Si los años 2020 al 2025 se definieron por la revolución de la inteligencia artificial (IA) –un período en que algoritmos ayudaron a crear titanes tecnológicos como Nvidia, OpenAI y Oracle– entonces el 2026 representa un cambio de paradigma mucho más emocionante y expansivo.
Ahora pasamos de la digitalización de la Tierra a la capitalización y dominio del espacio de órbita baja. La edad dorada de la economía espacial ha llegado, señalada por el anuncio del mes pasado de que SpaceX se prepara para una oferta pública inicial en junio, con una valoración proyectada de 1,5 billones de dólares y una cifra récord de 50.000 millones en capital recaudado. Una alianza de gigantes de Wall Street prepara lo que podría ser la mayor oferta pública en la historia humana.
Aún así, más allá de los símbolos bursátiles yace una nueva realidad ejecutada por la fusión de SpaceX y la start-up de IA xAI. Este nuevo ecosistema representa la última frontera, donde los límites entre la conectividad orbital y la infraestructura y aplicación de la IA se fusionan en un único futuro billonario.
Esto ya no es simplemente una carrera por cuota de mercado; es una competición de doble vía donde la innovación privada y la estrategia militar se han vuelto inextricablemente vinculadas. Mientras el sector privado construye la infraestructura para una economía orbital emergente, los gobiernos nacionales ven cada vez más estas redes comerciales como el terreno elevado digital.
En esta nueva era, la carrera espacial se libra en dos frentes. Uno es el de los directores ejecutivos y capitalistas de riesgo que buscan el próximo avance billonario, y el otro es el de los departamentos de defensa que aseguran los activos orbitales que ahora sustentan la disuasión moderna.
En el siglo XX, la carrera espacial fue un duelo entre Estados Unidos y la Unión Soviética, con sus programas espaciales sirviendo como instrumentos de prestigio nacional y disuasión militar. Fue un concurso medido en hitos de plantar banderas, financiado en gran parte por el erario público y justificado por la lucha ideológica de la Guerra Fría.