¿Cómo el anarquismo condujo a encantar a este pueblo de Casas Viejas para que cambiara su nombre a ‘Benalup’?, pregunta MICHAEL COY

IMAGINE que conduces desde Madrid o Marbella hacia Cádiz para pasar unas vacaciones, y decides abandonar la carretera principal para recorrer algunos de los encantadores pueblecitos de la provincia.

A medio camino entre la evocadora Alcalá de los Gazules y Vejer de la Frontera, llegarás a un pueblo de nombre más sencillo: Benalup.

Otro hermoso pueblo blanco más, rodeado de montañas bajo ese famoso y perfecto cielo azul cobalto. Da la impresión de que esta pequeña joya de la España antigua lleva aquí desde siempre.

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Y así es. Hasta los romanos habitaron este lugar.

Pero no siempre se llamó ‘Benalup’. En realidad era Casas Viejas, pero se convirtió en uno de los pocos asentamientos de Europa que cambió su nombre para intentar borrar un terrible suceso allí ocurrido.

Hemos de retroceder un siglo, cuando Cádiz era conocida como un semillero de socialismo y comunismo, algo lógico dado que la mayoría de los residentes vivían al día, principalmente como jornaleros.

Pero había decenas de miles de personas que fueron aún más allá hacia la izquierda, convirtiéndose en anarquistas.

Si acaso usamos la palabra hoy día, nos referimos, en términos generales, a personas que no aceptan la sociedad organizada.

En el periodo de entreguerras, los anarquistas eran seguidores del revolucionario ruso Mijaíl Bakunin y mantenían un conjunto específico de creencias, basadas en gran medida en el pensamiento local y en que un día todos serían iguales.

Los jornaleros llevaban sin duda una vida mísera. Eran trabajadores del campo sin tierras propias que se congregaban al amanecer frente a la casa del terrateniente local, con la esperanza de que les diera trabajo para el día y poder ganar así unas pocas pesetas.

De unos 20 hombres desesperados, a veces solo contrataban a tres o cuatro, salvo en la época anual de la cosecha.

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Esto significaba que muchos solo trabajaban durante breves periodos del año y, en la práctica, pasaban hambre, dependiendo de la caridad de sus vecinos y familia para sobrevivir.

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Los motivos para rechazar a un hombre solían reducirse a animadversión personal (patrones y trabajadores se conocían bien, y los rencores solían arrastrarse durante años).

La filosofía anarquista pedía un cambio en este *statu quo*. Exigía la abolición de la propiedad: las comunidades debían ser pequeñas, cultivar sus propios alimentos y compartirlos equitativamente.

Sin patronos, sin sistemas humillantes de contratación y despido.

Es fácil comprender por qué el anarquismo, impulsado por el sindicato CNT, se convirtió en una ‘religión’ tan atractiva para muchos jornaleros.

Casas Viejas –como se llamaba Benalup– era uno de los pueblos donde el anarquismo comenzaba a arraigar con rapidez.

Aquí entra en escena Francisco Cruz, más conocido como ‘Seisdedos’, la personalidad dominante entre los anarquistas del pueblo (no su líder –los anarquistas no tienen líderes–).

Intentó organizar a los trabajadores en grupos y reclamar pacíficamente cambios.

Y a Seisdedos y sus seguidores les pareció que el cambio llegaba, y rápido, cuando en enero de 1933 el movimiento anarquista, con base en Barcelona, llamó a la revolución en España.

Estaba prevista para el 10 de enero de 1933, fecha en la que los vecinos de Casas Viejas aguardaron ansiosos noticias desde Jerez de que la revolución había comenzado.

La famosa ciudad del jerez, a 56 kilómetros de distancia, también era un hervidero anarquista, y se esperaba que llegase de algún modo un mensaje dando inicio al alzamiento, en coordinación con Barcelona y Madrid.

Los planes estaban listos.

