Noruega sopesa la necesidad de la energía nuclear.
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Durante décadas, la mera idea de la energía nuclear en Noruega era un tema políticamente inviable. Sin embargo, la nación se encuentra en una encrucijada histórica. Enfrentado a un déficit energético inminente y a una cuota de mercado del 98% de vehículos eléctricos, el gobierno noruego está considerando formalmente un regreso a la energía atómica.
Estudio de viabilidad en curso para la energía nuclear
Un comité estatal especializado, nombrado para evaluar la viabilidad de reactores comerciales, está ultimando un informe histórico que debe presentarse para abril. Este cambio de rumbo lo impulsa una realidad cruda: aunque los famosos fiordos noruegos proporcionan energía hidroeléctrica abundante, la demanda ahora supera la oferta. Nuevos datos indican que el consumo eléctrico aumenta seis veces más rápido que el desarrollo de nuevos proyectos de generación.
Contrariamente a la creencia popular, la presión no proviene únicamente de los millones de vehículos eléctricos en las carreteras noruegas. Aunque la transición al transporte eléctrico está casi completa, los verdaderos culpables de la “voracidad energética” son las emergentes industrias verdes. Los centros de datos masivos, las fábricas de baterías y la electrificación de las plataformas petrolíferas marinas están llevando la red nacional a sus límites.
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La energía nuclear se hace local
En respuesta, promotores privados como Norsk Kjernekraft han sorteado las vacilaciones del gobierno central asociándose directamente con autoridades locales. En regiones como Aure, Heim y Vardø, ya están en marcha evaluaciones oficiales de impacto para Pequeños Reactores Modulares (SMR). Estas “minicentrales” se perciben como un punto intermedio, pues ofrecen energía estable e independiente del clima sin la enorme huella territorial de los controvertidos parques eólicos.
El peso geopolítico de la decisión tambien aumenta. A finales de enero, el gobierno inició consultas con los países nórdicos vecinos sobre posibles ubicaciones de plantas, un movimiento que los analistas interpretan como una “señal potente” de intenciones. Aunque cualquier primer “vertido de hormigón” queda aún a años vista, la narrativa ha cambiado. Noruega ya no se pregunta si puede prescindir de la energía nuclear, sino con qué rapidez puede construirla para proteger su estatus de pionera en energía verde.