Ha sido uno de los inviernos más crudos que recuerdo en Mallorca, y el pésimo tiempo no habrá contribuido precisamente a fomentar el turismo invernal. Cierto es que, fuera de Palma, apenas hay hoteles abiertos —y por tanto, los complejos turísticos permanecen cerrados—, a pesar de lo que quieran hacer creer desde las altas esferas. Pero incluso en Palma, y seamos sinceros, cuando no luce el sol la isla resulta bastante monótona.
Incluso para el senderista, el ciclista o el golfista, hace falta ser muy resistente para aventurarse con el clima que ha tenido que soportar la isla. Están quienes destacan el atractivo cultural y gastronómico de Palma, incluso las compras, pero en comparación con otros destinos, es más bien limitado y puede llegar a ser costoso.
El otoño pasado estuve en Bilbao, donde una copa de vino en los bares y restaurantes del centro rondaba en promedio los 2,50 euros; en el centro de Palma sería muy difícil encontrarlo a ese precio. Si los patrones climáticos siguen cambiando, Mallorca tendrá que tomar cartas en el asunto. Si los veranos se vuelven más calurosos y los inviernos más lluviosos, la isla necesita un plan a largo plazo.
Debe reflexionar seriamente sobre qué lugar quiere ocupar en el mapa turístico mundial dentro de veinte años.
Considero que el turismo debería quitarse de las manos de los políticos para que los planes a largo plazo se mantengan sin alteraciones.