El ritual vespertino de la bondad. Crédito: lucky eyes / Shutterstock
Todas las noches, tras salir de mi despacho, adquirí una costumbre.
Al principio, era solo un pequeño desvío… inofensivo, incluso inocente.
Pero pronto me atrapó, hasta que caí en la cuenta: oficialmente, me había convertido en el padre de los gatos del callejón.
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Incluso después de una jornada de doce horas, la sola idea de ver a mi pequeña pandilla me devuelve a la vida. Es casi como quedar con amigos en el bar, solo que aquí yo soy el camarero. Y el que paga la cuenta. Patitas inteligentes.
Ya reconocen el sonido exacto de la puerta de la oficina —los clics, los minúsculos chirridos, cada movimiento.
En el instante en que lo oyen… salen disparados como misiles peludos. Sería adorable si no mediase una calle llena de coches entre nosotros.
Cada tarde mi corazón da volteretas mientras mi cabeza gira como la de un controlador aéreo nervioso: “Por favor… quedaos ahí. No corráis… hoy no. Que todos logren cruzar.”
Entonces aparecen como ninjas esponjosos —escondidos en los arbustos, bajo los coches, tras los contenedores… De repente, cabecitas y colas emergen de la nada.
Casi puedo oírles cuchichear: “Eh, chicos… ¡salid! ¡Que ha llegado el repartidor! ¡Daos prisa antes de que se enfríe la comida!”
Un segundo después, me rodean —saltando, maullando, enroscándose en mis piernas: “¿Dónde está la comida? ¿Y la cena?”
Y allí, en medio del caos, está Zorba —negro como la medianoche, con una oreja ligeramente crujiente por una aventura ya olvidada, sus ojos verdes como diminutos focos de esmeralda que observan a su banda como un general sabio y algo gruñón. Se mueve lento, deliberado. La autoridad no tiene prisa.
Marife, de ojos verdes e intrépida, se encarga de la seguridad.
Félix —clásico blanquinegro, receloso hasta del oxígeno— deja que Zorba o Marife prueben primero. Solo entonces se acerca, lanzándome una mirada de reojo como si pudiera envenenarles.
Comen con tal fruición que casi hago yo también la digestión. Uno de estos días, llevaré mis propios cubiertos.
Y es entonces cuando piensas, en silencio:
Al fin y al cabo, no ha sido un día tan malo.
El ritual vespertino de la bondad tiene su recompensa.
Ellos terminan. Yo me voy.
Hasta el día siguiente.
Continuará.