A$AP Rocky: Don’t Be Dumb – Un regreso carismático y lúdico, pero no es un triunfo absoluto

Han pasado ocho años desde que A$AP Rocky, el una vez y futuro rey del rap de Nueva York, lanzara un álbum. En el mundo del hip-hop, donde hasta estrellas de primera línea como su amigo y colaborador Tyler, the Creator suelen lanzar varios discos al año, esto es una eternidad. En el tiempo transcurrido desde que Rocky publicó su tercer álbum, *Testing* en 2018, Kanye West se ha reinventado como cristiano renacido, ha girado a la derecha y ha sacado cinco álbumes. Rocky no ha estado sin hacer nada: ha sido un fijo en los medios, gracias a su relación con la superestrella del pop Rihanna, con quien ahora tiene tres hijos, y el año pasado fue absuelto de disparar a un ex-amigo, evitando hasta 24 años de prisión. También ha recibido elogios como actor, protagonizando junto a Rose Byrne la aclamada comedia negra *If I Had Legs I’d Kick You* y con Denzel Washington en *Highest 2 Lowest* de Spike Lee.

Aparte de algunos sencillos sueltos, como el tema en colaboración con Tame Impala *Sundress*, Rocky ha publicado música a tropezones en los últimos años. (En cuanto a estrellas mainstream, quizás solo su pareja sentimental le supera en hacer esperar a los fans: ha pasado una década desde el último disco de Rihanna). *Testing* dio el éxito *Praise the Lord (Da Shine)* con Skepta, pero por lo demás no convenció ni al público general ni a la crítica, careciendo del dinamismo y la potente carisma de sus álbumes de salto a la fama. Ese disco pareció dejar a Rocky en una encrucijada. ¿Le convenía más seguir explorando su experimentalismo descuidado, o intentar retroceder y volver a la música más directa que lo hizo famoso?

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*Don’t Be Dumb*, el cuarto álbum de Rocky, intenta ambas opciones a la vez: A pesar de su duración de una hora, se siente descarado y ágil, eliminando las muestras avant-garde pesadas de *Testing* y los experimentos con el canto, y reavivando algo de la actitud fogosa y provocadora que animó su debut discográfico del 2013, *Long.Live.A$AP*. Pero no es un éxito rotundo. Algunas canciones parecen líricamente poco trabajadas, y otras se sienten sobrecargadas de elementos de producción; como suele pasar con álbumes gestados durante años, una edición más corta se antoja necesaria. Aún así, es coherente y claramente divertido de escuchar: la lista de invitados puede incluir a todos desde Hans Zimmer hasta Tyler, the Creator o la lumbrera del folk indie Jessica Pratt, pero Rocky es la estrella aquí, y él solo ya merece la pena.

Como siempre, el carisma de Rocky no tiene límites. *Stole Ya Flow* es en apariencia una canción de descrédito hacia Drake, pero funciona porque Rocky suena como si se lo estuviera pasando genial: “N***** gettin’ BBLs / Lucky we don’t body shame”, rapea, deleitándose en el falso altruismo mezquino del verso. (Drake ha negado haberse hecho ciertas cirugías plásticas). En el cálido y aturdido *Playa*, Rocky suena positivamente avuncular, rapeando como si le diera consejos a alguien que se enamora por primera vez, aunque el consejo sea, hay que admitirlo, muy específico y un poco cruel: “No receipts, don’t text”. En *Air Force (Black Demarco)*, rapea sobre un ritmo duro y glitch que encajaría en un álbum de Playboi Carti, antes de un cambio de beat a un psych-rock más fumado; se siente como una astuta ruptura de la cuarta pared, una burla sutil para quienes criticaron el *Testing* más indie.

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Estos momentos más afilados chocan con letras que a veces pueden sentirse puramente perezosas: su observación en *Helicopter* de que la gente “haría cualquier cosa por un check azul” – refiriendose a X – es un potente recordatorio de que Rocky ya es padre de tres. Más tarde, en la colaboración con Gorillaz *Whiskey*, parece perderse en una libre asociación total: “Tipsy, kiss me so wet, they make bridges / I don’t burn no bridges / Tryna hold it in, I don’t burn no friendships”, murmura, con una letargo tan fuerte que amenaza con hundir todo el disco. Afortunadamente, estas secciones más flojas son superadas por los momentos más vivaces de *Don’t Be Dumb*: en conjunto, es el álbum más sólido de Rocky desde su debut, impulsado por una sensación de juego que parecía haber perdido por un tiempo. Los fans desconcertados por *Testing* pueden respirar tranquilos.