¿Quién fue Lola Flores, la legendaria cantante y bailaora?

Para comprender verdaderamente el fuego de Andalucía, primero hay que conocer a su demonio.

Su nombre es el duende.

No es un espíritu benigno. Es una fuerza oscura e irracional que habita en la sangre y en las entrañas.

No le importan la técnica ni la perfección; solo le concierne la pasión desgarrada—aquellos instantes en que la vida se vuelve desesperada y peligrosamente intensa.

Cuando un torero mata al toro con una estocada única y arriesgada, o cuando un cantaor flamenco desgarra su voz en un frenesí extático, los gitanos no dicen “bravo”. Dicen: “Ha llegado el duende”.

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Si el duende alguna vez tomó forma humana, fue en el cuerpo de Lola Flores.

Nacida en Jerez en 1923, Lola fue más que una cantante o una bailaora.

Fue un huracán de joyas, sudor y ritmo que encarnó el alma misma de España.

Pero para disfrutar su música—para sentir de veras ese duende—hay que hablar su lengua.

La única e irrepetible Lola Flores

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El mundo de Lola estaba pintado con la jerga de los gitanos españoles. Es un dialecto lleno de hondura y sabor, y no hallarás estas palabras en un manual corriente.

Primero, están tú y yo. Cuando un gitano español se refiere a un forastero—a un no gitano—nos llama *payos*.

Luego, está el estilo de vida. Lola no solo iba de fiesta; vivía para la *juerga*. Una juerga no es una cena educada.

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Es un ‘buen rato’ en su sentido más crudo—una francachela que implica flamenco, noches interminables y la certidumbre de que se consumirá una cantidad significativa de alcohol.

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Y no puede haber juerga sin *parné*. Cada lengua tiene palabras informales para el dinero, y el español no es una excepción. Puede que oigas llamar *pavos* o simplemente *pasta* a los euros, pero la jerga gitana de toda la vida es *parné*.

Si tienes suficiente parné, compras *tumbaga*. Esta es la palabra perfecta para la estética de Lola.

Nosotros podríamos llamarlo ‘bling’—oro y joyas llamativos, excesivos, que atrapan la luz y la mirada. Lola goteaba tumbaga. Era un espectáculo de oro y encaje, un icono viviente del exceso.

Lola con El Caracol

El Misterio de María

Antes de llegar a la historia de amor, debemos abordar el nombre. Lola nació como María Dolores Flores Ruiz.

Habrás notado que casi todas las españolas mayores de 30 años se llaman “María”.

Es una bella tradición en honor a la Santísima Virgen, pero crea un caos logístico: ¿cómo sabes de qué María estás hablando?

Los españoles resolvieron esto centrándose en la advocación de la Virgen. Una niña llamada ‘María del Rosario’ se convierte en Rosario. ‘María de las Mercedes’ en Mercedes. ‘María de las Nieves’ en Nieves.

El nombre de Lola provenía de ‘María de los Dolores’. Pero incluso Dolores era demasiado largo para una mujer que se movía a la velocidad del rayo.

Se abrevió a Lola, un nombre que acabaría por no necesitar apellido alguno.

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El Caracol y el Torbellino

En 1943, Lola encontró a su pareja. Se llamaba Manuel Ortega Juárez, pero el mundo lo conocía como Manolo Caracol.

En español, un caracol es un molusco lento. Pero Manolo no era ningún *lentorro*. Era un poderío sevillano, un cantaor gitano con una voz como gravilla que se quiebra. Ya era una estrella, pero estaba feliz de acompañar a la sensación llamada Lola.

Juntos eran electricidad. Ambos eran hijos del duende—apasionados, volátiles y entregados a la juerga. Durante años recorrieron España, una tormenta itinerante de celos y genialidad. Fueron la “pareja de poder” de los años 40, viviendo una vida de “tumbaga” y tragedia que mantuvo llenas las páginas de cotilleos.

Pero el duende exige un precio. Manolo murió en un extraño accidente automovilístico en 1973. Lola, la superviviente, vivió hasta los años 90, convirtiéndose en la matriarca de una dinastía que aún domina la música española hoy.

Murió de cáncer de mama a los 72 años, pero en realidad nunca se fue. Siempre que oyes una voz quebrarse de emoción en un bar humeante de Jerez, o ves a una bailaora perderse en el ritmo hasta parecer poseída, sabes que ella aún está allí.

Ha llegado el duende.

He aquí las palabras de la irresistible “María de la O”:

Por mis dedos, sortijas de oro,

por mis antojos, billetes de banco en tesoro.

Por mis curvas, trenzas bordadas,

mantones de seda, telas preciadas.

La luna siempre vela amante por mí.

La luna siempre llora al ver en lo que me convertí.

Mi payo está tan prendado como solterona con gatito:

pone más riquezas en mi mano que un sultano en su distrito.

¡Mirad, gitanas, mirad! Me tenéis envidia.

¡Observad, gitanas, observad! No puedo evitar vuestra saña.

¡Tocad, gitanas, tocad, no sabéis lo que hacéis!

¡Bailad, gitanas, bailad! Que soy yo quien os envidie.

María de la O, con tus bucles que hechizan a los hombres,

solo tú sabes que eres una gitana miserable, nombre.

Tengo todo lo que necesito, mas olvidé reír.

Me perdí la semilla al llenar mis manos de rubí.

Su talle era esbelto como un joven álamo de agua

anhelé rendirme bailando las coplas, sin halaga.

Dinero feo, plata sucia, tengo una sed que nunca aplacarás.

Fui muy amada en Huelva, pero lo desdeñé por ti, lo verás.

¡María, carga con tu cruz!

No puedes dejar el camino que anduviste.

Debes luchar con tu luz,

castigada por Dios, castigada por Dios, triste.

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