Dinastía: Los Murdoch – ¿A quién le importa qué multimillonario controle aún más billones?

“Para entender a los Murdoch, hay que comprender la serie de televisión *Succession*.” Esa es la broma del escritor del New York Times, Jim Rutenberg, a los pocos minutos de este documental de cuatro partes sobre el imperio de Rupert Murdoch y, específicamente, la batalla de sus hijos por el control cuando él muera.

Es un comienzo astuto. La serie de Jesse Armstrong sobre el magnate Logan Roy y sus hijos en guerra, que se cree está basada en los Murdoch, fue un éxito apasionante, y este documental rápidamente empieza a comparar a los hermanos mayores –la independiente Prudence del primer matrimonio, el obediente y favorito Lachlan, el “hijo problemático” James y la brillante pero ignorada Elisabeth (¡los pesados cromosomas X!)– con sus contrapartes en Succession. (Las dos hijas menores del tercer matrimonio no están en la carrera). Pero que no te engañen: a pesar de las cuerdas de suspenso y los motivos de piano desafinados, esto no es un drama ganador de Emmys. Más bien, es un repaso exhaustivo pero agotador de todo lo relacionado con Murdoch, donde las maniobras de los hermanos suelen ser la parte menos interesante. En el documental, como en la vida, ellos están a la sombra de su padre.

Con la notable ausencia de aportes de la familia, pero con el análisis astuto de periodistas expertos en Murdoch, material de archivo extenso y un breve cameo de Hugh Grant –que llama a Rupert “un verdadero peligro para las democracias liberales”–, vemos el ascenso de Murdoch a coloso mediático y creador de reyes políticos. Están sus rediseños “populistas y de derecha” del *News of the World* y el *New York Post*, el apoyo a Ronald Reagan –cuyas políticas de desregulación, una vez elegido, permitieron a Murdoch lanzar la cadena Fox– y el cambio de opinión de Murdoch cuando Trump, a quien según los informes llamó un “idiota de mierda”, parecía convertirse en un rey de su propia creación.

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Antiguos empleados del *News of the World* y *Fox News* nos llevan al corazón de la bestia durante sus respectivos escándalos de hackeo telefónico y acoso sexual, y hay historias condenatorias muy satisfactorias de los involucrados: el ex-reportero Paul McMullan recuerda a la editora Rebekah Brooks caminando por la oficina, tirando artículos a su paso mientras gritaba: “¡Esto es una mierda! ¡Esto es una mierda!”. También hay anécdotas más suaves pero igual de reveladoras: Rupert haciendo trampas en el Monopoly familiar; o sentado en el metro al inicio de su carrera, observando lo que leían las “chicas guapas”; o ignorando tan a menudo a sus hijos pequeños que James pensaba que su padre se estaba quedando sordo. También hay una afirmación asombrosa de que la segunda esposa de Rupert, madre de Lachlan, James y Elisabeth, atropelló y mató a una mujer con su coche –una historia de la que aparentemente no hay rastro.

Pero, según la premisa, esta atractiva historia resumida se intercala (de forma confusa y no cronológica) con las travesuras sucesorias grandes y pequeñas. La mayor es un plan secreto de Rupert y Lachlan para cambiar un fideicomiso familiar, anulando los derechos de voto igualitarios de los hermanos en el negocio tras la muerte de Rupert, dándole así el control a Lachlan. En esencia, el Proyecto Armonía Familiar, como lo llaman ellos (seguramente un guiño a la comedia negra de *Succession*; nadie está tan desquiciado), trata de mantener el negocio operando por los intereses de la política conservadora, e impedir que el más liberal James lo desvíe hacia la izquierda –una revelación que enfoca con crudeza las consecuencias muy reales y globales de esta pelea altamente personal. La demanda que sigue, mientras tanto, deja al descubierto la crueldad de Rupert: mientras su abogado interroga a James, Rupert le susurra preguntas en tiempo real. Preguntas como: “¿Has logrado algo por ti mismo alguna vez?” y “¿Por qué estabas demasiado ocupado para llamar a tu padre en su 90 cumpleaños?”.

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Mucho menos interesante es la interminable narración de los movimientos profesionales de Elisabeth, Lachlan y James (Prudence, aprendemos pronto, no tiene interés en dirigir el imperio). Es un catálogo deprimente de nepotismo –Lachlan dirige los periódicos de su padre en Queensland a los 22 años, por ejemplo– que los pone y los saca del puesto de “sucesor más probable” hasta la náusea, sin permitirnos conocer a las personas detrás de los ascensos. El uso de un juego de mesa animado, donde figuras de los hermanos caen en casillas como “Ve a trabajar para papá” o “Eres sujeto de una investigación, pierdes un turno”, no logra aumentar el interés. Lo que sí hace, sin embargo, es recordarnos una vez más quién tiene el control: si uno de los hermanos intenta salir del juego y hacerse por su cuenta, esa figura omnipotente les ofrece un nuevo trabajo o compra la empresa que fundaron, y los vuelve a poner en el tablero.

Al final, es esta falta de autonomía lo que hace que el giro de “*Succession* en la vida real” del programa sea difícil de vender. Es difícil preocuparse por qué billonario obtendrá el control de aún más billones, pero especialmente difícil cuando el resultado parece una conclusión inevitable (incluso si no seguiste la batalla en las noticias). Porque, en realidad, ¿con qué frecuencia **no** consigue Rupert Murdoch lo que quiere?

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