La fantasía no necesita defensa. Es una de las grandes formas culturales del momento, omnipresente. Quizás incluso la forma dominante de escritura actualmente, en línea con el chiste de los libreros de que la publicación contemporánea se divide en A: romantasy y B: todo lo demás.
Pero quizás sí necesite un poco de explicación, para aquellos que no comprenden sus placeres; que aún la ven como un deseo cumplido, o como una forma menor que la literatura puede menospreciar o tolerar con perplejidad. Como escritor de ficción literaria que ha tomado prestados y disfrutado de los tropos de la fantasía por años, y que ahora mismo a escrito una fantasía sin tapujos, estoy más allá de la vergüenza. He leído y amado la fantasía toda mi vida, y para mí sus mejores creadores se ubican cómodamente al lado de los grandes de cualquier género. Y aún así, sigo encontrando una ligera sensación de que hay algo que justificar al escribir fantasía. Que debería tener razones para querer hacer esa cosa con los dragones, sin importar cuán culturalmente dominante sea.
Nada de lo que voy a decir les parecerá ni mínimamente necesario a mis compañeros amantes del género. Podemos asumir sus alegrías, asumir que como cualquier forma de escritura incluye cosas muy buenas, obras brillantes, y también producto de poliestireno extrudido – y luego pasar a los detalles. ¿Fantasía de portal o épica? ¿Fantasía urbana o de costumbres? ¿Romantasy o grimdark? ¿Acogedora o con toques de terror? Y luego, ¿en qué línea de descendencia están tus gustos? ¿Eres parte del Clan de Tolkien, que se ramifica sin fin, o es la fantasía feminista que desciende de Ursula K. Le Guin la genealogía que te importa? ¿Estás por la inventiva decolonizadora de N.K. Jemisin, la amigabilidad LGBTQ+ de Katherine Addison, la historia remezclada de Guy Gavriel Kay, el surrealismo de Jeff VanderMeer, el ingenio político de China Miéville, el gótico queered de Tamsyn Muir? Para cualquiera de esos, hay una conversación esperando, un rincón al que podemos ir juntos, parloteando con emoción.
Pero para cualquier otro, aquí hay un argumento a favor de la fantasía, repasado desde cero. La fantasía, en primer lugar, es fiel a la experiencia de la psique humana. Específicamente, es fiel a lo salvaje en ella que el mundo diurno razonable, consensuado y autocontrolado no expresa fácilmente, pero que tod@s sienten. Los niños y adolescentes de manera aguda, por un conjunto de razones relacionadas con el conflicto entre la dependencia en sus vidas y lo grandes que se sienten, qué poderes sombríos vislumbran en sí mismos. Además, cuán gigantescos y recién vistos les parecen los males del mundo, haciendo a los dragones y monstruos naturales. Pero también es cierto, por motivos diferentes, para toda persona de cualquier edad en ocasiones. Usando el término del filósofo Charles Taylor, tod@s habitamos las limitaciones y seguridades del "yo amurallado". Tomamos al mundo como confiablemente desencantado; creemos que hay una línea segura entre nuestro yo interior y todo lo demás, que no puede ser transgredida por ghouls, demonios, hadas, visiones, espíritus, poderes malignos o benévolos.
Esto nos mantiene a salvo, pero también corta o reduce a un tamaño manejable lo indómito e imaginativo en nosotros. Nos hace anhelar, de manera desordenada, el encantamiento que excluye; nos hace querer que lo mágico pueda desplegarse a veces.
O quizás es una cuestión de necesidad más que de deseo. El mundo estrictamente desencantado, donde no existe nada más que procesos físicos descriptibles sin metáfora, e incluso la conciencia es solo un problema material esperando ser resuelto, puede ser un lugar árido. Mantiene al corazón y la mente con raciones insuficientes. Este es el punto que Philip Pullman plantea en El Campo de Rosas, el reciente último volumen de El Libro de la Polvo, donde hace que Lyra piense en la necesidad humana del tipo de cosas que no podemos probar, pero sin las cuales nos sofocaríamos. La imaginación, por encima de todo. "Quizás la imaginación es una especie de viento que sopla a través de todos los mundos… Nos muestra cosas verdaderas". Para Pullman, por supuesto, el enemigo de la imaginación es el dogma religioso incluso más que el cientificismo estrecho – pero hay muchas formas diferentes de figurar lo que amortigua en el mundo moderno, así como hay otras formas de nombrar el viento impredecible que sopla através de todos los mundos, mostrándonos cosas verdaderas.
Sin embargo, mucho de lo que eliminamos del mundo al desencantarlo, realmente no queremos que vuelva. Al menos, no en serio. Hay una historia de origen convincente para la fantasía como género – puedes encontrarla analizada de manera brillante y sutil en Fantasy: A Short History de Adam Roberts – en la que funciona como una especie de retorno regulado de lo reprimido. Un embrujo parcial. Con sus reyes, búsquedas, elegidos, batallas y poderes de la tierra y el aire, deja volver todas las cosas que echamos de menos en el mundo de la ciencia, el contrato, el empleo, la regularidad, pero que no queremos que regresen del todo. Roberts identifica el punto de inflexión en la primera guerra mundial, dando a una generación de jóvenes como Tolkien y C.S. Lewis una experiencia de la modernidad como una salvajemecánica absoluta, y generando en ellos el deseo de una literatura en la que las viejas historias del mito – con el espacio en ellas para la agencia humana individual – volvieran, remezcladas, en forma moderna. Nos gusta soñar con tener músculos enormes como Conan, cuando la vida de oficina nos convierte a todos en débiles de cincuenta kilos; nos gusta pensar en nosotros mismos como el singular y notable Elegido, cuando en realidad formamos un píxel en una multitud. Pero después de tomar estos sueños, queremos dejarlos a salvo de nuevo, en lugar de lidiar con un mundo en el que reyes irresponsables y bárbaros sin control de impulsos realmente moldeen nuestro destino. De ahí (sostiene este argumento) que empaquetemos lo fantástico en trilogías que terminan y libros que se cierran.
Pero hay otra historia de la fantasía que necesita contarse. En esta, no es solo el libro de las maravillas de nuestros impulsos, o una nostalgia organizada por un mundo más romántico. Aquí existe porque es (paradójicamente) una especie de realismo necesario, que surge en respuesta a cualidades del mundo contemporáneo que no podríamos atender adecuadamente, no podríamos narrar, de otra manera. Yo diría que, además de expresar nuestras frustraciones con el mundo desencantado, también es nuestro mejor medio para capturar las formas en las que el mundo sigue encantado, a pesar de todos nuestros esfuerzos por aislarnos. Leo y escribo fantasía porque es la literatura que ve lo recurrentemente sobrenatural en la experiencia humana. Que sabe que somos criaturas irremediablemetne metafóricas, que encontramos significado uniendo patrones de semejanza que bien podrían ser hechizos. Que sabe que hay algunas luchas en las que lo que está en juego es realmente abrumador, y el bien y el mal en algo parecido a sus formas puras realmente dependen de las elecciones humanas. La fantasía entiende que asumir los riesgos del amor es aventurarse más allá de la seguridad, hacia paisajes extraños para ti, en viajes peligrosos y maravillosos.