ESPAÑA es conocida por su diversidad natural: un momento estás tumbado en una playa blanqueada por el sol en la costa sur; al siguiente, te calzas los esquíes en la montaña.
Pero a apenas una hora de Málaga, existe un paisaje que parece completamente ajeno a la realidad.
Adentrarse en el Parque Nacional de El Torcal es como pasar a otro mundo.
El solo trayecto en coche marca la pauta: carreteras serpentenantes que atraviesan verdes campos abiertos antes de estrecharse en una ascensión empinada hacia el parque.
Casi al instante, el aire se enfría, el paisaje cambia y el entorno se transforma ante tus ojos.
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¿Es Mordor? ¿Es Invernalia? ¿Una fusión dramática de ambas? El Torcal tiene un aire cinematográfico difícil de describir e imposible de olvidar.
Ubicado a más de 1.200 metros sobre el nivel del mar, el parque está dominado por vastas formaciones grises de caliza, apiladas y esculpidas en formas surrealistas que parecen casi deliberadamente diseñadas.
Caminar entre ellas es fácil sentirse como el protagonista de un videojuego de mundo abierto, explorando un paisaje a la vez antiguo y ligeramente irreal.
Estas formaciones rocosas son el resultado de millones de años de evolución geológica.
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Formadas a partir de caliza kárstica –probablemente originada cuando la zona estaba sumergida bajo el antiguo Mar de Tetis–, los estratos se comprimieron con el tiempo y fueron moldeados por el viento, el agua y el hielo.
El resultado es un terreno sobrecogedor, diferente a cualquier otro en Andalucía.
El Parque Natural de El Torcal está abierto todo el año sin horario fijo, aunque se recomienda visitarlo durante las horas de luz.
Al ser un Espacio Natural Protegido bajo la RENPA, los visitantes deben seguir normas específicas para preservar el área.
Hay visitas guiadas disponibles, pero también se puede explorar de forma independiente.
Existen tres rutas de senderismo señalizadas –verde, amarilla y naranja– con duraciones entre 45 minutos y cuatro horas, y diversa dificultad.
La ruta más larga tiene aproximadamente 3.8 kilómetros.
El lugar cuenta también con un centro de visitantes que ofrece información sobre rutas y condiciones; ideal si, como a mí, subestimaste el frío que puede hacer en altitud.
Si conviertes la excursión en una escapada de fin de semana, Antequera es el complemento perfecto.
Conocida como el Corazón de Andalucía, la ciudad se ubica estratégicamente entre Sevilla, Granada, Córdoba y Málaga, y sin embargo mantiene una grata falta de masificación.
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Antequera posee un encanto tranquilo y fácil de apreciar.
Sus calles son impecables, flanqueadas por edificios señoriales y bien conservados, en parte gracias a un Plan Especial de Desarrollo diseñado para proteger el centro histórico.
El crecimiento aquí parece medido, respetuoso y considerado.
Cultural e históricamente, Antequera más que se defiende. Sus raíces se remontan a la Edad del Bronce y alberga más de 50 monumentos.
Con 33 iglesias para una población de unos 41.000 habitantes, tiene una de las ratios de iglesias por habitante más altas de España.
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Dominan el horizonte la fortaleza de la Alcazaba y la Basílica de Santa María, que ofrecen vistas panorámicas de la ciudad.
El Palacio de Nájera es otro punto destacado, albergando el Museo de la Ciudad de Antequera y el famoso Efebo de Antequera, una impactante escultura de bronce romana del siglo I.
Quizás lo más impresionante sean los Dólmenes de Antequera.
Declarados Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2016, este conjunto incluye los dólmenes de Menga y Viera y el tholos de El Romeral.
Están considerados ejemplos excepcionales de arquitectura megalítica y figuran entre los monumentos prehistóricos más importantes de Europa.
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Para pernoctar, me alojé en el Hotel Número Uno, un acogedor establecimiento en el centro histórico, con un restaurante céntrico de ambiente relajado y local.
La escena gastronómica antequerana es innegablemente tradicional. La porra –una versión más espesa y sustanciosa del gazpacho– es imprescindible, igual que los molletes, los rolls de pan típicos.
Las cartas de tapas suelen incluir especialidades más rústicas, como conejo o cabrito frito.
En el corazón de esta cultura gastronómica se encuentra La Antequerana, una institución desde 1888.
Este histórico café ha preservado sus recetas y técnicas durante generaciones.
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Ubicado en un elegante edificio del siglo XVIII con columnas procedentes del propio Torcal, el espacio sirve como testigo de que naturaleza e historia nunca están lejos en Antequera.
En una región celebrada por sus playas y su flamenco, Antequera y El Torcal ofrecen algo más raro: un recordatorio de que Andalucía aún guarda lugares que parecen por descubrir.
Puede que llegues al parque natural esperando una caminata, pero te marchas con la sensación de haber traspasado, brevemente, las fronteras de España.
Unido a la elegante discrección de Antequera, es un fin de semana que no parece una simple escapada, sino un viaje entre mundos –sin necesidad de dragones ni lobos huargos.
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