Crítica de ‘Avatar: Fuego y Ceniza’: El nuevo interés amoroso sobrenatural no logra salvar este gigantesco engendro tedioso

La franquicia cinematográfica del tamaño de un planeta, Avatar, sigue girando masivamente en el cosmos, pero sin afectar las mareas de ningún otro mundo. Quizás Avatar es el cosmos y su creador, James Cameron, es el nuevo L. Ron Hubbard; el profeta de un nuevo sistema de creencias con criaturas azules grandes y orejas puntiagudas que se mueven al hablar, ante las que algún día tendremos que inclinarnos. Y mientras el resto de la industria del cine a abandonado silenciosamente el 3D, los cines que muestran el nuevo y gigantesco desatino de tres horas de Cameron aún reparten las gafas 3D.

La primera película trataba de invasores humanos que buscaban explotar y colonizar a los extraños Na’vi azules por sus recursos, usando réplicas “avatar”. Uno de los pilotos, el cabo Jake Sully, se enamoró de Neytiri y se quedó como un Na’vi, enfureciendo a su oficial al mando, el coronel Miles Quaritch. Este murió en batalla, pero ahora resucitó como un avatar Na’vi, con una apariencia aterradora. En esta tercera entrega, los Na’vi enfrentan el elemento… fuego. Para la cuarta y quinta película, presumiblemente les tocará tierra y aire.

Así, los Na’vi entran en contacto con una nueva líder: Varang, interpretada por Oona Chaplin, quien aporta un interés sexual casi místico. Ella lidera el clan Mangkwan, que vive en un volcán y cree que la supervivencia solo se logra mediante la dominación. Quaritch se alía con ella para dividir a los Na’vi y vengarse de Jake, a quien no perdona su traición. La película deja claro que tienen relaciones, provocando una mezcla de asombro y desagrado.

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Como siempre, el aspecto visual es impresionante pero extraño. Se usaron billones de píxeles para crear este mundo digital hiperdetallado. Para mí, se ve como un documental “making of” proyectado en los acantilados de Dover. Los rostros humanos comunes parecen fuera de lugar, como si estuvieran fotoshopados. Edie Falco interpreta de nuevo a la general, con una expresión constante de fastidio. Jemaine Clement tiene un cameo que, curiosamente, humaniza la película.

Nos dirigimos a otra lucha épica entre los Na’vi y los invasores humanos “pieles rosas”, que se resolverá, como siempre, con la ayuda de criaturas marinas gigantes. Hay algunos momentos dramáticos que evitan que este tercer Avatar sea tan insípido como el segundo: una crisis tipo Abraham e Isaac y un enfrentamiento al estilo Holmes y Moriarty. Pero el público podría encontrar las decisiones de Quaritch un poco excéntricas, y el inicio de la cuarta película se verá entorpecido por una explicación larga y forzada sobre su destino. Avatar sigue siendo gigantescamente poco interesante e inmune a la crítica: un vasto edificio vacío que repele cualquier objeción.

Avatar: Fuego y Ceniza se estrena el 18 de diciembre en Australia y el 19 en Reino Unido y Estados Unidos.