Como alguien que creció fascinado con los dinosaurios en los años 90 y principios de los 2000, los documentales de naturaleza sobre la vida prehistórica fueron una parte integral de mi infancia. Ni siquiera podría contar cuántas veces vi la famosa serie de la BBC Caminando entre dinosaurios (1999) o Cuando los dinosaurios recorrian América (2001) de Pierre de Lespinois. Ambas me encantaron al mostrar criaturas generadas por computadora (y a veces hechas a mano) en localizaciones reales, como si un equipo de filmación hubiese viajado al pasado. Con los años me fui alejando del género por varias razones: cambios de interés, programas con narraciones molestas (como Planeta Dinosaurio, narrado por un Christian Slater demasiado exagerado) y, lo admito, mi preferencia por los dinosaurios anacrónicos. Sobre esto último, no culpo a los documentales científicos; su trabajo es mostrar los descubrimientos más recientes. Es un gusto personal, pero siempre me gustaron los dinosaurios con pocas o ninguna pluma, colmillos prominentes y aberturas craneales visibles.
Todo esto para decir que no me he mantenido muy al día con el género. Sin embargo, el pasado sábado un frente frío me dejó encerrado en casa y decidí entrar en Netflix para ver la nueva miniserie The Dinosaurs, de Amblin Documentaries y Silverback Films, producida por Steven Spielberg. Había mucho expectación sobre este programa de cuatro episodios, que sigue a los dinosaurios desde su aparición hasta su extinción. Los comentarios eran mejores que los del reboot de Caminando entre dinosaurios que a nadie le gustó. Empecé con algo de optimismo y salí entretenido, pero también un poco decepcionado.
Para los entusiastas de la paleontología, seguramente será un deleite que The Dinosaurs dé visibilidad a una variedad de especies prehistóricas. Además de los habituales (Tiranosaurio, Estegosaurio, etc.), incluye taxones menos conocidos como el Volcanodon, el Liliensternus y el Heterodontosaurus (este último, divertidamente, es retratado como un ancestro espiritual de la ardilla). También hay momentos dramáticos destacables: dos escenas conmovedoras muestran herbívoros luchando por comer plantas que han evolucionado para ser casi inaccesibles. Hay una gran secuencia de caza donde un tiranosáurido con plumas blancas las usa para camuflarse en una nevada. Y la extinción final está bien anunciada y es dramática. Pero estas secuencias, aunque grandiosas, se reducen a unos pocos momentos buenos en una serie que por lo demás se conforma con lo “suficientemente bien” y parece tener demasiada prisa por terminar.
Cada episodio dura (como se espera) unos cincuenta minutos y (inesperadamente) intenta meter varias historias, con millones de años de diferencia, en un solo espacio. Como consecuencia, pocas historias tienen suficiente desarrollo, pareciendo más un muestrario de animales que una presentación real de la vida antigua. Los dinosaurios rara vez se convierten en personajes que podamos seguir. En muchos casos, son como actos en un espectáculo: aparecen, hacen su truco y desaparecen para dar paso al siguiente. No ayuda el hábito del programa de repetir los mismos patrones. Al menos cuatro veces, un dinosaurio logra escapar de un depredador, solo para ser emboscado fatalmente segundos después. Dos veces vemos a una bestia “cantando” para atraer pareja (Morgan Freeman, como narrador, tiene la ingrata tarea de explicar: “No es sed de sangre. Es solo sed”). Los realizadores incluso insisten en repetir primeros planos y sombras que anuncian una monstruosidad, para luego revelar algo pequeño y torpe. Lo que es aceptable la primera vez, termina por cansar para la tercera.
Y cinematográficamente, no hay suficiente para compensar lo que falta. Algunos escenarios son muy pictóricos (como los bajios donde un Espinosaurio pesca tiburones), pero otros son grises y monótonos. A eso se suman modelos CGI competentes pero no convincentes, y una banda sonora de Lorne Balfe que nunca supera lo adecuado. No hay nada fatalmente malo en The Dinosaurs; es un programa aceptable que puede verse de una sentada. Pero tampoco hay nada ejemplar. Los fans de la paleontología probablemente saldrán satisfechos; el público casual encontrará una forma de pasar el rato. Y eso, imagino, será el legado de esta serie. Yo sabía que no vería a las encantadoras bestias anticuadas de mi juventud, pero esperaba algo con una narrativa y espectáculo más ambiciosos. Esto no es el equivalente moderno de Caminando entre dinosaurios.