Muy pocas personas alcanzan la fama tan tarde y de una manera tan brutal como le sucedió a Cecilia Giménez en el verano de 2012. La artista amateur española ya tenía 81 años cuando su intento de restaurar un fresco decente, aunque no extraordinario, del Cristo azotado le dio una fama que casi la destruye.
Casi de la noche a la mañana, Giménez, quien falleció el lunes a los 94 años, perdió su vida tranquila en el pueblo de Borja, en el noreste de España. Fue convertida en la creadora, bienintencionada pero sin saberlo, de lo que el mundo angloparlante conocería como el “Monkey Christ”. En España, este fenómeno de internet fue llamado “Ecce Mono”, un juego de palabras con el título original en latín de la pintura, “Ecce Homo”.
Durante semanas, meses e incluso años, las imágenes comparadas del original de Elías García Martínez y la restauración sin terminar de Giménez se hicieron virales en todo el mundo. Se convirtieron en un símbolo de los esfuerzos fallidos y los resultados desastrosos.
Sin embargo, lo que pasó ese verano en el Santuario de Misericordia de Borja tuvo más matices de lo que sugirieron las primeras noticias. Giménez, quien se casó en esa iglesia, ya llevaba dos décadas cuidando el fresco, tratando de protegerlo del daño del tiempo y la humedad. Además, solo estaba a la mitad de su restauración y se había ido de vacaciones por dos semanas cuando comenzó a esparcirse la noticia del “Monkey Christ”.
“Los periodistas le contaron al mundo la historia de la anciana que no sabía pintar y había arruinado una obra de arte”, dijo Giménez al Guardian en 2015. “Eso no es cierto. Es verdad que no he hecho muchos retratos. Pero si no hubiera sido por mí, la pintura probablemente habría desaparecido hace mucho tiempo”.
Para entonces, el daño ya estaba hecho. Estresada y avergonzada, perdió mucho peso preocupada por las consecuencias de sus acciones bienintencionadas y la burla que trajeron sobre su pueblo.
Pero poco a poco, ocurrió un pequeño milagro. La gente de Borja se unió alrededor de Giménez, congregándose frente a su casa para aplaudirla, y el pueblo se convirtió en un destino turístico popular, aunque improbable. Hoy en día, el Santuario de Misericordia alberga un museo muy visitado que celebra la fama de la iglesia y una tienda igualmente concurrida que vende todo tipo de productos del “Monkey Christ”. Desde botellas de vino hasta peluches y camisetas, la imagen familiar y extrañamente benévola de la obra de Giménez mira a los visitantes desde los estantes.
Los cientos de miles de peregrinos que han llegado a Borja en los últimos años le han traído fama —y una cantidad considerable de dinero— al pueblo. Ese dinero no solo paga los salarios de los dos cuidadores del museo-santuario; también cubre los costos de la residencia de ancianos para personas locales que de otra manera no podrían vivir allí. Entre los residentes estaban la propia Giménez y su hijo superviviente, que tiene parálisis cerebral. Luego, en 2023, se estrenó en Las Vegas una cariñosa ópera cómica llamada “Behold the Man”, que celebraba a Giménez y su increíble impacto en Borja.
Cuando me reuní con Giménez en Borja en el invierno de 2018, su memoria comenzaba a fallar, así que su sobrina, Marisa Ibáñez, estuvo presente en la entrevista. Para entonces, Giménez, quien llevaba un bolso grande lleno de recortes de prensa, había hecho las paces con lo que le había sucedido y me dijo que lo volvería a hacer todo.
“Se hizo con buenas intenciones y, a pesar de lo que pasó, ha sido algo bueno para Borja”, dijo. “Ahora gente de todo el mundo visita el santuario. Esa es la mejor medicina. Solía llorar mucho por todo esto, pero ya no lloro porque veo cuánto me quieren”.
Cuando pienso en Giménez, a quien enterraron el martes por la tarde, me acuerdo de “El Santo”, un cuento de Gabriel García Márquez. Narra la historia de un hombre que pasa años en Roma, esperando persuadir al Vaticano de que el cuerpo milagrosamente ingrávido y perfectamente conservado de su hija es prueba de su candidatura para la canonización. Solo al final del cuento se hace claro que es el padre, a través de sus largos años de devoción paciente a la causa de su hija, el verdadero santo.
Y así fue con la anciana y devota mujer de Borja. Estabamos todos demasiado ocupados riéndonos del *meme* para ver que la restauración inconclusa nunca fue la verdadera historia — la restauradora lo era.
En sus muchos años de devoción silenciosa y en la dignidad con la que soportó tanto, Giménez fue un raro destello de gracia y humildad en un mundo cada vez más oscuro y cruel. Eso —y no el “Monkey Christ”— fue la obra de su vida y su legado.
Al final, la demencia de Giménez resultó inesperadamente misericordiosa, devorando los recuerdos amargos y dolorosos de su humillación y dejándole solo las memorias positivas. Ella había, según me contó Ibáñez, “convertido todo en una historia bonita”.
Los titulares de las últimas 24 horas han hablado de “la mujer que inmortalizó el Ecce Homo” y “la mujer que convirtió el Ecce Homo de Borja en una atracción global”. Pero como señaló su sobrina cuando hablamos hace un par de años, a Cecilia Giménez se la puede resumir en una sola palabra: “Puedes buscar muchos adjetivos para describirla, pero creo que el que mejor la describe es ‘buena’. Es una palabra que se usa tan a la ligera que no nos damos cuenta de lo que significa”.