La ilusión de una red de seguridad. Crédito: KinoMasterskaya / Shutterstock
Hoy he decido hablar sobre los seguros. Sí, esos grandes y modernos romances en los que nos embarcamos con la esperanzada inocencia de quien firma un voto eterno.
Debo de tener tantas pólizas a estas alturas que ya no las organizo por tipo. Las clasifico alfabéticamente. Seguro del hogar. Del coche. De salud. Del teléfono. De que un meteorito impacte en la Tierra. De una invasión alienígena descontrolada. De un repentino levantamiento zombi. Hasta medio espero, en cualquier momento, contratar un seguro para asegurar el seguro. Una meta-póliza. Un seguro para garantizar que el seguro realmente haga lo prometido, o al menos lo finja con convicción.
Porque, claro, esa es otra historia.
Contratar un seguro se siente notablemente como una luna de miel. Todo es encantador. Tranquilizador. Casi poético. Te dicen que estás cubierto, protegido, abrazado por un equipo humano excepcional que estará a tu lado “en tus momentos más difíciles”. Casi dan ganas de brindar con champán… o quizás con confeti.
“Este es el amor de mi vida”, piensas. “Con este me casaré. Y probablemente le ponga su nombre a mi primer hijo”.
Pero el amor verdadero, como sabemos, se revela en la adversidad. Y es precisamente entonces cuando comienza la fantasía.
Porque cuando algo ocurre realmente –y nadie desea incidentes, accidentes, fugas, llamas desbocadas o explosiones espontáneas– te encuentras con la letra pequeña. Aquella exquisita literatura microscópica que parece escrita con tinta invisible, y que requiere lupa, formación legal, un título en jeroglíficos antiguos y al menos dos tardes sin interrupciones (o un fin de semana muy dramático) para descifrarla.
Yo no soy de los que disfrutan molestando a la gente. No disfruto presentando reclamaciones. No disfruto repitiendo mi número de póliza diez veces como si fuera un mantra sagrado. Y desde luego no disfruto sintiendo que estoy pidiendo caridad cuando, en realidad, estoy ejerciendo un derecho por el que pago puntual y fielmente.
A veces es algo tan mundano como arreglar una gotera en casa. Nada dramático. Nada operístico. Pero ya intuyes lo que te espera: música de espera, transferencias, el “departamento correspondiente” y la voz pulida que te explica:
“Lo lamento enormemente, pero eso no está incluido bajo su cobertura específica para incidentes no específicamente incluidos”.
Ah.
Y tras seis horas potenciales de música instrumental y cortesía institucional, se llega a una conclusión serena: Prefiero pagarlo yo –y conservar mi cordura.
Porque al final, el seguro lo cubre todo. Todo lo imaginable. Todo lo hipotético. Todo lo estadísticamente improbable.
Todo… excepto lo que a ti te sucede.
Y es entonces cuando comprendes que lo que compramos realmente no es protección. Es tranquilidad. Una elegante tranquilidad contractual. La ilusión de una red de seguridad.
Hasta que uno descubre que la red viene cosida con condiciones, cláusulas, exclusiones, excepciones –y sub-excepciones para las excepciones.
Y así vivimos. Asegurándolo todo, por si acaso. Todo –excepto nuestra paciencia.