Hubo un tiempo en que el paraguas se consideraba un artículo de lujo, generalmente reservado a la realeza y, en opinión de este escritor, la realeza debería habérselos quedado.
Comaskey – No serás serio
Disculpen, pero quizá sea una minoría de una sola persona. Nunca he leído ni escuchado a nadie decir una mala palabra sobre un paraguas. Incluso estando en la tribuna de un partido de fútbol, apiñados bajo la lluvia, cuando la persona de al lado canaliza su parte de agua hacia ti desde lo alto de su paraguas… y todo el mundo parece creer que esto es aceptable; o la mujer de delante, que te ofrece un partido con todo el sonido y ninguna imagen, sin saber cuándo vas a recibir un golpe de uno de esos artilugios (por lo general, coincidiendo con un gol).
Debo reconocer en este punto que el principal beneficio de un paraguas es brindar protección portátil y versátil contra la lluvia, la nieve o el sol.
No obstante, y tras reconocer sus utilidades, necesito que me convenzan para convertirme en un adepto. En otro tiempo el paraguas se tenía por un objeto de lujo, destinado por lo general a la realeza, y en lo que a mí respecta, la realeza debió conservarlos en exclusiva. Tal vez mi enemistad hacia el paraguas tenga que ver con el hecho de que no incluyen manual de instrucciones y yo nunca llegué a dominar el arte de usarlos correctamente.
Fui poseedor de un paraguas de hombre (no es sexismo, pero existe una diferencia) hasta hace un par de semanas, amén de que la casa está llena de ellos. En fin, este protector portátil personal yacía en el maletero (o trunk, si lees esto en Canadá) y tenía alrededor de veinte años sin haber sido usado jamás. Cambié de coche cinco o seis veces, pero este paraguas acompañó a cada nuevo vehículo. Así fue hasta una mañana del mes pasado…
Llegaba para asistir a un funeral y, al no encontrar aparcamiento cerca de la iglesia, me detuve a quinientos metros, bajo un aguacero torrencial. “Ah, llega la hora, llega el paraguas”, pensé. El maletero se abrió y extraje el paraguas de tamaño gigante. Ya estaba completamente empapado cuando logré abrirlo, y entonces una ráfaga súbita lo volvió del revés.
Una señora mayor y su hija adolescente acudieron en mi ayuda e intentaron replegarlo. Finalmente logramos devolverle su forma, quedando tres ratas empapadas… dos de ellas víctimas totalmente inocentes. (¡Gracias de nuevo!) Mis ayudantes me mostraron cómo abrir y cerrar el paraguas presionando el botón plateado. Al menos ahora le he pillado el truco…
Llegué a la puerta principal de la iglesia, presioné el botón, el paraguas se recogió y entré. Allí me sentí como en casa, pues había una docena de paraguas aparcados junto a la pared, al que se sumó el mío. Me quedé junto a la entrada, pues mis pantalones estaban demasiado mojados para sentarme.
Salimos para despedirnos. Forcejeé con mi paraguas antes de pedirle a una amiga: “¿Podrías abrirme esto?”. Mientras regresaba al coche, no te lo vas a creer, pero escampó.
Presioné el botón y no ocurrió nada. Apreté hasta que me dolieron los pulgares y entonces hice lo que haría cualquier hombre: lo embutí tal cual en el maletero y cerré la tapa de un golpe.
Al día siguiente, y con un ánimo más sereno inicialmente, abrí el maletero y reanudé las presiones. Como no ocurría nada, me puse a maniobrar para sacarlo tal y como estaba. (Olvidé mencionar que el maletero iba medio lleno antes de meterlo). Si alguno ha intentado soltar una brida de plástico o quitar un anzuelo… ya se imagina la escena. Al final, perdí la cabeza y arranqué el paraguas a la fuerza, del mismo modo que lo había metido el día anterior.
Ahora había varillas de alambre de acero apuntando en todas direcciones y jirones de tela impermeable ondeando a la brisa.
Fue justo en ese preciso instante cuando apareció la señora Noserásserio para ver qué era todo ese alboroto. En el clímax de su comentario observé el ahora desnudo eje del paraguas y vi que había un tope anular además del botón de apertura. Más extraño aún fue comprobar que el botón plateado ahora era negro y, justo cuando empezaba a caer en la cuenta, la señora Noserásserio preguntó: “¿De dónde has sacado ese paraguas y qué está pasando?”.
Estaba atrapado sin remedio y tuve que admitir que había traído a casa el paraguas de otra persona, tomado del porche trasero de la iglesia. La palabra paraguas proviene del latín umbra, que significa ‘sombra’, y umbel, que significa ‘flor’. En ese momento, todo era sombra…
MEMO PARA LOS COMPAÑEROS: Nunca intentes desmontar un paraguas abierto con un martillo de demolición. No funciona, y solo conseguirás hacerte daño.
No lo olviden
Algunos alcanzan la grandeza, otros nacen grandes y a unos pocos la grandeza les es impuesta. El resto simplemente creemos que somos grandiosos.