Musa de Picasso y la mujer que detuvo a Napoleón

HOY se cumple un aniversario conmovedor para dos jóvenes españolas de perfiles radicalmente distintos, cuyos legados han resonado a lo largo de los siglos.

Una fue una princesa trágica inmortalizada en un lienzo; la otra, una rebelde feroz que disparó un cañón y detuvo en seco una invasión francesa.

La historia de la primera, la infanta Margarita, está inextricablemente unida a dos de los más grandes artistas de la historia.

Un día como hoy, el 4 de marzo de 1968, un Pablo Picasso de 87 años donó una serie completa de 58 cuadros a la ciudad de Barcelona.

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Aunque nació en Málaga y vivió exiliado en Francia, el maestro del siglo XX se consideraba un ‘ciudadano espiritual’ de la capital catalana.

Esta colección monumental es la única serie completa de Picassos en poder de cualquier museo del mundo, y consiste en sus ‘estudios’ basados en la obra maestra de 1656 de Diego Velázquez.

Aquel lienzo original, ‘Las Meninas’, retrataba a los hijos de la casa real y presentaba como estrella central a una Margarita de cinco años.

No obstante, tras el glamuroso retrato de la joven heredera al trono español se escondía una realidad sombría.

Margarita fue víctima de su época, un tiempo en el que las mujeres eran tratadas como poco más que peones políticos.

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Para fortalecer la alianza de España con Austria, fue enviada a Viena siendo adolescente para casarse con un príncipe al que nunca había visto.

Su único deber real era producir un heredero varón.

Trágicamente, tras sufrir siete embarazos en apenas cinco años, la exhausta joven falleció a la edad de 21 años.

La reinterpretación que Picasso hizo de Margarita en 1957 la liberó de la estricta representación royalty, mostrando a la condenada muchacha en una vertiginosa variedad de estilos que aún pueden contemplarse en Barcelona.

Si Margarita representa un estoicismo silencioso y sufriente, la segunda mujer recordada este 4 de marzo encarna una explosiva y sangrienta rebeldía.

Agustina Doménech nació en esta misma fecha en 1786.

Para cuando cumplió 22 años, su pacífica ciudad natal, Zaragoza, enfrentaba un brutal asedio por parte de las tropas napoleónicas.

El emperador francés empleó una táctica devastadora: amenazar el campo para conducir a aterrorizados refugiados hacia la ciudad más cercana, saturando sus recursos y quebrantando sus defensas.

Zaragoza había vivido en paz durante cinco siglos, y su pequeña guarnición militar cedía ante la repentina afluencia de lugareños que huían.

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En una de las puertas de la ciudad, la delgada línea de defensores españoles finalmente colapsó y las tropas francesas comenzaron a fluir hacia el interior.

Este fue el momento decisivo de Agustina en el escenario mundial.

Ella había llegado a la puerta cargando una simple cesta de manzanas, con la esperanza de subir la moral de los soldados españoles exhaustos con algo de fruta y unas palabras de aliento.

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Al verse de pronto completamente sola mientras la vanguardia francesa avanzaba hacia ella, soltó las manzanas y tomó una decisión contundente.

Agustina cargó un cañón abandonado con metralla, una mezcla letal de clavos oxidados y desechos de metal diseñada para destrozar las filas enemigas a cientos de kilómetros por hora.

Encendió la mecha, y la explosión resultante destruyó por completo la vanguardia francesa, forzando a las fuerzas de Napoleón a suspender el asalto inmediato sobre la ciudad.

La intrépida joven sobrevivió al brutal sitio y vivió una vida notablemente longeva, falleciendo finalmente en Ceuta a los setenta años.

Permaneció siendo un personaje famosamente pintoresco y imperfecto hasta el final: se casó y luego abandonó a un soldado, mientras lucía con orgullo sus medallas militares cada vez que salía a la calle.

No fue una santa, pero esta joven ordinaria, armada tan solo con una cesta de manzanas y un valor bruto, logró detener al ejército más temido del mundo.

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