Cuatro Pinturas Equinas para el Año del Caballo de Fuego

Tras el Año de la Serpiente de Madera, el mundo dió la bienvenida al Año del Caballo de Fuego el 17 de febrero de 2026, una combinación rara que solo ocurre cada 60 años. En la tradición china, el caballo simboliza libertad, elegancia, resistencia, vitalidad y éxito. Al combinarse con el fuego, se dice que estas cualidades se intensifican. Existe incluso un dicho chino que dice: cuando llega el caballo, llega el éxito.

¿Qué mejor momento, entonces, para observar caballos en el arte? El caballo apareció en pinturas prehistóricas de cuevas como las de Lascaux, estimadas en unos 17.000 años de antigüedad, y desde entocnes apenas ha abandonado el lienzo. Al representar caballos, los artistas enfrentan uno de los grandes desafíos técnicos en la pintura: su anatomía es compleja, con potentes grupos musculares y estructuras óseas que cambian y se mueven con cada acción. Algunos pintores, como George Stubbs, se tomaron el desafío tan en serio que colgaron una sucesión de cadáveres de caballo del techo de un granero y, durante dieciocho meses, fueron quitando capa tras capa de tejido equino para comprender la anatomía subyacente.

Mientras entramos en esta nueva era del Caballo de Fuego, aquí hay cuatro excepcionales pinturas de caballos a las que volver:

Edgar Degas — La Carrera (Caballos de carreras delante de las tribunas), h. 1866–68

Una de las primeras pinturas de carreras de Degas, donde ya hace algo inesperado con el tema. Le interesaba más la silueta de los jinetes y sus monturas que la carrera en sí, y omitió deliberadamente detalles que permitirían identificar el lugar o los dueños, como los colores de las camisetas. La composición diagonal dirige la mirada hacia un único caballo inquieto al fondo, la única figura que sugiere lo que está por suceder.

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George Stubbs — Whistlejacket, h. 1762

Whistlejacket era un semental árabe castaño con un historial de éxitos en las carreras. Stubbs recibió el encargo del dueño del caballo, Charles Watson Wentworth, el segundo Marqués de Rockingham, de pintar un retrato a tamaño real una vez que el caballo se retiró de las carreras. Lo que lo hace extraordinario es la ausencia de todo lo demás, incluido el jinete y cualquier elemento accesorio. Fue revolucionario como obra que se centra únicamente en el caballo, desafiando la jerarquía de la pintura.

Rosa Bonheur — La feria de caballos, 1853

La pintura transmite peligro, mostrando a los cuidadores intentando controlar enormes caballos de tira mientras estos tiran contra sus ataduras o se encabritan para desmontar a sus jinetes. Con más de dos metros y medio de alto y casi cinco de ancho, su escala fue parte de lo que la convirtió en una sensación en el Salón de París de 1853.

Edvard Munch — Caballo al galope, 1910–12

Aquí, Munch compone una sensación de encierro y ansiedad a través de un pasaje estrecho lleno de gente y un caballo y jinete que se acercan, con el ojo abultado del caballo transmitiendo un terror claustrofóbico mientras las cinco figuras miran impotentes. El caballo llena el lienzo y parece avanzar hacia el espectador.

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