El impactante show de Bad Bunny en el Super Bowl: ¿Y lo de Zara? Eso se debate.

No creía que el espectáculo del medio tiempo del Super Bowl pudiera superar a Rihanna o Kendrik Lamar, pero Bad Bunny, o sea Benito Antonio Martínez Ocasio, escribió historia. La actuación convirtió el escenario más grande del mundo en una celebración de la identidad latina. Ni una letra en inglés, ni una sola bandera sudamericana faltó, pero tampoco se vió ninguna etiqueta de ropa latina, a menos que cuentes la que llevaba estampada ‘Raúl López’ en la espalda de Lady Gaga. Esa ausencia merece una mirada más cercana.

Un traje de terciopelo negro de Schiaparelli, con un lazado que eriza la piel, marcó la tono en los Grammys del 2026, donde Bad Bunny ganó el Álbum del Año justo una semana antes del gran partido. Para el medio tiempo, la dirección creativa simplificó todo a dos looks. El primero combinó unos chinos cortos con un cinturón de cuerda estilo jíbaro, y una camisa y corbata impecables bajo una jersey de fútbol americano acolchado y corto que llevaba el número 64 al frente y el nombre “Ocasio” atrás, un homenaje a su tío Cutito, nacido en 1964 y responsable de la educación temprana de Benito en la NFL. El look se completó con sus zapatillas de colaboración con Adidas, las BadBo 1.0. El segundo look añadió una blazer y un reloj Audemars Piguet, de oro amarillo de 18 quilates con una esfera de piedra de malaquita. La parte de atrás, sin embargo, contaba otra historia. Una abertura sin cortar y hilvanada hacía que el traje pareciera recién sacado de la percha, y no en el buen sentido. Pero hasta la costura sin terminar mantuvo el tema. Cremoso, y de Zara.

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Superficialmente, es fácil ver por qué la gente está celebrando. Un superestrella latino global, en estos tiempos, fíjate, representando amor, unidad, gente, cultura, en un escenario que normalmente favorece lo inalcanzablemente caro. La gente pudo verse reflejada no solo en las letras, sino también en la ropa, sintiendo que eran parte del momento. Pudieron ver lo que ocurría a su alrededor, en vez de que él fuera todo el espectáculo. Y al pensarlo rápido, lo entiendo, cada detalle se construyó alrededor de la inclusividad, después de todo.

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“Zara es una marca que mucha gente toca,” pienso yo, scrolleando un video al azar en redes donde alguien da su opinión. Unos segundos después, veo un comentario. “La mejor marca hispana, y asequible,” y antes de que pueda arquear una ceja, aparece una respuesta: “Ah, sí, el país latinoamericano de España,”. Me río y sigo leyendo. “No, él usó Zara porque en América Latina, se considera alta costura. Todos queríamos Zara de pequeños, así que nuestras madres rebuscaban en los contenedores de ropa que llegaban de EE.UU. con la esperanza de encontrar algo,”. Siento un vuelco en el estómago. Otro pensamiento incómodo se forma. “¿Es América Latina el mercado consumidor objetivo, o el vertedero?”

El Desierto de Atacama en Chile es el tercer cementerio más grande del *fast-fashion*, con 60,000 toneladas de ropa usada llegando allí cada año, según The Guardian. Entonces, ¿quién paga realmente el precio de la moda accesible? Quizás las comunidades indígenas de Perú y Bolivia, los proveedores favoritos de la industria de lujo cuando se trata de lana de alpaca bebé. Y aún así, ellos luchan economicamente. Quizás la gente cuya estética cultural alimenta las ganancias de las marcas que guardamos en Pinterest. Y aún así, los diseñadores latinoamericanos se quedan sin apoyo gubernamental o infraestructura. Tal vez incluso los trabajadores que acumulan horas infinitas dentro de las cadenas de suministro opacas del *fast fashion*, solo para que esas mismas prendas regresen como desechos, cayendo espantosamente cerca de casa. Y el ciclo sigue girando.

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Míralo de una manera, y verás por qué la gente está perdiendo la cabeza. Míralo de otra manera, y verás por qué la gente está perdiendo la cabeza. Una perspectiva diferente, o una oportunidad perdida, no reescribe toda la narración. Fue un espectáculo construido sobre amor, visibilidad y validación, en un momento en que los tres se sienten urgentes. Incluso yo me sentí representado, y soy griego, y no estoy cerca de los EE.UU. o su ritual del medio tiempo. Aún así, una sensación familiar persiste: dos pasos adelante, un paso atrás.

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