Judit Polgár ganó su primer torneo de ajedrez en 1981. Con solo seis años, arrasó con una serie de húngaros de mediana edad y se llevó a casa un lujoso ordenador de ajedrez Boris Diplomat Bd-1. “Yo era una asesina”, dice la amable mujer de 49 años en el documental de Netflix *Queen of Chess*. “Quería aniquilar a mis rivales. Sacrificaba todo para dar jaque mate”. Imágenes de archivo muestran las consecuencias de su primera victoria: una sala llena de víctimas con jerséis, aturdidas y con la cara demacrada, mientras la pequeña vencedora frunce el ceño bajo un corte de pelo que podríamos describir como feroz. Ese triunfo acabó (al menos por un tiempo) con su timidez dolorosa, haciéndola sentirse “excepcionalmente poderosa. Después de eso, tuve claro que sería ajedrecista. Y si quieres ser el mejor”, dice con una sonrisa irónica, “es muy importante tener retos”.
Ah, sí. Los retos. Pero, ¿por dónde empezar? *Queen of Chess* – un relato rapsódico sobre la vida de la mejor ajedrecista de la historia – tiene demasiados de donde elegir. Está el riguroso régimen de entrenamiento, un experimento diseñado por su padre, el psicólogo educativo László Polgár, para demostrar que “los genios se hacen, no nacen”. (Prohibió el colegio y los fines de semana, así que “todos los días eran laborables”). Está el régimen comunista, tan amenazado por sus ambiciones de competir en occidente que les confiscó los pasaportes. Y está el sexismo constante que persiguió a la pequeña pionera y a sus hermanas Susan y Sofia, escandalizado de que insistieran en enfrentarse a los grandes maestros de un deporte masculino mientras se oían declaraciones del tipo “las mujeres carecen de la capacidad mental pura para entender el ajedrez”. Todo está aquí, y *Queen of Chess* abre los brazos para capturar la a menudo deprimente realidad de sus vivencias. Aunque no los abre lo suficiente. Durante los 90 minutos del documental persiste la sensación de que hay más en la historia de Polgár; que si la directora Rory Kennedy hubiera sido más constante con su lupa, los resultados no se sentirían tan subdesarrollados emocionalmente. En su lugar, obtenemos un relato llamativo y nervioso de su ascenso juvenil al estrellato, con escenas granulosas de su talento estratégico acompañadas por gráficos neón chocantes y una banda sonora agresivamente molesta de varios grupos post-punk liderados por mujeres.
En el corazón del documental, sin embargo, está su rivalidad con el reverenciado ex campeón del mundo Garry Kasparov. “Su forma de jugar no era compatible con la mejor manera de manejar a Garry Kasparov”, gruñe el gran maestro ruso, moviendo una mano con desdén. Y, aún así, al final lo fue: tras 14 tensas partidas (la más famosa, en 1994, donde Kasparov violó la regla de “pieza tocada, pieza movida”), Polgár finalmente, a los 26 años, derrotó a su ídolo. En su momento, el récord fue recibido por el ruso con un apretón de manos desganado. ¿Y ahora? “Ella cumplió”, refunfuña.
“Tuve que demostrar mi valía diez veces más que si hubiera nacido niño”, dice Polgár con el cansancio de quien sabe que, por extraordinarios que sean sus logros, nunca serán suficientes para algunos.
Entra, suspirando, László Polgár. “Nunca les regañé por perder una partida. Aún así, perder es algo muy malo”, regaña el septuagenario de barba combativa, desplomado en su gran sillón como un león destronado.
Es solo en sus últimos momentos cuando *Queen of Chess* aborda la complejidad de la relación de Judit con su padre. “¿Cómo te sientes al ser el sujeto de ese experimento?”, pregunta Kennedy. Risas incómodas, luego silencio. La mirada de Polgár se pierde. “Por supuesto, por un lado no es agradable ser parte de un experimento”, dice, con los ojos húmedos, sobre un montaje de sus primeras victorias con aquel corte de pelo. “Pero mi padre fue quien me mostró la belleza del ajedrez…”, continúa, antes de perderse en un bosque de lugares comunes sobre la superación personal.
“Judit Polgár fue una conejillo de indias”, dice un colaborador. “El hecho de que lograra todo lo que su padre soñó y que siga siendo una persona normal y agradable, eso es… una especie de milagro”.
Uno sospecha que esto no es ni la mitad de la historia.