Cómo nuestra mente da forma a nuestros medicamentos

Uno de los fenómenos más fascinantes – y frustrantes – en el ámbito de la medicina es algo que la mayoría desconoce: el efecto nocebo. Todos estamos al tanto del efecto placebo, cuando la creencia en un tratamiento contribuye a una mejoría. El efecto nocebo es su gemelo más sombrío. Ocurre cuando las expectativas negativas sobre un fármaco incrementan la propensión a experimentar efectos secundarios. En términos sencillos: si esperas perjuicio, es más probable que lo percibas.

Esto no es imaginario, y desde luego no se trata de síntomas ‘inventados’. La investigación evidencia que los participantes en los grupos de placebo de ensayos clínicos a menudo reportan los mismos efectos adversos que quienes toman el principio activo, simplemente porque se les advirtió que podrían manifestarse. Otros estudios han demostrado que la mera expectativa puede influir en las vías del dolor e incluso alterar la señalización neuroquímica cerebral. En otras palabras, lo que anticipamos puede moldear nuestra experiencia física.

Uno de los ejemplos modernos más ilustrativos concierne a los medicamentos (salvavidas) para el colesterol conocidos como estatinas. En un ensayo con pacientes que creían ser intolerantes a estos fármacos, se les administraron meses alternos de placebo y estatinas reales, registrándose sus niveles de efectos secundarios. Resulta fascinante que la incidencia de efectos adversos fue prácticamente idéntica durante los meses de estatina y de placebo. Aproximadamente el 90% de los síntomas atribuidos a las estatinas se reprodujeron con el placebo, y la mitad de los participantes pudieron reiniciar el tratamiento tras conocer los datos.

Como médico, esto me resulta tan convincente como desafiante. Tenemos el deber de informar a los pacientes sobre los riesgos, pero cada vez me pregunto más si la forma en que presentamos dichos riesgos a veces causa perjuicio. Cuando entregamos un folleto que enumera decenas de efectos secundarios potenciales sin contexto ni probabilidad – sin mencionar cómo se presenta el riesgo en línea – podríamos estar reduciendo las posibilidades de éxito de nuestros pacientes con ese medicamento concreto.

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Nada de esto implica que los fármacos sean inocuos. Los efectos secundarios son reales, pero también lo es el poder de la expectativa. Quizá la solución no esté en decir menos, sino en comunicar mejor: contextualizando el riesgo de forma proporcional, explicando la probabilidad con claridad y reconociendo la existencia del efecto nocebo, porque en ocasiones, la manera en que hablamos del tratamiento se convierte en parte del tratamiento mismo.

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