE. UU. en un tema de crítica importancia.
El centro de esas conversaciones será la nueva presión de EE. UU. sobre Hungría y Eslovaquia para que dejen urgentemente su dependencia del petróleo ruso: la última jugada de Trump en sus esfuerzos por presionar a Rusia para que ponga fin a su guerra contra Ucrania.
Preguntado recientemente si Trump había ido demasiado lejos al imponer sanciones a las dos mayores compañías petroleras rusas, Orban respondió: “Desde un punto de vista húngaro, sí”.
Orban ha estado utilizando la gran dependencia de su país del petróleo y gas rusos para impulsar su propia agenda de varias formas.
Lo ha utilizado como un arma para atacar a Bruselas, como un medio para mantener sus buenas relaciones con Moscú y como una plataforma con la que espera ganar la reelección en Hungría el próximo abril. Ha prometido a los votadores “energía rusa barata”.
Entrará en estas elecciones presentándose como una mano segura en un mundo cada vez más incierto. Pero Orban va por detrás en la mayoría de las encuestas, después de que su gobierno se viera sacudido por el ascenso meteórico del líder del partido opositor Tisza, Peter Magyar.
Al primer ministro húngaro también le han enfadado los repetidos ataques con drones ucranianos este verano contra el oleoducto Druzhba, que interrumpieron brevemente el suministro a su país.
Altos funcionarios húngaros han estado insinuando durante meses que creen que la guerra en Ucrania podría terminar a finales de año: una afirmación aparentemente absurda, hasta que el mes pasado se conoció la noticia de una cumbre planeada en Budapest entre Trump y el presidente ruso Vladimir Putin.
Pero los planes cuidadosamente trazados de Orban comenzaron a desmoronarse el 21 de octubre, cuando la Casa Blanca anunció que la cumbre había sido cancelada.
El gobierno de Orban había estado trabajando en secreto en los planes de la cumple durante meses. Balázs Orban, el director político de Orban (sin parentesco), disfruta de relaciones cercanas con el vicepresidente de EE. UU., JD Vance, y se cree que jugó un papel importante.
Orban espera persuadir a Trump para que alivie la presión sobre Hungría al menos hasta las elecciones cuando se reúnan en Washington.
El gobierno húngaro parece contar con la idea de que Trump está aburrido de la guerra en Ucrania y quiere darle la espalda si no se llega pronto a un acuerdo.
Orban se ha opuesto firmemente al apoyo militar y financiero occidental a Ucrania y descarta la membresía de Ucrania en la OTAN y la UE. Retrata a Trump como un presidente pro-paz, haciendo caso omiso de lo que él ve como los belicistas de la UE.
El clímax de la cancelada cumbre en Budapest habría sido el momento en que él apareciera en el balcón del Convento de las Carmelitas en la Colina del Castillo, con vistas al Danubio, flanqueado por los presidentes Trump y Putin. ¿Cómo podrían los húngaros votar contra un líder tan exitoso internacionalmente?, podría haberse preguntado.
En Roma la semana pasada, pese a los desmentidos estadounidenses, Orban insistió en que la cumple aún se celebraría: era solo una cuestión de tiempo. Durante el fin de semana, el portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov, sugirió tranquilamente lo mismo.
Bajo presión de EE. UU., ¿seguirá Orban el ejemplo checo?
El mayor problema que envenena las relaciones entre EE. UU. y Hungría es el petróleo.
En 2024, Hungría incluso aumentó la cantidad de petróleo que recibe a través del oleoducto Druzhba (Amistad) desde Rusia. El 23 de octubre, justo cuando Orban se dirigía a un mitin de sus seguidores frente al Parlamento en Budapest, EE. UU. anunció sanciones contra las dos gigantescas compañías petroleras rusas, Lukoil y Rosneft.
Hungría recibió el 64% de su petróleo a través del oleoducto Amistad desde Rusia, vía Bielorrusia y Ucrania, en 2020. Para 2024, esa cifra era del 80%, o 5 millones de toneladas al año.
El gobierno húngaro argumenta que los oleoductos terrestres son la forma más barata de recibir petróleo y que, al no tener costa propia, no tiene alternativa. También se importan cantidades mucho menores desde Kazajistán, Croacia, Irak y Azerbaiyán.
Otro problema es que el crudo ruso Urals tiene un mayor contenido de azufre que el crudo Brent suministrado desde otros lugares. La principal refinería húngara en Szazhalombatta, gestionada por la gigante petrolera húngara MOL, y la refinería Slovnaft en Eslovaquia, también gestionada por MOL, están ambas configuradas para procesar principalmente crudo Urals, no Brent.
Dentro de la UE, Orban es ahora el líder con más tiempo en el cargo. Lejos de abandonar el bloque, quiere remodelarlo a su imagen y semejanza, como una unión de naciones soberanas. Por esto, también ha ganado elogios de Putin.
Pero el argumento de Hungría de que no puede cambiar se ve socavado por el ejemplo checo. Es un país con una población similar a la de Hungría y también sin salida al mar.
La República Checa tradicionalmente dependía en gran medida del crudo ruso para las ocho millones de toneladas de petróleo que necesita al año.
Comenzando a principios de 2022, tras la invasión rusa a gran escala de Ucrania, el gobierno checo del primer ministro Petr Fiala invirtió considerablemente en mejorar el oleoducto Transalpino existente hasta el puerto italiano de Trieste.
Al mismo tiempo, sus refinerías en Kralupy y Litvínov fueron adaptadas para el crudo Brent. En abril de 2025, las autoridades checas anunciaron con orgullo que ya no recibían ni una gota de petróleo ruso.
Los expertos en energía dicen que, mientras MOL, la gigante petrolera húngara, está cambiando silenciosamente su tecnología, lo que falta es una decisión política del gobierno para cambiar al oleoducto Adria desde el puerto croata de Omisalj.
También hay disputas entre la compañía croata Janaf y MOL sobre cuánto petróleo podría soportar el oleoducto.
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Orban se ha encontrado frecuentemente en desacuerdo con la UE y ha ganado elogios del presidente ruso Vladimir Putin.
Cuando se reúnan, Trump instará a Orban a mostrar algo de voluntad política para dejar su dependencia de los suministros rusos.
Pero Orban podría ver eso como una decisión difícil de explicar a los votantes húngaros. Después de argumentar durante años que Hungría no puede sobrevivir sin el petróleo y gas rusos, perdería credibilidad si resulta que sí puede.
Matt Whitaker, embajador de EE. UU. ante la OTAN, dijo en una entrevista con Fox News la semana pasada que Hungría aún “no ha tomado ningún paso activo” para terminar con su dependencia del petróleo ruso.
“Hay mucha planificación que nuestros amigos en Hungría tendrán que hacer”, dijo, y prometió ayuda estadounidense a Hungría y Croacia para lograrlo.
En línea recta, Omisalj está a solo 70 km de Trieste. El petróleo marítimo de Kazajistán, Libia, Azerbaiyán, EE. UU. e Irak también podría fluir pronto a través del oleoducto Adria hacia Hungría.
A pesar de las advertencias terribles de Orban sobre aumentos de precio, no hay datos, al menos hasta ahora, que sugieran que los consumidores checos tengan que pagar más.
No hay nada que le guste más a su viejo amigo Donald Trump que cerrar un trato.
Orban está a punto de descubrir lo persuasivo que puede llegar a ser el presidente estadounidense.