Crítica de ‘At the Sea’: Amy Adams se muestra demasiado seria en un insufrible drama burgués

Esta es una curaduría bastante insoportable de problemas del primer mundo protagonizada por Amy Adams, de la guionista Kata Wéber y su esposo, el director Kornél Mundruczó. Son cineastas que en el pasado nos dieron material desafiante e interesante; ahora cambian a un relato solemne y narcisista, envuelto en una retórica autoindulgente y que se adora a sí misma, sobre gente artística de clase media-alta en Estados Unidos. Estos personajes anhelan bienestar y recuperación en su encantadora casa de Cape Cod. Es una película que invita al público a creer en el supuesto talento e importancia de sus personajes artísticos, y también a mostrar una empatía sumisa hacia sus heridas psíquicas intergeneracionales.

Adams interpreta a Laura, la hija adulta de un supuestamente brillante director de una compañía de danza, ahora muerto y recordado en destellos de memoria infantil. Este genio tenía el cabello gris corto, un jersey negro de cuello alto y un alcoholismo funcional. Laura heredó su pasión por la danza y su afición a la bebida, y ahora dirige su compañía de renombre mundial con mano incierta; acaba de regresar de rehabilitación después de conducir ebria y estrellarse mientras su hijo pequeño Felix (Redding Munsell) iba en el auto. ¡Menos mal que no salieron heridos! Puedes pasar toda la película esperando un *flashback* de este dramático evento que podría mostrar a Laura de manera negativa, o interesante. Pero no.

La vergüenza, la sanación y el crecimiento personal en un entorno idílico son el orden del día. Su marido artista, Martin (Murray Bartlett) –se supone que debemos creer que sus pinturas son buenas– está enojado pero preocupado, y su hija adolescente Josie (Chloe East) –también una bailarina súper talentosa, por supuesto– está enojada y dolida. El amigo rico George (Rainn Wilson), un patrocinador empresarial de la compañía, aporta la combinación de enojado-pero-preocupado, mientras que el ingenioso asistente gay de Laura, Peter (Dan Levy), está enojado *y* preocupado por cómo ella descuidó la compañía durante su estadía secreta en rehab. Martin había dicho que su ausencia era un viaje de investigación entre bailarines indígenas de Bali, un detalle que en una película con más sentido del humor podría generar algo de entretenimiento.

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La primera imagen que tenemos del rostro de Adams es un primer plano de su expresión de sufrimiento digno y autoconocimiento mientras participa en una sesión de terapia con tambores completamente absurda. Básicamente, es la expresión facial predeterminada para toda la película: se reirá o (en una parte) llorará de mortificación –tras descuidar otra vez el bienestar de Felix, permitiendo que le piquen las medusas, y teniendo que ser rescatada por un atractivo exadicto que ahora vuela cometas en la playa. Pero básicamente es esa misma expresión mortalmente seria y solemne, tan lejana de las brillantes y vivas actuaciones por las que Adams es conocida. Y para colmo, tienen problemas económicos (no como los conoce el resto de los mortales), y podrían tener que –¡sorpresa!– vender la encantadora casa de Cape Cod.

Estos aburridos complacientes persiguen sus problemas hasta un quasi-catarsis poco interesante –y Laura y Josie incluso hacen un baile moderno improvisado juntas en la playa. Es un espectáculo incómodo.

At the Sea se proyectó en el Festival de Cine de Berlín.

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