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Seisdedos y sus hombres cargarían sus escopetas y cavarían trincheras en los dos caminos de entrada al pueblo. Esto dificultaría la entrada de vehículos grandes, pues el mayor temor de los anarquistas era el despliegue de un escuadrón de la Guardia Civil armada.

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Pero para la mañana del 11 de enero, no había llegado ninguna noticia. Y no era de extrañar, pues ningún campesino podía permitirse un teléfono, ni siquiera una radio.

¿Llegaría acaso un mensajero a caballo al pueblo para anunciar la Revolución? Parecía que no.

Los aspirantes a derrocar el capitalismo estaban nerviosos, porque Casas Viejas contaba con su propio cuartel de la Guardia Civil –aunque solo con cuatro agentes– y habría que hacer algo para neutralizarlo.

Los vecinos discutieron la situación y supusieron que la revolución había ocurrido y que más les valía actuar a nivel local.

Seisdedos y los hombres marcharon al cuartel de la Guardia Civil y ordenaron a los ocupantes que se rindieran. La Guardia Civil se negó. Se produjo una tensa confrontación, pero a las 14:00 –nadie sabe bien por qué– los anarquistas comenzaron a disparar y dos policías murieron.

Pronto se supo que, en realidad, la revolución se había pospuesto para una fecha posterior y, en cuestión de días, una columna de tropas de la Guardia Civil llegó desde la cercana Medina Sidonia.

Ahora eran los anarquistas quienes se encontraban sitiados. Se retiraron a la choza de Seisdedos en las afueras del pueblo.

Lo que siguió fue una masacre indiscriminada.

La Guardia Civil prendió fuego a la casa de Seisdedos y todos los que estaban dentro murieron, incluidas mujeres y niños.

En la ‘operación de limpieza’ del día siguiente, varios vecinos –algunos ni siquiera anarquistas– fueron ejecutados sumariamente.

Fue una espantosa masacre que acaparó titulares en todo el país y el mundo.

Las consecuencias de la masacre

No es exagerado afirmar que la Guerra Civil, que estalló tres años después, fue en parte consecuencia de Casas Viejas.

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Los dos bandos –derecha e izquierda– permitieron que la emoción y el resentimiento sustituyeran a la tolerancia y la razón. 26 personas (incluidas mujeres y un niño) murieron en el incidente.

Tras la masacre de 1933, el recuerdo de la tragedia de Casas Viejas sobrevoló con peso la comunidad, impulsando entre los residentes y las autoridades locales el deseo de romper con un pasado doloroso.

El cambio oficial se produjo en 1998, cuando el ayuntamiento, tras años de debate y peticiones de vecinos que buscaban un nuevo comienzo y una identidad menos estigmatizada, decidió formalmente renombrar la localidad como Benalup.

El nombre completo pasó a ser Benalup-Casas Viejas, reconociendo así su historia pero priorizando el nuevo nombre, menos cargado –‘Benalup’ deriva del nombre de un antiguo asentamiento árabe, ‘Ben-al-Lup’–.

Al conservar la segunda parte del nombre, se aseguró de que nadie en la localidad olvidase lo sucedido.

¿Cómo se recuerda la masacre hoy?

Hoy día, los sucesos de enero de 1933 se recuerdan principalmente a través de memoriales locales y documentación histórica.

El nombre oficial, Benalup-Casas Viejas, sirve en sí mismo como un recordatorio constante, asegurando que el pasado no sea borrado por completo.

El paso más significativo fue la creación del Centro de Interpretación de la Masacre de Casas Viejas.

Fue construido cerca de la casa donde fueron asesinados Seisdedos y su familia.

Se trata de un museo interesante que ofrece un ‘espacio neutro y educativo para comprender el contexto sociopolítico de España en 1933’, detallando la secuencia de eventos durante el alzamiento de tres días y la posterior masacre. Los visitantes podrán contemplar una variedad de fotografías, documentos, testimonios y ayudas visuales que relatan la historia de los jornaleros, el auge del anarquismo y la brutal represión de la Guardia Civil.

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