Revisitar las publicaciones de Instagram de Tyler Ballgame es una experiencia impactante. Hace apenas un año, consistían principalmente en folletos de conciertos en pequeños bares de Los Ángeles, y grabaciones de teléfono móvil de esos eventos. Eran el tipo de lugares que destacan tanto que la entrada es gratis como a los artistas que actúan: uno anuncia su show junto a un mercado de ropa vintage y “lecturas de tarot”. Un puesto como telonero de una banda menor llamada Eggy era algo muy importante; la noticia de que tocaría en Londres se recibió con incredulidad: “¿Qué”, pregunta un confundido seguidor, “sabe Londres de Ballgame?”
Las cosas cambiaron dramáticamente en los siguientes 12 meses. Poco después de su primer viaje a Londres, un video de él actuando en vivo en un bar de Los Ángeles llamado the Fable comenzó a circular en línea. Para cuando regresó al Reino Unido para tocar en el showcase de la industria Great Escape en Brighton, ya había firmado con Rough Trade. Los elogios de la crítica comenzaron a llover sobre Ballgame: lo han comparado con Roy Orbison, Elvis Presley, John Lennon, Harry Nilsson, Randy Newman, Jim Morrison y Tim Buckley.
También resultó ser irresistible para lo que queda de la prensa musical, un entrevistado con una preferencia por la filosofía de Alan Watts y una historia personal intrigante. Un desertor del Berklee College of Music que pasó años recluido en el sótano de sus padres, luchando con la depresión y un apetito gigante por la marihuana, tuvo un “despertar espiritual” gracias al gurú alemán de autoayuda Eckhart Tolle –también adorado por Kendrick Lamar– y a la intervención de una dietista y consejera llamada Courtney Huard, que posteriormente fue asesinada por su esposo. Además, anunció que Tyler Ballgame no era solo un nombre artístico, sino un personaje que el antiguo Tyler Perry había inventado, basándose en su formación en teatro: interpretar el papel de un “frontman idealizado de los 60 y 70” le daba “el permiso para mostrar más” de sí mismo.
Es una dicotomía reflejada en su estilo vocal, que en su álbum debut es sencillamente hermoso –un canto melancólico y reflexivo que se eleva hacia un falsete emotivo como si fuera lo más fácil del mundo– y un poco teatral. Hay un deleite audible y actoral en su mezcla de enunciación cuidadosa y vocales distorsionadas (“mama always told me that the cream would roooot” –o sea, “rot”– canta en Matter of Taste), y, en sus momentos más claramente elvisianos u orbisonianos, la leve sensación de que busca deliberadamente la comparación.
Del mismo modo, las letras tienden a la confesión sincera y sin filtros: “Aprendí tu nombre pero perdí su significado cuando no sabía cómo sentir”, propone la canción que da título al disco, no siendo la última vez que el álbum se refiere a experimentar la vida de nuevo después de que se levanta la nube de la depresión, aunque acechado por el miedo a que la oscuridad regrese. Pero hay algo consciente en la música, audiblemente obra de personas con un profundo conocimiento de los cantautores de los 70 y una comprensión de cómo recrear su sonido. El álbum se grabó mayormente en vivo, usando métodos analógicos antiguos (cada pista tiene el ruido de cinta audible) por el productor Jonathan Rado, cuyos clientes incluyen a Miley Cyrus, the Killers y, quizás más pertinente aquí, el dúo obsesionado con los 70, the Lemon Twigs. El sonido es cálido y contundente, las vocales envueltas en reverberación y eco que no evocan tanto el rock and roll de los 50, sino a artistas buscando ese sonido 20 años después. El leve aire beatle en la melodía de I Believe in Love (And That’s Fine) se subraya por la voz, grabada de una manera que evoca deliberadamente al John Lennon de Mind Games o Walls and Bridges.
La composición de Ballgame es una mezcla curiosa y ocasionalmente discordante de sinceridad –”mírame a los ojos y lo verás de verdad – solo puedo cantar lo que siento”– y artificio que, como el ‘cosplay’ de Bill Withers en el debut de Michael Kiwanuka de 2012, Home Again, quizás está un poco demasiado ansioso por sugerir que su autor pertenece a un linaje del rock clásico. Aún así, la calidad del material es tal que el oyente se deja llevar mientras suena –la abundancia de melodías hermosas, especialmente en Deepest Blue y Waiting So Long; los cambios mágicos de tempo en You’re Not My Baby Tonight– y, teatral o no, es difícil no sentirse seducido por la voz de Ballgame cuando alcanza un clímax catártico sin palabras en Goodbye My Love. Se entiende por qué ha causado tanta emoción tan rápido, y cierta ansiedad es un defecto perfectamente admisible en un álbum debut. Uno tiene la sensación de que For the First Time, Again podría ser un punto de partida, y que, como pasó con Kiwanuka, podria venir algo mejor cuando Tyler Ballgame se aleje un poco de sus influencias.
Esta semana Alexis escuchó
RIP Magic – 5words
5words fue producido por James Murphy de LCD Soundsystem, y se entiende por qué ve a RIP Magic como espíritus afines: un drone de guitarra motorik finalmente explota en sintetizadores de pista de baile.